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miércoles, 4 de marzo de 2026

Capítulo 7—El glorioso templo del cielo

El pasaje bíblico que más que ninguno había sido el fundamento y el pilar central de la fe adventista era la declaración: “Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario”. Daniel 8:14, VM. Estas palabras habían sido familiares para todos los que creían en la pronta venida del Señor. La profecía que encerraban era repetida como santo y seña de su fe por miles de bocas. Todos sentían que sus esperanzas más queridas y sus expectativas más brillantes dependían de los eventos en ella predichos. Había quedado demostrado que esos días proféticos terminaban en el otoño del año 1844. En común con el resto del mundo cristiano, los adventistas creían entonces que la Tierra, o alguna parte de ella, era el Santuario. Entendían que la purificación del Santuario era la purificación de la Tierra por medio del fuego del último gran día, y que ello se verificaría en la segunda venida. De ahí que concluyeran que Cristo volvería a la Tierra en 1844.

Pero el tiempo señalado había pasado y el Señor no había aparecido. Los creyentes sabían que la Palabra de Dios no podía fallar; su interpretación de la profecía debía estar errada; pero ¿dónde estaba el error? Muchos cortaron apresuradamente el nudo de la dificultad con negar que los 2.300 días terminasen en 1844. Ningún argumento se podía ofrecer para eso, excepto que Cristo no había venido en el momento en que se lo esperaba. Alegaban que si los días proféticos habían terminado en 1844, entonces Cristo habría vuelto para limpiar el Santuario mediante la purificación de la Tierra por medio del fuego; y que como no había venido, los días no podían haber terminado.

martes, 3 de marzo de 2026

“Prepárate para encontrarte con tu Dios, oh Israel.” Amós 4:12

 

“Prepárate para encontrarte con tu Dios, oh Israel.” Amós 4:12

“Pronto surgirán graves problemas entre las naciones, problemas que no cesarán hasta que Jesús venga.” (Maranatha, pág. 25)

Desilusionados, pero con fe en la inconmovible palabra de Dios


Pero un chasco más les estaba reservado. El tiempo de espera pasó y su Salvador no apareció. Con confianza inquebrantable habían esperado su venida, y ahora sentían lo que María cuando, al ir al sepulcro del Salvador y encontrarlo vacío, exclamó con llanto: “Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto”. Juan 20:13...

El mundo había estado observando y suponía que, si el tiempo pasaba y Cristo no venía, todo el sistema adventista sería abandonado. Pero aunque muchos, al ser muy tentados, abandonaron su fe, hubo algunos que permanecieron firmes. Los frutos del movimiento adventista -el espíritu de humildad y el examen del corazón, el renunciamiento al mundo y la reforma de la vida-, que habían acompañado la obra, atestiguaban que era de Dios. No se atrevían a negar que el poder del Espíritu Santo había acompañado la predicación de la segunda venida, y no podían detectar error alguno en el cómputo de los períodos proféticos. Los más hábiles de sus oponentes no habían tenido éxito en echar por tierra su sistema de interpretación profética. Sin evidencias bíblicas no podían consentir en abandonar posiciones que habían sido alcanzadas merced al estudio ferviente y con oración de las Escrituras, por medio de mentes iluminadas por el Espíritu de Dios y corazones en los cuales ardía el poder vivificante de éste; posiciones que habían resistido las críticas más agudas y la oposición más violenta por parte de los maestros religiosos populares y los sabios mundanos, y que habían permanecido firmes ante las fuerzas combinadas del saber y la elocuencia, y ante las burlas y los ultrajes tanto de los hombres de reputación como de los más viles. En verdad, había habido un error en el evento esperado, pero ni aun eso pudo conmover su fe en la Palabra de Dios... Dios no olvidó a su pueblo; su Espíritu aún permaneció con quienes no negaron irreflexivamente la luz que habían recibido ni reprobaron al movimiento adventista. En la Epístola a los Hebreos hay palabras de aliento y advertencia para los que aguardaban y fueron probados en esa crisis: “No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma”. Hebreos 10:35-39. Que esta admonición va dirigida a la iglesia en los últimos días se echa de ver por las palabras que indican lo cercano de la venida del Señor: “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará”. Y este pasaje implica claramente que habría una aparente demora, y que el Señor parecería tardar. La instrucción dada aquí se aplica especialmente a la experiencia de los adventistas en ese entonces. La gente aquí aludida estaba en peligro de hacer naufragar su fe. Habían hecho la voluntad de Dios al seguir la dirección de su Espíritu y de su Palabra; pero no podían comprender los designios que había tenido en lo que habían experimentado ni podían discernir el sendero que estaba ante ellos, y estaban tentados a dudar de si en realidad Dios los había guiado. Entonces era cuando se aplicaban las palabras: “El justo vivirá por fe”. Mientras la luz brillante del “clamor de medianoche” había alumbrado su sendero, y habían visto abrirse el sello de las profecías y cumplirse con rapidez las señales que anunciaban la proximidad de la venida de Cristo, en cierto sentido habían andado por vista. Pero ahora, abatidos por esperanzas defraudadas, sólo podían sostenerse por la fe en Dios y en su Palabra. El mundo ridiculizador les decía: “Han sido engañados. Abandonen su fe, y digan que el movimiento adventista era de Satanás”. Pero la Palabra de Dios declaraba: “Si alguno se retirare, no se complacerá mi alma en él”. Renunciar entonces a su fe, y negar el poder del Espíritu Santo que había acompañado al mensaje, habría equivalido a retroceder camino de la perdición. Estas palabras de Pablo los alentaron a permanecer firmes: “No perdáis, pues, vuestra confianza”; “os es necesaria la paciencia”, “porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará”. El único proceder seguro para ellos consistía en apreciar la luz que ya habían recibido de Dios, atenerse firmemente a sus promesas, seguir escudriñando las Escrituras, y esperar con paciencia y velar para recibir mayor luz.—Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 442-460.

lunes, 2 de marzo de 2026

Un nuevo estudio de las escrituras



Cuando hubo pasado el tiempo en que al principio se esperaba la venida del Señor -la primavera de 1844-, los que habían esperado con fe su aparición se vieron envueltos durante algún tiempo en la duda y la incertidumbre. Mientras el mundo los consideraba como habiendo sido completamente derrotados y así quedaba demostrado que habían estado acariciando un engaño, su fuente de consuelo siguió siendo la Palabra de Dios. Muchos continuaron escudriñando las Escrituras, examinando de nuevo las evidencias de su fe y estudiando detenidamente las profecías para obtener luz adicional. El testimonio de la Biblia en apoyo de su posición parecía claro y concluyente. Señales que no podían ser malinterpretadas señalaban como cercana la venida de Cristo. La bendición especial del Señor, manifestada tanto en la conversión de los pecadores como en el reavivamiento de la vida espiritual entre los cristianos, había demostrado que el mensaje provenía del Cielo. Y aunque los creyentes no podían explicar su chasco, se sentían seguros de que Dios los había dirigido en su experiencia pasada.
Entretejidas con las profecías que ellos habían aplicado al tiempo del segundo advenimiento estaban las instrucciones adaptadas especialmente para su estado de incertidumbre e indecisión, y que los animaban a esperar pacientemente en la fe de que lo que entonces parecía oscuro a su entendimiento, sería aclarado a su debido tiempo... En el verano de 1844, a mediados de la época comprendida entre el tiempo en que se había supuesto primero que terminarían los 2.300 días y el otoño del mismo año, hasta donde después descubrieron que se extendían, el mensaje fue proclamado en los mismos términos de la Escritura: “¡Ahí viene el novio!” Lo que condujo a este movimiento fue descubrir que el decreto de Artajerjes para restaurar Jerusalén, el cual formaba el punto de partida del período de los 2.300 días, empezó a regir en el otoño del 457 a.C. y no a principios del año, como se había creído antes. Contando desde el otoño del 457, los 2.300 años concluían en el otoño de 1844.

