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martes, 24 de marzo de 2026

Las escenas finales del servicio real


En el servicio ritual típico el sumo sacerdote, hecha la expiación por Israel, salía y bendecía a la congregación. Así también Cristo, una vez terminada su obra de mediador, aparecerá “sin relación ya con el pecado” y para salvar (Hebreos 9:28, BJ), para bendecir con vida eterna a su pueblo que lo espera. Así como el sacerdote, al quitar los pecados del Santuario, los confesaba sobre la cabeza del macho cabrío emisario, así también Cristo colocará todos esos pecados sobre Satanás, el originador e instigador del pecado. El macho cabrío emisario, que cargaba con los pecados de Israel, era enviado “a tierra inhabitada” (Levítico 16:22); así también Satanás, cargado con la culpa de todos los pecados que ha hecho cometer al pueblo de Dios, será confinado durante mil años en la Tierra, entonces desolada y sin habitantes, y finalmente sufrirá la entera penalidad del pecado en el fuego que destruirá a todos los impíos. Así el gran plan de la redención alcanzará su cumplimiento en la extirpación final del pecado y la liberación de todos los que estuvieron dispuestos a renunciar al mal.

lunes, 23 de marzo de 2026

La escena del juicio

El más profundo interés manifestado entre los hombres por los fallos de los tribunales terrenales sólo representa débilmente el interés manifestado en las cortes celestiales cuando los nombres inscritos en el libro de la vida desfilan ante el Juez de toda la Tierra. El Intercesor divino aboga para que a todos los que han vencido por medio de la fe en su sangre se les perdonen sus transgresiones, con el fin de que sean restituidos a su hogar edénico y coronados como coherederos del “señorío primero”. Miqueas 4:8. Satanás, con sus esfuerzos para engañar y tentar a nuestra raza, había pensado frustrar el plan divino con la creación del hombre, pero Cristo ahora pide que este plan sea llevado a cabo como si el hombre jamás hubiese caído. Pide para su pueblo no sólo el perdón y la justificación, plenos y completos, sino además participación en su gloria y un asiento en su trono.

Mientras Jesús intercede por los súbditos de su gracia, Satanás los acusa ante Dios como transgresores. El gran seductor procuró arrastrarlos al escepticismo, hacerles perder la confianza en Dios, separarse de su amor y transgredir su ley. Ahora él señala el registro de sus vidas, los defectos de carácter, la falta de semejanza con Cristo, lo que deshonró a su Redentor, todos los pecados que los indujo a cometer, y a causa de éstos los reclama como sus súbditos. Jesús no disculpa sus pecados, pero muestra su arrepentimiento y fe, y, reclamando el perdón para ellos, levanta sus manos heridas ante el Padre y los santos ángeles y dice: “Los conozco por nombre. Los he grabado en las palmas de mis manos”. “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. Salmos 51:17. Y al acusador de su pueblo le dice: “Jehová te reprenda, oh Satanás; Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio?” (Zacarías 3:2) Cristo revestirá a sus fieles con su propia justicia, para presentarlos a su Padre como una “iglesia gloriosa”, sin “mancha ni arruga ni cosa semejante”. Efesios 5:27. Sus nombres están inscritos en el libro de la vida, y acerca de ellos está escrito: “Andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignos”. Apocalipsis 3:4, VM. Así se cumplirá de un modo completo la promesa del nuevo pacto: “Perdonaré su iniquidad, y no me acordaré más de sus pecados”. “En aquellos días y en ese tiempo, dice Jehová, será buscada la iniquidad de Israel y no la habrá, y los pecados de Judá, mas no podrán ser hallados”. “En aquel día el Vástago de Jehová será espléndido y glorioso, y el fruto de la tierra excelente y hermoso, para los escapados de Israel. Y será que los que fueren dejados en Sión, y los que quedaren en Jerusalén, serán llamados santos; es decir, todo aquel que está inscrito para la vida en Jerusalén”. Jeremías 31:34; 50:20; Isaías 4:2, 3, VM. La obra del juicio investigador y el acto de borrar los pecados deben realizarse antes del segundo advenimiento del Señor. En vista de que los muertos han de ser juzgados según las cosas escritas en los libros, es imposible que los pecados de los hombres sean borrados antes del fin del juicio en que sus vidas han de ser investigadas. Pero el apóstol Pedro dice terminantemente que los pecados de los creyentes serán borrados “para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo”. Hechos 3:19, 20. Cuando el juicio investigador concluya, Cristo vendrá, junto con su recompensa, para dar a cada ser humano según sus obras.

