
El
registro histórico no deja lugar a dudas. El Tratado de Trípoli,
negociado durante la época de George Washington y ratificado bajo la
presidencia de John Adams por unánime Senado de los Estados Unidos,
constituye una declaración clara y autorizada de la generación que forjó
la nación. Su declaración de que Estados Unidos «no se fundamenta en
absoluto en la religión cristiana» refleja el firme compromiso de los
fundadores de separar la autoridad civil de la institución religiosa,
protegiendo al mismo tiempo el libre ejercicio de la fe. No nos queda
especular sobre su intención o propósito; lo expresaron claramente con
sus palabras y sus acciones.
La
verdadera confusión actual no proviene de la falta de evidencia
histórica, sino de una creciente incomprensión —especialmente entre
algunos cristianos modernos— de los principios originales de la nación y
del papel constitucional de la religión en la vida pública. Lo que
presenciamos hoy es una desviación deliberada de la historia y un
desprecio por las verdades que se nos han presentado con claridad.
Muchas voces nacionalistas católicas, evangélicas y de otras
denominaciones cristianas afirman con vehemencia que Estados Unidos se
fundó como una nación distintivamente cristiana. Sin embargo, esta
afirmación no está plenamente respaldada por los registros históricos ni
por las acciones de los Padres Fundadores. Estos establecieron
deliberadamente un sistema constitucional de gobierno que evitó la
imposición del cristianismo como religión oficial, salvaguardando así la
libertad de conciencia para todos.
El artículo 11 del Tratado de Trípoli establece lo siguiente:
• “ Como
el gobierno de los Estados Unidos de América no se fundamenta en modo
alguno en la religión cristiana, como no tiene en sí mismo carácter de
enemistad contra las leyes, la religión o la tranquilidad de los
musulmanes
, y como dichos Estados jamás han entrado en guerra ni han cometido
acto de hostilidad contra ninguna nación musulmana, las partes declaran que
ningún pretexto derivado de opiniones religiosas producirá jamás una
interrupción de la armonía existente entre los dos países ” (Tratado de Trípoli, Artículo 11). [1]
Con
sus acciones, los Padres Fundadores dejaron claro que la principal
preocupación del gobierno estadounidense era la protección de la
libertad religiosa, no el fomento de una religión de Estado. En su
diseño, serían los individuos —no el gobierno— quienes definirían las
cuestiones de fe y práctica religiosa en Estados Unidos. Los fundadores
se aseguraron de que, en ningún ámbito oficial, la nación funcionaría
como una república cristiana. En este contexto, el Tratado de Trípoli
cumplió una importante función diplomática. Aseguró a la población de
Trípoli —entonces parte del Imperio Otomano musulmán— que el acuerdo que
se firmaba era entre dos gobiernos soberanos, no entre dos sistemas
religiosos rivales.
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