domingo, 1 de marzo de 2026

Serena expectativa

Los que habían aceptado el mensaje aguardaban la venida de su Salvador con un deseo indescriptible. El tiempo en que esperaban encontrarse con él estaba cercano. Y a esa hora se acercaban con solemne calma. Descansaban en dulce comunión con Dios, un anticipo de la paz que sería suya en la gloria venidera. Ninguno de los que experimentaron esa esperanza y esa confianza pudo olvidar esas preciosas horas de expectativa. Pocas semanas antes del tiempo señalado, la mayoría dejó de lado las tareas mundanas. Los creyentes sinceros examinaban cuidadosamente todos los pensamientos y emociones de sus corazones como si estuviesen en el lecho de muerte y en pocas horas cerrarían sus ojos a las escenas de este mundo. No se trataba de hacer “vestiduras de ascensión”,

pero todos sentían la necesidad de una evidencia interna de que estaban preparados para recibir al Salvador; sus vestiduras blancas eran la pureza del alma: un carácter limpiado de pecado por la sangre expiatoria de Cristo. ¡Ojalá hubiese aún entre el pueblo que profesa pertenecer a Dios el mismo espíritu para escudriñar el corazón, y la misma fe ferviente y decidida! Si hubiesen seguido humillándose así ante el Señor y dirigiendo sus súplicas al trono de la misericordia, poseerían una experiencia mucho más valiosa que la que poseen ahora. Hay demasiado poca oración, escasea una real convicción de pecado, y la falta de una fe viviente deja a muchos destituidos de la gracia tan abundantemente provista por nuestro Redentor. Dios se propuso probar a su pueblo. Su mano ocultó un error cometido en el cálculo de los períodos proféticos. Los adventistas no descubrieron el error, ni fue descubierto por los más sabios de sus adversarios. Éstos decían: “Vuestro cálculo de los períodos proféticos es correcto. Algún gran evento está a punto de ocurrir; pero no es lo que predice el Sr. Miller; es la conversión del mundo, y no la segunda venida de Cristo”. Pasó el tiempo de expectativa, y Cristo no apareció para libertar a su pueblo. Los que habían esperado a su Salvador con fe y amor sinceros experimentaron un amargo chasco. Sin embargo los designios de Dios se estaban cumpliendo; Dios estaba probando los corazones de los que profesaban estar esperando su aparición. Había muchos entre ellos que no habían sido movidos por un motivo más elevado que el miedo. Su profesión de fe no había mejorado sus corazones ni sus vidas. Cuando el evento esperado no ocurrió, esas personas declararon que no estaban chasqueadas; jamás habían creído que Cristo vendría. Fueron de los primeros en ridiculizar el pesar de los verdaderos creyentes. Pero Jesús y todas las huestes celestiales contemplaron con amor y simpatía a los probados y fieles aunque chasqueados. Si se hubiese podido descorrer el velo que separa el mundo visible del invisible, se habrían visto ángeles que se acercaban a esas almas firmes y las protegían de los dardos de Satanás.—Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 404-424.

 

sábado, 28 de febrero de 2026

Capítulo 6—El fin de los 2.300 días

En la profecía del primer mensaje angélico de Apocalipsis 14 se predice un gran despertar religioso bajo la proclamación de la pronta venida de Cristo. Se ve un ángel que vuela por el cielo y tiene “el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo”. “A gran voz” proclama el mensaje: “Temed a Dios, y dadle gloria; porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, y el mar y las fuentes de las aguas”. Apocalipsis 14:6, 7.

Es significativo que se diga que un ángel es el heraldo de esa advertencia. La sabiduría divina tuvo a bien representar el carácter exaltado de la obra que el mensaje debía realizar, y el poder y gloria que debían acompañarlo, por medio de la pureza, la gloria y el poder del mensajero celestial. Y el vuelo del ángel “en medio del cielo”, la “gran voz” con la que se iba a dar la advertencia y su promulgación a todos “los que habitan sobre la tierra” -“a toda nación, tribu, lengua y pueblo”-, evidencian la rapidez y extensión universal del movimiento... A semejanza de la gran Reforma del siglo XVI, el movimiento adventista surgió al mismo tiempo en diferentes países de la cristiandad. Tanto en Europa como en América hubo hombres de fe y de oración que fueron inducidos a estudiar las profecías, y que, al escudriñar la Palabra inspirada, hallaron evidencias convincentes de que el fin de todas las cosas era inminente. En diferentes países había grupos aislados de cristianos que, por el solo estudio de las Escrituras, llegaron a creer que el advenimiento del Señor estaba cerca... A Guillermo Miller y a sus colaboradores les fue encomendada la misión de predicar la advertencia en Norteamérica. Dicho país vino a ser el centro del gran movimiento adventista. Allí fue donde la profecía del mensaje del primer ángel tuvo su cumplimiento más directo. Los escritos de Miller y de sus asociados se propagaron hasta en países lejanos. Dondequiera que los misioneros hubiesen penetrado, allí también se difundieron las alegres nuevas de la pronta venida de Cristo. Por todas partes se predicaba el mensaje del evangelio eterno: “¡Temed a Dios y dadle gloria; porque ha llegado la hora de su juicio!”...

 

viernes, 27 de febrero de 2026

La lección de 1844

Lo que experimentaron los discípulos que predicaron el “evangelio del reino” cuando vino Cristo por primera vez tuvo su contraparte en lo que experimentaron quienes proclamaron el mensaje de su segundo advenimiento. Así como los discípulos fueron predicando: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado”, así también Miller y sus asociados proclamaron que el período profético más largo y último de la Biblia estaba a punto de expirar, que el juicio era inminente y que el reino eterno sería establecido. La predicación de los discípulos en cuanto al tiempo se basaba en las 70 semanas de. Daniel 9. El mensaje dado por Miller y sus colaboradores anunciaba la conclusión de los 2.300 días de (Daniel 8:14), de los cuales las 70 semanas forman parte. En cada caso la predicación se basaba en el cumplimiento de una parte diferente del mismo gran período profético.

Como los primeros discípulos, Guillermo Miller y sus colaboradores no comprendieron ellos mismos enteramente la importancia del mensaje que presentaban. Los errores que desde hacía largo tiempo se habían establecido en la iglesia les impidieron arribar a una correcta interpretación de un punto importante de la profecía. Por tanto, si bien proclamaron el mensaje que Dios les había confiado para que lo diesen al mundo, sufrieron un desengaño debido a una interpretación equivocada de su significado. Al explicar (Daniel 8:14): “Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”, Miller, como ya lo hemos dicho, adoptó la creencia general de que la Tierra es el Santuario, y creyó que la purificación del Santuario representaba la purificación de la Tierra por el fuego a la venida del Señor. Por consiguiente, cuando encontró que el fin de los 2.300 días estaba predicho con precisión, sacó la conclusión de que eso revelaba el tiempo de la segunda venida. Su error provenía de que había aceptado la creencia popular relativa a lo que constituye el Santuario. En el sistema típico -que era una sombra del sacrificio y el sacerdocio de Cristo- la purificación del Santuario era el último servicio efectuado por el sumo sacerdote en el ciclo anual de su ministerio. Era el acto final de la obra de expiación: una remoción o un quitar el pecado de Israel. Prefiguraba la obra final en el ministerio de nuestro Sumo Sacerdote en el cielo, en la remoción o el borrado de los pecados de su pueblo, los cuales están registrados en los libros celestiales. Este servicio involucra una obra de investigación, una obra de juicio, y precede inmediatamente la venida de Cristo en las nubes del cielo con gran poder y gloria; pues cuando él venga, la causa de cada uno habrá sido juzgada. Jesús dice: “Yo vengo... y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra”. Apocalipsis 22:12, VM. Esa obra de juicio, que precede inmediatamente al segundo advenimiento, es la que se anuncia en el primer mensaje angélico de (Apocalipsis 14:7): “¡Temed a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su Juicio!” (BJ). Los que proclamaron esta advertencia dieron el mensaje correcto en el tiempo correcto. Pero así como los primitivos discípulos declararan: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado”, basándose en la profecía de (Daniel 9), sin darse cuenta de que la muerte del Mesías estaba anunciada en el mismo pasaje bíblico, así también Miller y sus colaboradores predicaron el mensaje basados en Daniel 8:14 y Apocalipsis 14:7, sin echar de ver que en Apocalipsis 14 aun había otros mensajes que también debían ser proclamados antes del advenimiento del Señor. Como los discípulos se equivocaron en cuanto al reino que debía establecerse al fin de las 70 semanas, así también los adventistas se equivocaron en cuanto al evento que debía producirse al fin de los 2.300 días. En ambos casos hubo una aceptación de, o mejor dicho una adhesión a, errores populares que cegaron la mente a la verdad. Ambas clases cumplieron la voluntad de Dios de proclamar el mensaje que él deseaba que se diese, y ambas, debido a su mala interpretación de su mensaje, sufrieron chascos. Sin embargo, Dios cumplió su propósito benéfico al permitir que la advertencia del juicio fuese proclamada precisamente como lo fue. El gran día era inminente, y en la providencia de Dios el pueblo fue probado tocante a un tiempo definido con el fin de revelarles lo que había en sus corazones. El mensaje tenía por objetivo probar y purificar a la iglesia. Los hombres debían ser inducidos a ver si sus afectos estaban puestos en las cosas de este mundo o en Cristo y el cielo. Ellos profesaban amar al Salvador; ahora debían probar su amor. ¿Estarían dispuestos a renunciar a sus esperanzas y ambiciones mundanales, y dar la bienvenida con gozo al advenimiento de su Señor? El mensaje tenía por objetivo capacitarlos para discernir su verdadero estado espiritual; fue enviado misericordiosamente para despertarlos con el fin de que buscasen al Señor con arrepentimiento y humillación. Además, si bien el chasco era el resultado de su propia interpretación errónea del mensaje que daban, sería trastocado para bien. El corazón de quienes habían profesado recibir la advertencia iba a ser probado. En presencia de su chasco, ¿se apresurarían a renunciar a su experiencia y a abandonar su confianza en la Palabra de Dios, o con oración y humildad procurarían discernir en qué puntos no habían comprendido el significado de la profecía? ¿Cuántos habían obrado por temor, o por impulso y arrebato? ¿Cuántos eran de corazón indeciso e incrédulos? Muchos profesaban amar el advenimiento del Señor. Al ser llamados a sufrir las burlas y el oprobio del mundo, y la prueba de la dilación y del chasco, ¿renunciarían a su fe? Por no poder comprender inmediatamente los tratos de Dios para con ellos, ¿rechazarían verdades sostenidas por el testimonio más claro de su Palabra? Esta prueba revelaría la fortaleza de aquellos que con verdadera fe habían obedecido lo que creían ser la enseñanza de la Palabra y del Espíritu de Dios. Ella les enseñaría, como sólo tal experiencia podía hacerlo, el peligro de aceptar las teorías e interpretaciones de los hombres, en lugar de dejar a la Biblia interpretarse a sí misma. La perplejidad y el dolor resultantes de su error producirían en los hijos de la fe la corrección necesaria. Los inducirían a profundizar aún más el estudio de la palabra profética. Aprenderían a examinar más cuidadosamente el fundamento de su fe, y a rechazar todo lo que no estuviera fundado en la verdad de las Escrituras, por muy amplia que fuese su aceptación en el mundo cristiano. A estos creyentes les pasó lo que a los primeros discípulos: lo que en la hora de la prueba les parecía oscuro a su entendimiento, les sería aclarado después. Cuando vieran el “fin del Señor” sabrían que, a pesar de la prueba resultante de sus errores, los propósitos del amor divino hacia ellos habían estado cumpliéndose firmemente. Merced a tan bendita experiencia aprenderían que el “Señor es muy misericordioso y compasivo”; que todas sus sendas “son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios”. Santiago 5:11; Salmos 25:10.—Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 391-403.