 

domingo, 22 de marzo de 2026

Jesús, el abogado

 

Jesús aparecerá como el Abogado de ellos, para interceder en su favor ante Dios. “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. 1 Juan 2:1. “Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante de Dios en favor nuestro”. “Por eso también puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos”. Hebreos 9:24; 7:25, NVI.

A medida que los libros de registros se van abriendo en el juicio, las vidas de todos los que hayan creído en Jesús pasan ante Dios para ser examinadas por él. Empezando con los que vivieron primero en la Tierra, nuestro Abogado presenta los casos de cada generación sucesiva y termina con los vivos. Cada nombre es mencionado, cada caso cuidadosamente investigado. Habrá nombres que serán aceptados, y nombres rechazados. Cuando alguien tenga en los libros de registros pecados de los cuales no se arrepintió y no fueron perdonados, su nombre será borrado del libro de la vida y el registro de sus buenas obras será borrado del libro de memoria de Dios. El Señor declaró a Moisés: “Al que haya pecado contra mí, a éste borraré de mi libro”. Éxodo 32:33, VM. Y el profeta Ezequiel dice: “Si el justo se apartare de su justicia, y cometiere maldad... ninguna de las justicias que hizo le serán tenidas en cuenta”. Ezequiel 18:24. A todos los que se hayan arrepentido verdaderamente de su pecado, y por medio de la fe reclamen la sangre de Cristo como su sacrificio expiatorio, se les ha inscrito el perdón frente a sus nombres en los libros del cielo; como llegaron a ser partícipes de la justicia de Cristo y su carácter está en armonía con la ley de Dios, sus pecados serán borrados y ellos mismos serán considerados dignos de la vida eterna. El Señor declara a través del profeta Isaías: “Yo, yo soy aquel que borro tus transgresiones a causa de mí mismo, y no me acordaré más de tus pecados”. Isaías 43:25, VM. Jesús dijo: “El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles”. “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos”. Apocalipsis 3:5; Mateo 10:32, 33.

sábado, 21 de marzo de 2026

La ley de Dios es la norma

 

La ley de Dios es la norma

La ley de Dios es la regla por la cual serán probados los caracteres y las vidas de los hombres en el juicio. Dice el sabio: “Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es la suma del deber humano. Pues... Dios traerá toda obra a juicio”. Y el apóstol Santiago amonesta a sus hermanos: “Así hablad... y así obrad, como hombres que van a ser juzgados por la ley de libertad”. Eclesiastés 12:13, 14, VM; Santiago 2:12, VM.

Los que en el juicio “serán tenidos por dignos” tendrán parte en la resurrección de los justos. Jesús dijo: “Los que serán tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo venidero, y la resurrección de entre los muertos... son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección”. Lucas 20:35, 36, VM. Y además declara que “los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida”. Juan 5:29. Los justos muertos no serán resucitados hasta después del juicio en el cual habrán sido considerados dignos de la “resurrección de vida”. De esto se deduce que no estarán presentes en persona ante el tribunal cuando sus registros sean examinados y sus causas falladas.

viernes, 20 de marzo de 2026

¿Qué casos se consideran?