jueves, 26 de febrero de 2026

La experiencia de los apóstoles constituye una lección objetiva

 

Aunque la mente finita de los hombres es inadecuada para penetrar en los consejos del Infinito, o para entender plenamente el desarrollo de sus propósitos, que ellos comprendan tan nebulosamente los mensajes del Cielo se debe con frecuencia a algún error o negligencia de su parte. A menudo la mente de la gente -y hasta de los siervos de Dios- está tan cegada por las opiniones humanas, las tradiciones y las falsas enseñanzas de los hombres, que sólo son capaces de captar parcialmente las grandes cosas que Dios ha revelado en su Palabra. Así les pasó a los discípulos de Cristo, aun cuando el mismo Señor estaba con ellos en persona. Su mente llegó a estar imbuida de la creencia popular del Mesías como un príncipe terrenal, quien exaltaría a Israel al trono del imperio universal, y no pudieron entender el significado de sus palabras cuando les profetizó sus sufrimientos y su muerte.

Cristo mismo los envió con el mensaje: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”. Marcos 1:15. El mensaje se basaba en la profecía del (capítulo 9) de Daniel. El ángel había declarado que las 69 semanas se extenderían “hasta el Mesías Príncipe”, y con grandes esperanzas y gozosa anticipación los discípulos anhelaban que se estableciera en Jerusalén el reino del Mesías para dominar sobre toda la Tierra. Predicaron el mensaje que Cristo les había confiado aun cuando ellos mismos entendían mal su significado. Aunque su mensaje se basaba en (Daniel 9:25), no notaron que, según el versículo siguiente del mismo capítulo, el Mesías iba a ser muerto. Desde su más tierna edad la esperanza de su corazón se había cifrado en la gloria anticipada de un futuro imperio terrenal, y eso cegaba su entendimiento con respecto tanto a las especificaciones de la profecía como a las palabras de Cristo. Cumplieron su deber en presentar a la nación judía la invitación de misericordia, y luego, en el mismo momento en que esperaban ver a su Señor ascender al trono de David, lo contemplaron arrestado como un malhechor, azotado, ridiculizado, condenado y elevado en la cruz del Calvario. ¡Qué desesperación y angustia desgarró el corazón de esos discípulos durante los días en que su Señor dormía en la tumba! Cristo había venido al tiempo exacto y en la manera que predijera la profecía. El testimonio de las Escrituras se había cumplido en cada detalle de su ministerio. Había predicado el mensaje de salvación, y “hablaba con autoridad”. Lucas 4:32, BJ. Los corazones de sus oyentes habían atestiguado que el mensaje venía del Cielo. La Palabra y el Espíritu de Dios confirmaban el carácter divino de la misión de su Hijo... Lo anunciado por los discípulos en nombre de su Señor era correcto en cada detalle, y los eventos predichos estaban realizándose en ese mismo momento. El mensaje de ellos había sido: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado”. Al expirar “el tiempo” -las 69 semanas de (Daniel 9) que debían extenderse hasta el Mesías, “el Ungido”- Cristo había recibido la unción del Espíritu después de haber sido bautizado por Juan [el Bautista] en el Jordán; y el “reino de Dios”, que habían declarado estar próximo, fue establecido por la muerte de Cristo. Este reino no era un imperio terrenal como se les había enseñado a creer. Tampoco era el reino futuro e inmortal que se establecerá cuando “el reino, y el dominio, y el señorío de los reinos por debajo de todos los cielos, será dado al pueblo de los santos del Altísimo”; ese reino eterno en que “todos los dominios lo servirán y le obedecerán a él”. Daniel 7:27, VM. La expresión “reino de Dios”, tal cual la emplea la Biblia, significa tanto el reino de la gracia como el reino de la gloria. El reino de la gracia es presentado por Pablo en la Epístola a los Hebreos. Después de haber hablado de Cristo como del intercesor que puede “compadecerse de nuestras debilidades”, el apóstol dice: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia”. Hebreos 4:15, 16. El trono de la gracia representa el reino de la gracia; pues la existencia de un trono implica la existencia de un reino. En muchas de sus parábolas, Cristo emplea la expresión “el reino de los cielos” para designar la obra de la gracia divina en los corazones de los hombres. Asimismo el trono de la gloria representa el reino de la gloria; y a este reino se referían las palabras del Salvador: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones”. Mateo 25:31, 32. Este reino está aún en el futuro. Quedará establecido en la segunda venida de Cristo. El reino de la gracia fue instituido inmediatamente después de la caída del hombre, cuando se delineó un plan para la redención de la raza culpable. Este reino existía entonces en el designio y por la promesa de Dios; y mediante la fe los hombres podían hacerse sus súbditos. Sin embargo, no fue establecido en realidad hasta la muerte de Cristo. Aun después de iniciada su misión terrenal, el Salvador, cansado de la obstinación e ingratitud de los hombres, podría haber retrocedido del sacrificio en el Calvario. En el Getsemaní la copa de la aflicción tembló en su mano. Aun entonces hubiera podido enjugar el sudor de sangre de su frente y dejar que la raza culpable pereciese en su iniquidad. Si lo hubiera hecho, no habría habido redención para la humanidad caída. Pero cuando el Salvador hubo entregado su vida y exclamado en su último aliento: “Consumado es”, entonces el cumplimiento del plan de la redención quedó asegurado. La promesa de salvación hecha a la pareja culpable en el Edén quedó ratificada. El reino de la gracia, que hasta entonces existiera por la promesa de Dios, quedó establecido. Así, la muerte de Cristo -el acontecimiento mismo que los discípulos habían considerado como la destrucción final de sus esperanzas- fue lo que las aseguró para siempre. Si bien es verdad que esa misma muerte les había producido un chasco cruel, no dejaba de ser la prueba suprema de que su creencia había sido la correcta. El evento que los había llenado de tristeza y desesperación fue lo que abrió la puerta de la esperanza para todos los hijos de Adán, y en la cual se centraban la vida futura y la felicidad eterna de todos los fieles hijos de Dios en todas las edades... Después de su resurrección, Jesús apareció a sus discípulos en el camino de Emaús y, “comenzando desde Moisés y todos los profetas, les iba interpretando en todas las Escrituras las cosas referentes a él mismo”. Lucas 24:27, VM. El corazón de los discípulos se conmovió. Su fe se reavivó. Fueron reengendrados “para una esperanza viva” aun antes que Jesús se revelase a ellos. 1 Pedro 1:3, VM. El propósito de éste era iluminar su entendimiento y fundar su fe en la “segura palabra profética”. Ver 2 Pedro 1:19. Deseaba que la verdad se arraigase firmemente en su mente, no sólo porque era sostenida por su testimonio personal sino por causa de las evidencias incuestionables presentadas por medio de los símbolos y sombras de la ley típica y las profecías del Antiguo Testamento. Era necesario que los seguidores de Cristo tuviesen una fe inteligente, no sólo en beneficio propio, sino para que pudieran comunicar al mundo el conocimiento de Cristo. Y como primer paso en la comunicación de este conocimiento, Jesús dirigió a sus discípulos a “Moisés y todos los profetas”. Tal fue el testimonio dado por el Salvador resucitado en cuanto al valor y la importancia de las Escrituras del Antiguo Testamento. ¡Qué cambio se efectuó en el corazón de los discípulos cuando contemplaron una vez más el amado semblante de su Maestro! Lucas 24:32. En un sentido más completo y perfecto que nunca antes, habían hallado al Ser de quien estaba escrito “en la ley de Moisés y en los profetas”. La incertidumbre, la angustia, la desesperación, dejaron lugar a la seguridad perfecta, a la fe despejada. ¿Es sorprendente que después de su ascensión ellos estuviesen “siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios”? La gente, que sólo sabía de la muerte ignominiosa del Salvador, los miraba para descubrir en sus semblantes una expresión de dolor, confusión y derrota; pero sólo veía en ellos alegría y triunfo. ¡Qué preparación la que habían recibido para la obra que les esperaba!...

miércoles, 25 de febrero de 2026

Capítulo 5—Daniel 8:14 y la providencia de Dios


La obra de Dios en la Tierra presenta, siglo tras siglo, una sorprendente analogía en cada gran movimiento de reforma o religioso. Los principios del trato de Dios con los hombres son siempre los mismos. Los movimientos importantes del presente concuerdan con los del pasado, y la experiencia de la iglesia en edades primitivas encierra lecciones de gran valor para nuestro propio tiempo.

Ninguna verdad se enseña en la Biblia con mayor claridad que aquella de que Dios, por medio de su Santo Espíritu, dirige especialmente a sus siervos en la Tierra en los grandes movimientos en pro del adelanto de la obra de salvación. Los hombres son, en manos de Dios, instrumentos de los que él se vale para realizar sus fines de gracia y misericordia. Cada cual tiene su papel que desempeñar; a cada cual le ha sido concedida cierta medida de luz, adaptada a las necesidades de su tiempo y suficiente para permitirle cumplir la obra que Dios le asignó. Pero ningún hombre, por muy honrado del Cielo, alcanzó jamás a entender plenamente el gran plan de la redención, ni siquiera a apreciar perfectamente el propósito divino en la obra para su propia época. Los hombres no entienden por completo lo que Dios quisiera cumplir por medio de la obra que les da para hacer; no comprenden, en todo su alcance, el mensaje que proclaman en su nombre... Ni siquiera los profetas que fueron favorecidos por la iluminación especial del Espíritu comprendieron plenamente la importancia de las revelaciones que les fueron confiadas. Su significado debía ser aclarado, de siglo en siglo, a medida que el pueblo de Dios necesitase la instrucción contenida en ellas... No obstante, a pesar de no haber sido dado a los profetas que entendiesen plenamente las cosas que les fueron reveladas, procuraron con fervor obtener toda la luz que Dios había tenido a bien manifestarles. “Inquirieron y diligentemente indagaron”, “escudriñando qué persona o qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos”. ¡Qué lección para el pueblo de Dios en la era cristiana, para cuyo beneficio esas profecías fueron dadas a sus siervos! “A los cuales fue revelado que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas”. Consideren a esos santos hombres de Dios que “buscaron e inquirieron diligentemente” tocante a las revelaciones que les fueron dadas para generaciones que aún no habían nacido. 1 Pedro 1:10-12, RVA y VM. Contrasten su santo celo con el apático desinterés con que los favorecidos en edades posteriores trataron ese don del Cielo. ¡Qué censura contra la indiferencia amante de la comodidad y de la mundanalidad que se contenta con declarar que no se puede entender las profecías!

 

martes, 24 de febrero de 2026

Se desalienta la investigación


Como los argumentos basados en las porciones proféticas resultaban irrefutables, los adversarios trataron de desanimar la investigación de este asunto enseñando que las profecías estaban selladas...

Los ministros y la gente declararon que las profecías de Daniel y el Apocalipsis eran misterios incomprensibles. Pero Cristo había llamado la atención de sus discípulos a las palabras del profeta Daniel relativas a los eventos que debían desarrollarse en tiempo de ellos, y les había dicho: “El que lee, entienda”. Y la aseveración de que el Apocalipsis es un misterio que no se puede entender es rebatida por el título mismo del libro: “Revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto... Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca”. Mateo 24:15; Apocalipsis 1:1-3... Ante semejante testimonio de la Inspiración, ¿cómo se atreven los hombres a enseñar que el Apocalipsis es un misterio fuera del alcance del entendimiento humano? Es un misterio revelado, un libro abierto. El estudio del Apocalipsis dirige la mente a las profecías de Daniel, y ambos libros presentan instrucciones de suma importancia, dadas por Dios a los hombres, concernientes a los eventos que han de desarrollarse al fin de la historia de este mundo. A Juan le fueron reveladas escenas de profundo y conmovedor interés acerca de la experiencia de la iglesia. Vio la situación, los peligros, los conflictos y la liberación final del pueblo de Dios. Registra los mensajes finales que han de hacer madurar la mies de la Tierra, ya sea en gavillas para el granero celestial o en manojos para los fuegos de destrucción. Le fueron revelados asuntos de suma importancia, especialmente para la última iglesia, para que los que se volviesen del error a la verdad pudiesen ser instruidos con respecto a los peligros y conflictos que les esperaban. Nadie necesita estar a oscuras en lo que concierne a lo que ha de acontecer en la Tierra. Entonces, ¿por qué existe esta ignorancia general acerca de tan importante porción del Santo Escrito? ¿Por qué es tan universal la falta de voluntad para investigar sus enseñanzas? Es el resultado de un esfuerzo calculado del príncipe de las tinieblas para ocultar a los hombres lo que revela sus engaños. Por esta razón Cristo el Revelador, al prever la guerra que se desataría contra el estudio del Apocalipsis, pronunció una bendición sobre cuantos leyesen, oyesen y guardasen las palabras de la profecía.—Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 363-390.

lunes, 23 de febrero de 2026

Reacciones diferentes


¿Y por qué la doctrina y predicación de la segunda venida de Cristo fueron tan mal recibidas por las iglesias? Si bien el advenimiento del Señor trae desgracia y desolación a los impíos, para los justos está cargado de gozo y esperanza. Esta gran verdad había sido el consuelo de los fieles siervos de Dios a través de los siglos; ¿por qué se convirtió, como su Autor, en “piedra de tropiezo y roca que hace caer” para su profeso pueblo? Fue nuestro Señor mismo quien prometió a sus discípulos: “Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo”. Juan 14:3. El compasivo Salvador fue quien, al prever el abandono y dolor de sus seguidores, encargó a los ángeles que los consolaran con la seguridad de que volvería en persona, así como había subido al cielo. Mientras los discípulos estaban mirando con ansia al cielo para percibir la última vislumbre de Aquel a quien amaban, fue atraída su atención por las palabras: “Varones galileos, ¿por qué os quedáis mirando así al cielo? Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá del mismo modo que lo habéis visto ir al cielo”. El mensaje de los ángeles reavivó la esperanza. “Volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios”. Lucas 24:52, 53. No se alegraban de que Jesús se hubiese separado de ellos ni de que hubiesen sido dejados para luchar con las pruebas y tentaciones del mundo, sino porque los ángeles les habían asegurado que él volvería.

La proclamación de la venida de Cristo debería ser ahora como lo expresado por los ángeles a los pastores de Belén: buenas nuevas de gran gozo. Los que aman verdaderamente al Salvador no pueden menos que recibir con aclamaciones de alegría el anunció fundado en la Palabra de Dios de que el Ser en quien se concentran sus esperanzas de vida eterna volverá, no para ser insultado, despreciado y rechazado como en su primer advenimiento, sino con poder y gloria para redimir a su pueblo. Son los que no aman al Salvador quienes desean que no regrese; y no puede haber evidencia más concluyente de que las iglesias se han apartado de Dios que la irritación y la animosidad despertadas por este mensaje proveniente del Cielo. Los que aceptaron la doctrina del advenimiento fueron despertados a la necesidad de arrepentirse y humillarse ante Dios. Muchos habían estado vacilando mucho tiempo entre Cristo y el mundo; entonces sintieron que era tiempo de decidirse. “Las cosas eternas asumieron para ellos una realidad extraordinaria. Se les acercó el cielo, y se sintieron culpables ante Dios” ibíd., 146. Los cristianos fueron despertados a una nueva vida espiritual. El mensaje les hizo sentir que el tiempo era corto, que debían hacer pronto cuanto debía ser hecho por sus semejantes. La Tierra retrocedía, la eternidad parecía abrirse ante ellos y el alma, con todo lo que pertenece a su dicha o infortunio inmortal, eclipsaba profundamente todo objeto temporal. El Espíritu de Dios descansaba sobre ellos y daba poder a los llamados ardientes que dirigían tanto a sus hermanos como a los pecadores con el fin de que se preparasen para el día de Dios. El testimonio silencioso de su vida diaria era una censura constante para los miembros formales y no consagrados de las iglesias. Estos no querían que se los molestara en su búsqueda de placeres, ni en su culto a Mammón ni en su ambición de honores mundanos. De ahí la enemistad y oposición despertadas contra la fe adventista y los que la proclamaban.

domingo, 22 de febrero de 2026

La Biblia y sólo la Biblia

Guillermo Miller poseía facultades intelectuales poderosas, disciplinadas por la reflexión y el estudio; y a ellas añadió la sabiduría del cielo al conectarse con la Fuente de la sabiduría. Era hombre de verdadero valer, que no podía menos que imponer respeto y granjearse el aprecio dondequiera que supiera estimarse la integridad de carácter y la excelencia moral. Al unir verdadera bondad de corazón a la humildad cristiana y al dominio de sí mismo, era atento y afable para con todos, y siempre listo para escuchar las opiniones de los demás y pesar sus argumentos. Sin apasionamiento ni agitación, examinaba todas las teorías y doctrinas a la luz de la Palabra de Dios; y su sano juicio y profundo conocimiento de las Escrituras le permitían refutar el error y desenmascarar la falsedad.

Sin embargo no prosiguió su obra sin encontrar encarnizada oposición. Como les sucediera a los primeros reformadores, las verdades que proclamaba no eran recibidas favorablemente por los maestros religiosos. Como éstos no podían sostener sus posiciones apoyándose en las Escrituras, se vieron obligados a recurrir a los dichos y doctrinas de los hombres, a las tradiciones de los Padres. Pero la Palabra de Dios era el único testimonio aceptado por los predicadores de la verdad del advenimiento. “La Biblia, y la Biblia sola”, era su consigna. La falta de argumentos bíblicos por parte de sus adversarios era suplida por el ridículo y la burla. Tiempo, medios y talentos fueron empleados en difamar a aquellos cuyo único crimen consistía en esperar con gozo el regreso de su Señor, y en esforzarse por vivir vidas santas y en exhortar a los demás a que se preparasen para su aparición... El instigador de todo mal no trató únicamente de contrarrestar los efectos del mensaje del advenimiento, sino de destruir al mismo mensajero. Miller hacía una aplicación práctica de la verdad bíblica a los corazones de sus oyentes -reprobaba sus pecados y turbaba su presunción-, y sus palabras claras y cortantes despertaron la animosidad de ellos. La oposición manifestada por los miembros de iglesia contra su mensaje envalentonó a las clases bajas a ir aún más allá; y enemigos conspiraron para quitarle la vida a su salida del lugar de reunión. Pero hubo ángeles guardianes entre la multitud, y uno de ellos, bajo la forma de un hombre, tomó del brazo al siervo del Señor y lo puso a salvo del populacho furioso. Su obra aún no estaba terminada, y Satanás y sus emisarios se vieron frustrados en sus planes. A pesar de toda oposición, el interés en el movimiento adventista siguió en aumento. De veintenas y centenas el número de los creyentes alcanzó a muchos miles. Las diferentes iglesias se habían acrecentado notablemente, pero al poco tiempo el espíritu de oposición se manifestó hasta contra esos conversos, y las iglesias empezaron a tomar medidas disciplinarias con los que adoptaban los puntos de vista de Miller. Eso indujo a Miller a una reacción por escrito, donde instó a los cristianos de todas las denominaciones a que, si sus doctrinas eran falsas, se lo probasen por medio de las Escrituras. Él decía: “¿Qué hemos creído que no se nos haya sido ordenado creer por la Palabra de Dios, y que ustedes mismos reconocen como la regla, la única regla de nuestra fe y conducta? ¿Qué hemos hecho para que se nos arrojasen tan virulentos cargos y diatribas desde el púlpito y la prensa, y para darles motivo para excluirnos a nosotros [los adventistas] de sus iglesias y comunión?” “Si estamos en el error, les ruego nos muestren en qué consiste nuestro error. Muéstrennos por la Palabra de Dios que estamos en el error; harto se nos ha ridiculizado, pero eso jamás podrá convencernos de que estamos en el error; la Palabra de Dios sola puede cambiar nuestro modo de ver. Nuestras conclusiones se formaron después de madura reflexión y mucha oración, a medida que veíamos las evidencias en las Escrituras” ibíd., 250, 252...

 

sábado, 21 de febrero de 2026

La última de las señales

En 1833, dos años después que Miller comenzara a presentar en público las evidencias de la pronta venida de Cristo, apareció la última de las señales prometidas por el Salvador como precursoras de su segunda venida. Jesús había dicho: “Las estrellas caerán del cielo”. Y Juan, al recibir la visión de las escenas que anunciarían el día de Dios, declara en el Apocalipsis: “Las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento”. Mateo 24:29; Apocalipsis 6:13. Esta profecía se cumplió de modo sorprendente y pasmoso con la gran lluvia meteórica del 13 de noviembre de 1833. Fue éste el más extenso y admirable espectáculo de estrellas fugaces que se haya registrado, pues “¡sobre todos Estados Unidos el firmamento entero estuvo entonces, durante horas seguidas, en conmoción ígnea! No ha ocurrido jamás en este país, desde el tiempo de los primeros colonos, un fenómeno celestial que despertara tan grande admiración entre unos, ni tanto terror ni alarma entre otros”. “Su sublimidad y terrible belleza quedan aún grabadas en la mente de muchos... Jamás cayó lluvia más tupida que ésa en que cayeron los meteoros hacia la Tierra; al este, al oeste, al norte y al sur era lo mismo. En una palabra, todo el cielo parecía en conmoción... El espectáculo, tal como está descrito en el Diario del profesor Silliman, fue visto por toda la América del Norte... Desde las dos de la madrugada hasta la plena claridad del día, en un firmamento perfectamente sereno y sin nubes, todo el cielo estuvo constantemente surcado por una lluvia incesante de cuerpos que brillaban de modo deslumbrador” (R. M. Devens, American Progress; o The Great Events of the Greatest Century [Progreso norteamericano. O los grandes eventos del siglo más grande], cap. 28, párr. 1-5).

En el Journal of Commerce [Periódico de Comercio] de Nueva York del 14 de noviembre de 1833 se publicó un largo artículo referente a este fenómeno maravilloso, y en él se leía la siguiente declaración: “Supongo que ningún filósofo ni erudito ha referido o registrado jamás un suceso como el de ayer por la mañana. Hace 1.800 años un profeta lo predijo con toda exactitud, si entendemos que las estrellas que cayeron eran estrellas errantes o fugaces... en el único sentido en el cual es posible que sea literalmente verdadero”. Así se desplegó la última de las señales de su venida, acerca de las cuales Jesús había expresado a sus discípulos: “Cuando viereis todas estas cosas, sabed que él está cerca, a las puertas”. Mateo 24:33, VM. Después de estas señales Juan contempló, como gran acontecimiento inmediato, que el cielo desaparecía como un libro cuando es enrollado, mientras que la Tierra era sacudida, las montañas y las islas eran movidas de sus lugares, y los impíos, aterrorizados, trataban de esconderse de la presencia del Hijo del hombre. Apocalipsis 6:12-17. Muchos de los que presenciaron la caída de las estrellas la consideraron como un anunció del juicio venidero, “como un tipo pavoroso, un precursor infalible, una señal misericordiosa, de ese día grande y terrible” (“The Old Countryman” [El viejo labrador], en el Evening Advertiser [Proclamador Vespertino] de Portland, 26 de noviembre de 1833). Así fue dirigida la atención de la gente hacia el cumplimiento de la profecía, y muchos fueron inducidos a hacer caso de la advertencia del segundo advenimiento.

viernes, 20 de febrero de 2026

Evidencias de la bendición divina

 

Muchos que no aceptaban su modo de ver en cuanto a la fecha exacta del segundo advenimiento, estaban convencidos de la certeza y proximidad de la venida de Cristo y de que necesitaban prepararse para ella. En algunas de las grandes ciudades, sus labores hicieron una impresión extraordinaria. Los taberneros abandonaban su negocio y convertían sus establecimientos en salas de culto; las casas de juegos cerraban; incrédulos, deístas, universalistas y hasta libertinos empedernidos -algunos de los cuales no habían entrado en algún lugar de culto por años- se corregían. Las diversas denominaciones establecían reuniones de oración en diferentes barrios, a casi cualquier hora, y los hombres de negocios se reunían al mediodía para orar y cantar. No se notaba excitación extravagante, sino que una solemnidad casi total ocupaba la mente de la gente. La obra de Miller, como la de los primeros reformadores, tendía más a convencer el entendimiento y despertar la conciencia que meramente excitar las emociones.

En 1833 Miller recibió de la Iglesia Bautista, de la cual era miembro, una licencia que lo autorizaba para predicar. Además, un buen número de los ministros de su denominación aprobaban su obra, y con su sanción formal él prosiguió sus labores. Viajaba y predicaba sin descanso, si bien sus labores personales se limitaban principalmente a los Estados del este y el centro de Norteamérica. Durante varios años sufragó él mismo todos sus gastos de su bolsillo, y ni aun más tarde se le costearon nunca por completo los gastos de viaje a los puntos adonde se lo invitaba. De modo que, lejos de reportarle provecho pecuniario, sus labores públicas constituían un pesado gravamen para su fortuna particular, que fue menguando durante ese período de su vida. Era padre de una familia numerosa, pero como todos eran frugales y diligentes, su finca rural bastaba para el sustento de todos ellos.

jueves, 19 de febrero de 2026

El deber de comunicarlo a otros

 

Al empezar a estudiar las Escrituras como lo hizo, para probar que son una revelación de Dios, Miller no tenía, al principio, la menor idea de que llegaría a la conclusión a que había llegado. Apenas podía él mismo creer en los resultados de su investigación. Pero la evidencia de la Escritura eran demasiado clara y concluyente para rechazarla.

Había dedicado dos años al estudio de la Biblia cuando, en 1818, llegó a tener la solemne convicción de que unos 25 años después aparecería Cristo para redimir a su pueblo. Miller dice: “No necesito hablar del gozo que llenó mi corazón ante tan embelesadora perspectiva, ni de los ardientes anhelos de mi alma para participar del júbilo de los redimidos. Ahora la Biblia era para mí un libro nuevo. Era en verdad una fiesta de la razón; todo lo que para mí había sido sombrío, místico u oscuro en sus enseñanzas, había desaparecido de mi mente ante la clara luz que brotaba de sus páginas sagradas; y ¡oh, cuán brillante y gloriosa aparecía la verdad! Todas las contradicciones e inconsistencias que había encontrado antes en la Palabra desaparecieron; y si bien quedaban muchas partes que no comprendía del todo, era tanta la luz que manaba de las Escrituras para iluminar mi anterior mente oscurecida, que al estudiarlas sentía un deleite que nunca antes me hubiera figurado que podría sacar de sus enseñanzas”.—Ibíd. 76, 77. “Con la solemne convicción de que las Escrituras predecían el cumplimiento de tan importantes eventos en tan corto espacio de tiempo, surgió con fuerza en mi interior la cuestión de saber cuál era mi deber para con el mundo en vista de la evidencia que había conmovido mi propia mente”. Ibíd. 18. No pudo menos que sentir que era su deber impartir a otros la luz que había recibido. Esperaba encontrar oposición de parte de los impíos, pero estaba seguro de que todos los cristianos se gozarían en la esperanza de ir al encuentro del Salvador a quien profesaban amar. Su único temor era que en su gran júbilo por la perspectiva de la gloriosa liberación que debía cumplirse tan pronto, muchos recibiesen la doctrina sin examinar lo suficiente las Escrituras para ver si era la verdad. De aquí que vacilara en presentarla, por temor de estar errado y de hacer descarriar a otros. Esto lo indujo a revisar las evidencias que apoyaban las conclusiones a que había arribado, y a considerar cuidadosamente cualquiera dificultad que se presentase a su mente. Encontró que las objeciones se desvanecían ante la luz de la Palabra de Dios como la neblina ante los rayos del sol. Los cinco años que dedicó a esos estudios le dejaron enteramente convencido de lo correcto de su posición. El deber de hacer conocer a otros lo que él creía estar tan claramente enseñado en las Escrituras se le impuso entonces con nueva fuerza... Empezó a presentar sus ideas en privado siempre que se le ofrecía la oportunidad, rogando que algún ministro sintiese la fuerza de ellas y se dedicase a proclamarlas. Pero no podía librarse de la convicción de que tenía un deber personal que cumplir dando la advertencia. De continuo se presentaban a su mente las palabras: “Anda y anúncialo al mundo; su sangre demandaré de tu mano”. Esperó nueve años, y la carga continuaba pesando sobre su alma, hasta que en 1831 expuso por primera vez en público las razones de su fe...

miércoles, 18 de febrero de 2026

La profecía de Daniel 8:14


La profecía que parecía revelar con la mayor claridad el tiempo de la segunda venida era la de (Daniel 8:14): “Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario” (VM). Siguiendo la regla de hacer que la Escritura se intérprete a sí misma, Miller aprendió que un día en la profecía simbólica representa un año (Números 14:34; Ezequiel 4:6); vio que el período de 2.300 días proféticos, o años literales, se extendería más allá del fin de la dispensación judaica, y que por consiguiente no podía referirse al Santuario de esa dispensación. Miller aceptaba la creencia general de que durante la era cristiana la Tierra es el Santuario, y por tanto dedujo que la purificación del Santuario predicha en (Daniel 8:14) representaba la purificación de la Tierra con fuego en la segunda venida de Cristo. Llegó pues a la conclusión de que si se podía encontrar el preciso punto de partida de los 2.300 días, sería fácil fijar el tiempo del segundo advenimiento...—Ibíd. 76.

Miller siguió escudriñando las profecías con más empeño y fervor que nunca, dedicando noches y días enteros al estudio de lo que resultaba entonces de tan inmensa importancia y absorbente interés. En el (capítulo 8) de Daniel no pudo encontrar algún indicio para el punto de partida de los 2.300 días; aunque se le mandó que hiciera entender la visión a Daniel, el ángel Gabriel sólo le dio una explicación parcial. Cuando el profeta vio las terribles persecuciones que sobrevendrían a la iglesia, desfallecieron sus fuerzas físicas. No pudo soportar más, y el ángel lo dejó por algún tiempo. Daniel quedó “sin fuerzas” y estuvo “enfermo algunos días”. Dice: “Estaba asombrado de la visión; mas no hubo quien la explicase”. Sin embargo Dios había mandado a su mensajero: “¡Haz que éste entienda la visión!” Esa orden debía ser cumplida. En obediencia a ella, el ángel, poco tiempo después, volvió a Daniel y le dijo: “Ahora he salido para hacerte sabio de entendimiento... entiende pues la palabra, y alcanza inteligencia de la visión”. Daniel 8:27, 16; 9:22, 23, VM. Había un punto importante en la visión del (capítulo 8) que no había sido explicado, a saber, el que se refería al tiempo: el período de los 2.300 días; por consiguiente, el ángel, al reanudar su explicación, se espacia en la cuestión del tiempo: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad... Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, más no por sí... Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. Daniel 9:24-27. El ángel había sido enviado a Daniel con el propósito expreso de que le explicara el punto que había fallado en entender en la visión del (capítulo 8), el dato relativo al tiempo: “Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”. Después de mandar a Daniel que “entienda... la palabra” y que alcance “inteligencia de la visión”, las primeras palabras del ángel son: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad”. La palabra traducida aquí por “determinadas” significa literalmente “cortadas de”. El ángel declara que las 70 semanas, que representaban 490 años, debían ser “cortadas de” por pertenecer especialmente a los judíos. ¿Pero de dónde fueron cortadas? Como los 2.300 días son el único período de tiempo mencionado en el (capítulo 8), deben constituir el período del que fueron cortadas las 70 semanas; por tanto, las 70 semanas deben formar parte de los 2.300 días, y ambos períodos deben comenzar juntos. El ángel declaró que las 70 semanas datan de la salida del edicto para reedificar Jerusalén. Si se puede encontrar la fecha de ese edicto, entonces queda fijado el punto de partida del gran período de los 2.300 días. Ese decreto se encuentra en el (capítulo 7) de Esdras. Vers. 12-26. Fue expedido en su forma más completa por Artajerjes, rey de Persia, en el año 457 a.C. Pero en (Esdras 6:14) se dice que la casa del Señor fue edificada en Jerusalén “por decreto de Ciro, Darío y Artajerjes, reyes de Persia” (NVI). Estos tres reyes, al expedir, reafirmar y completar el decreto, lo pusieron en la perfección requerida por la profecía para que marcase el comienzo de los 2.300 años. Al tomar el año 457 a.C., el tiempo cuando el decreto fue completado, como fecha de la orden, se vio que se había cumplido cada especificación de la profecía referente a las 70 semanas. “Desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas”; es decir, 69 semanas, o 483 años. El decreto de Artajerjes fue puesto en vigencia en el otoño del 457 a.C. Al partir de esta fecha, los 483 años se extienden hasta el otoño del 27 d.C. Entonces fue cuando se cumplió esta profecía. La palabra “Mesías” significa “el Ungido”. En el otoño del 27 d.C., Cristo fue bautizado por Juan [el Bautista] y recibió la unción del Espíritu Santo. El apóstol Pedro testifica que “Dios ungió con Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret”. Hechos 10:38. Y el mismo Salvador declara: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres”. Después de su bautismo, Jesús volvió a Galilea, “predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido”. Lucas 4:18; Marcos 1:14, 15. “Y por otra semana confirmará el pacto con muchos”. La “semana” de la cual se habla aquí es la última de las 70; son los 7 últimos años del período concedido especialmente a los judíos. Durante ese tiempo, que se extendió del año 27 al año 34 d.C., Cristo, primero en persona y luego por intermedio de sus discípulos, presentó la invitación del evangelio especialmente a los judíos. Cuando los apóstoles salieron para proclamar las buenas nuevas del reino, las instrucciones del Salvador fueron: “Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Mateo 10:5, 6. “A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. En el año 31 d.C., 3 1/2 años después de su bautismo, nuestro Señor fue crucificado. Con el gran sacrificio ofrecido en el Calvario, terminó aquel sistema de ofrendas que durante 4.000 años había prefigurado al Cordero de Dios. El tipo se encontró con el antitipo, y todos los sacrificios y las oblaciones del sistema ceremonial debían cesar. Las 70 semanas, o 490 años concedidos a los judíos, terminaron, como lo vimos, en el año 34 d.C. En dicha fecha, por auto del Sanedrín judío, la nación selló su rechazo del evangelio con el martirio de Esteban y la persecución de los seguidores de Cristo. Entonces el mensaje de salvación, ya no más limitado al pueblo elegido, fue dado al mundo. Los discípulos, obligados por la persecución a huir de Jerusalén, “predicaban la palabra por dondequiera que iban. Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les anunciaba al Mesías”. Pedro, guiado por Dios, dio a conocer el evangelio al centurión de Cesarea, el piadoso Cornelio; y el ardiente Pablo, ganado a la fe de Cristo, fue comisionado para llevar las alegres nuevas “lejos, a los gentiles”. Hechos 8:4, 5; 22:21, NVI. Hasta aquí cada uno de los detalles de las profecías se ha cumplido de una manera sorprendente, y el principio de las 70 semanas queda establecido irrefutablemente en el año 457 a.C. y su fin en el año 34 d.C. Al partir de esta fecha no es difícil encontrar el final de los 2.300 días. Las 70 semanas -490 días-, cortadas de los 2.300 días, dejan 1.810 días. Concluidos los 490 días, quedarían aún por cumplirse los 1.810 días. Al contar desde el 34 d.C., los 1.810 años llegan al año 1844. Por consiguiente, los 2.300 días de (Daniel 8:14) terminaron en 1844. Al fin de ese gran período profético, según el testimonio del ángel de Dios, “el santuario” debía ser “purificado”. De este modo la fecha de la purificación del Santuario -la cual se creía casi universalmente que se verificaría en la segunda venida de Cristo- quedó establecida definitivamente. Miller y sus colaboradores creyeron primero que los 2.300 días terminarían en la primavera de 1844, mientras que la profecía señala al otoño de ese año. La equivocación en este punto fue causa de chasco y perplejidad para los que habían fijado para la primavera de dicho año el tiempo de la venida del Señor. Pero esto no afectó en lo más mínimo la fuerza del argumento que demuestra que los 2.300 días terminaron en el año 1844 y que el gran acontecimiento representado por la purificación del Santuario debía verificarse entonces.

martes, 17 de febrero de 2026

Comienza un despertar religioso

Sólo al pedido de sus hermanos, en cuyas palabras creyó oír el llamado de Dios, se debió que Miller consintiera en presentar sus opiniones en público. Ya tenía 50 años, no estando acostumbrado a hablar en público y se consideraba incapaz de hacer la obra que se esperaba de él. Pero desde el principio sus labores fueron notablemente bendecidas para la salvación de las almas. Su primera conferencia fue seguida de un despertar religioso durante el cual trece familias enteras, menos dos personas, fueron convertidas. Se lo instó inmediatamente a hablar en otros lugares, y casi en todas partes su trabajo resultaba en un reavivamiento de la obra del Señor. Los pecadores se convertían, los cristianos se reconsagraban a Dios, y los deístas e incrédulos eran inducidos a reconocer la verdad de la Biblia y la religión cristiana. El testimonio de aquellos entre quienes trabajaba era: “Alcanza a una clase de intelectos que no están dentro de la influencia de otros hombres”. Ibíd. 138. Su predicación estaba pensada para despertar interés en los grandes asuntos de la religión y contrarrestar la mundanalidad y sensualidad crecientes de la época.

En casi todas las ciudades se convertían los oyentes por veintenas y hasta por centenares. En muchos lugares se le abrían de par en par las iglesias protestantes de casi todas las denominaciones, y las invitaciones para trabajar en ellas le llegaban generalmente de los ministros de las diversas congregaciones. Tenía por regla invariable no trabajar donde no hubiese sido invitado; sin embargo, pronto vio que no le era posible atender siquiera la mitad de los pedidos que le llegaban.

 

lunes, 16 de febrero de 2026

El deber de comunicarlo a otros


Al empezar a estudiar las Escrituras como lo hizo, para probar que son una revelación de Dios, Miller no tenía, al principio, la menor idea de que llegaría a la conclusión a que había llegado. Apenas podía él mismo creer en los resultados de su investigación. Pero la evidencia de la Escritura eran demasiado clara y concluyente para rechazarla.

Había dedicado dos años al estudio de la Biblia cuando, en 1818, llegó a tener la solemne convicción de que unos 25 años después aparecería Cristo para redimir a su pueblo. Miller dice: “No necesito hablar del gozo que llenó mi corazón ante tan embelesadora perspectiva, ni de los ardientes anhelos de mi alma para participar del júbilo de los redimidos. Ahora la Biblia era para mí un libro nuevo. Era en verdad una fiesta de la razón; todo lo que para mí había sido sombrío, místico u oscuro en sus enseñanzas, había desaparecido de mi mente ante la clara luz que brotaba de sus páginas sagradas; y ¡oh, cuán brillante y gloriosa aparecía la verdad! Todas las contradicciones e inconsistencias que había encontrado antes en la Palabra desaparecieron; y si bien quedaban muchas partes que no comprendía del todo, era tanta la luz que manaba de las Escrituras para iluminar mi anterior mente oscurecida, que al estudiarlas sentía un deleite que nunca antes me hubiera figurado que podría sacar de sus enseñanzas”.—Ibíd. 76, 77. “Con la solemne convicción de que las Escrituras predecían el cumplimiento de tan importantes eventos en tan corto espacio de tiempo, surgió con fuerza en mi interior la cuestión de saber cuál era mi deber para con el mundo en vista de la evidencia que había conmovido mi propia mente”. Ibíd. 18. No pudo menos que sentir que era su deber impartir a otros la luz que había recibido. Esperaba encontrar oposición de parte de los impíos, pero estaba seguro de que todos los cristianos se gozarían en la esperanza de ir al encuentro del Salvador a quien profesaban amar. Su único temor era que en su gran júbilo por la perspectiva de la gloriosa liberación que debía cumplirse tan pronto, muchos recibiesen la doctrina sin examinar lo suficiente las Escrituras para ver si era la verdad. De aquí que vacilara en presentarla, por temor de estar errado y de hacer descarriar a otros. Esto lo indujo a revisar las evidencias que apoyaban las conclusiones a que había arribado, y a considerar cuidadosamente cualquiera dificultad que se presentase a su mente. Encontró que las objeciones se desvanecían ante la luz de la Palabra de Dios como la neblina ante los rayos del sol. Los cinco años que dedicó a esos estudios le dejaron enteramente convencido de lo correcto de su posición. El deber de hacer conocer a otros lo que él creía estar tan claramente enseñado en las Escrituras se le impuso entonces con nueva fuerza... Empezó a presentar sus ideas en privado siempre que se le ofrecía la oportunidad, rogando que algún ministro sintiese la fuerza de ellas y se dedicase a proclamarlas. Pero no podía librarse de la convicción de que tenía un deber personal que cumplir dando la advertencia. De continuo se presentaban a su mente las palabras: “Anda y anúncialo al mundo; su sangre demandaré de tu mano”. Esperó nueve años, y la carga continuaba pesando sobre su alma, hasta que en 1831 expuso por primera vez en público las razones de su fe...

domingo, 15 de febrero de 2026

La profecía de Daniel 8:14



La profecía que parecía revelar con la mayor claridad el tiempo de la segunda venida era la de (Daniel 8:14): “Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario” (VM). Siguiendo la regla de hacer que la Escritura se intérprete a sí misma, Miller aprendió que un día en la profecía simbólica representa un año (Números 14:34; Ezequiel 4:6); vio que el período de 2.300 días proféticos, o años literales, se extendería más allá del fin de la dispensación judaica, y que por consiguiente no podía referirse al Santuario de esa dispensación. Miller aceptaba la creencia general de que durante la era cristiana la Tierra es el Santuario, y por tanto dedujo que la purificación del Santuario predicha en (Daniel 8:14) representaba la purificación de la Tierra con fuego en la segunda venida de Cristo. Llegó pues a la conclusión de que si se podía encontrar el preciso punto de partida de los 2.300 días, sería fácil fijar el tiempo del segundo advenimiento...—Ibíd. 76.
Miller siguió escudriñando las profecías con más empeño y fervor que nunca, dedicando noches y días enteros al estudio de lo que resultaba entonces de tan inmensa importancia y absorbente interés. En el (capítulo 8) de Daniel no pudo encontrar algún indicio para el punto de partida de los 2.300 días; aunque se le mandó que hiciera entender la visión a Daniel, el ángel Gabriel sólo le dio una explicación parcial. Cuando el profeta vio las terribles persecuciones que sobrevendrían a la iglesia, desfallecieron sus fuerzas físicas. No pudo soportar más, y el ángel lo dejó por algún tiempo. Daniel quedó “sin fuerzas” y estuvo “enfermo algunos días”. Dice: “Estaba asombrado de la visión; mas no hubo quien la explicase”. Sin embargo Dios había mandado a su mensajero: “¡Haz que éste entienda la visión!” Esa orden debía ser cumplida. En obediencia a ella, el ángel, poco tiempo después, volvió a Daniel y le dijo: “Ahora he salido para hacerte sabio de entendimiento... entiende pues la palabra, y alcanza inteligencia de la visión”. Daniel 8:27, 16; 9:22, 23, VM. Había un punto importante en la visión del (capítulo 8) que no había sido explicado, a saber, el que se refería al tiempo: el período de los 2.300 días; por consiguiente, el ángel, al reanudar su explicación, se espacia en la cuestión del tiempo: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad... Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, más no por sí... Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. Daniel 9:24-27. El ángel había sido enviado a Daniel con el propósito expreso de que le explicara el punto que había fallado en entender en la visión del (capítulo 8), el dato relativo al tiempo: “Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”. Después de mandar a Daniel que “entienda... la palabra” y que alcance “inteligencia de la visión”, las primeras palabras del ángel son: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad”. La palabra traducida aquí por “determinadas” significa literalmente “cortadas de”. El ángel declara que las 70 semanas, que representaban 490 años, debían ser “cortadas de” por pertenecer especialmente a los judíos. ¿Pero de dónde fueron cortadas? Como los 2.300 días son el único período de tiempo mencionado en el (capítulo 8), deben constituir el período del que fueron cortadas las 70 semanas; por tanto, las 70 semanas deben formar parte de los 2.300 días, y ambos períodos deben comenzar juntos. El ángel declaró que las 70 semanas datan de la salida del edicto para reedificar Jerusalén. Si se puede encontrar la fecha de ese edicto, entonces queda fijado el punto de partida del gran período de los 2.300 días. Ese decreto se encuentra en el (capítulo 7) de Esdras. Vers. 12-26. Fue expedido en su forma más completa por Artajerjes, rey de Persia, en el año 457 a.C. Pero en (Esdras 6:14) se dice que la casa del Señor fue edificada en Jerusalén “por decreto de Ciro, Darío y Artajerjes, reyes de Persia” (NVI). Estos tres reyes, al expedir, reafirmar y completar el decreto, lo pusieron en la perfección requerida por la profecía para que marcase el comienzo de los 2.300 años. Al tomar el año 457 a.C., el tiempo cuando el decreto fue completado, como fecha de la orden, se vio que se había cumplido cada especificación de la profecía referente a las 70 semanas. “Desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas”; es decir, 69 semanas, o 483 años. El decreto de Artajerjes fue puesto en vigencia en el otoño del 457 a.C. Al partir de esta fecha, los 483 años se extienden hasta el otoño del 27 d.C. Entonces fue cuando se cumplió esta profecía. La palabra “Mesías” significa “el Ungido”. En el otoño del 27 d.C., Cristo fue bautizado por Juan [el Bautista] y recibió la unción del Espíritu Santo. El apóstol Pedro testifica que “Dios ungió con Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret”. Hechos 10:38. Y el mismo Salvador declara: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres”. Después de su bautismo, Jesús volvió a Galilea, “predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido”. Lucas 4:18; Marcos 1:14, 15. “Y por otra semana confirmará el pacto con muchos”. La “semana” de la cual se habla aquí es la última de las 70; son los 7 últimos años del período concedido especialmente a los judíos. Durante ese tiempo, que se extendió del año 27 al año 34 d.C., Cristo, primero en persona y luego por intermedio de sus discípulos, presentó la invitación del evangelio especialmente a los judíos. Cuando los apóstoles salieron para proclamar las buenas nuevas del reino, las instrucciones del Salvador fueron: “Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Mateo 10:5, 6. “A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. En el año 31 d.C., 3 1/2 años después de su bautismo, nuestro Señor fue crucificado. Con el gran sacrificio ofrecido en el Calvario, terminó aquel sistema de ofrendas que durante 4.000 años había prefigurado al Cordero de Dios. El tipo se encontró con el antitipo, y todos los sacrificios y las oblaciones del sistema ceremonial debían cesar. Las 70 semanas, o 490 años concedidos a los judíos, terminaron, como lo vimos, en el año 34 d.C. En dicha fecha, por auto del Sanedrín judío, la nación selló su rechazo del evangelio con el martirio de Esteban y la persecución de los seguidores de Cristo. Entonces el mensaje de salvación, ya no más limitado al pueblo elegido, fue dado al mundo. Los discípulos, obligados por la persecución a huir de Jerusalén, “predicaban la palabra por dondequiera que iban. Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les anunciaba al Mesías”. Pedro, guiado por Dios, dio a conocer el evangelio al centurión de Cesarea, el piadoso Cornelio; y el ardiente Pablo, ganado a la fe de Cristo, fue comisionado para llevar las alegres nuevas “lejos, a los gentiles”. Hechos 8:4, 5; 22:21, NVI. Hasta aquí cada uno de los detalles de las profecías se ha cumplido de una manera sorprendente, y el principio de las 70 semanas queda establecido irrefutablemente en el año 457 a.C. y su fin en el año 34 d.C. Al partir de esta fecha no es difícil encontrar el final de los 2.300 días. Las 70 semanas -490 días-, cortadas de los 2.300 días, dejan 1.810 días. Concluidos los 490 días, quedarían aún por cumplirse los 1.810 días. Al contar desde el 34 d.C., los 1.810 años llegan al año 1844. Por consiguiente, los 2.300 días de (Daniel 8:14) terminaron en 1844. Al fin de ese gran período profético, según el testimonio del ángel de Dios, “el santuario” debía ser “purificado”. De este modo la fecha de la purificación del Santuario -la cual se creía casi universalmente que se verificaría en la segunda venida de Cristo- quedó establecida definitivamente. Miller y sus colaboradores creyeron primero que los 2.300 días terminarían en la primavera de 1844, mientras que la profecía señala al otoño de ese año. La equivocación en este punto fue causa de chasco y perplejidad para los que habían fijado para la primavera de dicho año el tiempo de la venida del Señor. Pero esto no afectó en lo más mínimo la fuerza del argumento que demuestra que los 2.300 días terminaron en el año 1844 y que el gran acontecimiento representado por la purificación del Santuario debía verificarse entonces.

sábado, 14 de febrero de 2026

El impacto de la cronología bíblica


Él dice: “Otra clase de evidencia que afectó vitalmente mi mente fue la cronología de las Escrituras... Encontré que los eventos predichos, que se habían cumplido en lo pasado, a menudo ocurrieron dentro de un tiempo determinado. Los 120 años hasta el diluvio (Génesis 6:3); los 7 días que debían precederlo, con la predicción de 40 días de lluvia (Génesis 7:4); los 400 años de la estadía de la simiente de Abrahán (Génesis 15:13); los 3 días de los sueños del copero y del panadero (Génesis 40:12-20); los 7 años de Faraón (Génesis 41:28-54); los 40 años en el desierto (Números 14:34); los 3 1/2 años de hambre 1 Reyes 17:1, ver Lucas 4:25... los 70 años del cautiverio (Jeremías 25:11); los 7 tiempos de Nabucodonosor (Daniel 4:13-16); y las 7 semanas, 62 semanas y 1 semana, que sumaban 70 semanas determinadas para los judíos (Daniel 9:24-27); todos los acontecimientos limitados por esos períodos de tiempo fueron de repente simplemente una cuestión profética, y se cumplieron de acuerdo con las predicciones”.—Ibíd. 74, 75.

Por consiguiente, al encontrar en su estudio de la Biblia varios períodos cronológicos que, según su modo de entenderlos, se extendían hasta la segunda venida de Cristo, no pudo menos que considerarlos como los “tiempos señalados” que Dios había revelado a sus siervos. Moisés dice: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre”; y el Señor declara por el profeta Amós que él “no hará nada... sin que revele su secreto a sus siervos los profetas”. Deuteronomio 29:29; Amós 3:7. Así que los estudiantes de la Palabra de Dios pueden, confiadamente, esperar encontrar indicado claramente en las Escrituras de verdad el evento más estupendo que se realizará en la historia humana. Miller dice: “Estando completamente convencido de que toda Escritura divinamente inspirada es útil (2 Timoteo 3:16); que en ningún tiempo fue dada por voluntad de hombre, sino que fue escrita por hombres santos inspirados del Espíritu Santo (2 Pedro 1:21), y esto ‘para nuestra enseñanza... a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza’ (Romanos 15:4), no pude menos que considerar las partes cronológicas de la Biblia como pertinentes a la Palabra de Dios y tan acreedoras a nuestra seria consideración como cualquiera otra parte de las Escrituras. Pensé por consiguiente que al tratar de comprender lo que Dios, en su misericordia, había juzgado conveniente revelarnos, yo no tenía derecho a pasar por alto los períodos proféticos”.—Ibíd. 75.

ES La Caída de Persia… Otra vez | MÁS ALLÁ DE LAS NOTICIAS #6

 En este episodio de Más Allá de las Noticias analizamos los acontecimientos recientes en Irán y su impacto en el escenario internacional. A...