 

En el ritual típico sólo quienes se habían presentado ante Dios con confesión y arrepentimiento, y cuyos pecados fueron llevados al Santuario a través de la sangre de la ofrenda por el pecado, tenían parte en el servicio del Día de la Expiación. De modo que en el gran Día de la Expiación final y del juicio investigador, los únicos casos considerados son los de quienes profesaron ser el pueblo de Dios. El juicio de los impíos es una obra distinta y separada, y se verificará en una fecha posterior. “Ha llegado el tiempo de comenzar el juicio por la casa de Dios. Pues si comienza por nosotros, ¿qué fin tendrán los que no creen en el Evangelio de Dios?” 1 Pedro 4:17, BJ.

Los libros de registros del cielo, en los cuales están consignados los nombres y los hechos de los hombres, determinarán los fallos del juicio. El profeta Daniel dice: “El Juez se sentó, y los libros fueron abiertos”. El Revelador, al describir la misma escena, agrega: “Otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras”. Apocalipsis 20:12. El libro de la vida contiene los nombres de todos los que alguna vez entraron en el servicio a Dios. Jesús pidió a sus discípulos: “Regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos”. Pablo habla de sus fieles compañeros de trabajo, “cuyos nombres están en el libro de la vida”. Daniel, al vislumbrar un “tiempo de angustia, cual nunca fue”, declara que el pueblo de Dios será librado, es decir, “todos los que se hallen escritos en el libro”. Y el Revelador dice que sólo entrarán en la ciudad de Dios aquellos cuyos nombres “están inscritos en el libro de la vida del Cordero” Lucas 10:20; Filipenses 4:3; Daniel 12:1; Apocalipsis 21:27. Delante de Dios está escrito “un libro de memoria”, en el cual quedan consignadas las buenas obras de “los que temen a Jehová, y de los que piensan en su nombre”. Malaquías 3:16, VM. Sus palabras de fe, sus actos de amor, están registrados en el cielo. A esto se refiere Nehemías cuando dice: “¡Acuérdate de mí por esto, Dios mío; no borres las obras de piedad que yo hice por la Casa de mi Dios!” Nehemías 13:14. En el libro de memoria de Dios está inmortalizado todo acto de justicia. Está registrada fielmente toda tentación resistida, todo pecado vencido, toda palabra de tierna compasión expresada. Y está consignado todo acto de sacrificio, todo padecimiento y pesar sufridos por causa de Cristo. El salmista dice: “Tú cuentas los pasos de mi vida errante: pon mis lágrimas en tu redoma; ¿no están en tu libro?” Salmos 56:8, VM. También hay un registro de los pecados de los hombres. “Pues que Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala”. Eclesiastés 12:14. Dice el Salvador: “De toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”. Mateo 12:36, 37. Los propósitos y motivos secretos aparecen en el registro infalible, pues Dios “sacará a la luz lo que está oculto en la oscuridad y pondrá al descubierto las intenciones de cada corazón”. 1 Corintios 4:5, NVI. “He aquí que esto está escrito delante de mí... vuestras iniquidades y las iniquidades de vuestros padres juntamente, dice Jehová”. Isaías 65:6, 7, VM. La obra de cada persona pasa bajo la mirada de Dios y es registrada como fiel o infiel. En los libros del cielo frente a cada nombre está anotado, con terrible exactitud, toda mala palabra, todo acto egoísta, todo deber incumplido y todo pecado secreto junto con todo disimulo astuto. Las admoniciones o reconvenciones divinas despreciadas, los momentos malgastados, las oportunidades no aprovechadas, la influencia ejercida para bien o para mal, con sus abarcantes resultados, todo fue anotado por el ángel registrador.

jueves, 19 de marzo de 2026

Capítulo 9—El ministerio final de Cristo en el santuario celestial

 

La prédica de una fecha precisa para el juicio, en la proclamación del primer mensaje, fue ordenada por Dios. El cómputo de los períodos proféticos en que se basa ese mensaje, que colocan el fin de los 2.300 días en el otoño de 1844, permanece firme sin impugnación.—Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 510.

El profeta Daniel dice: “Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él; el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos”. Daniel 7:9, 10. Así se presentó a la visión del profeta el día grande y solemne en que los caracteres y vidas de los hombres habrán de ser revistados ante el Juez de toda la Tierra, y en el que a todos los hombres se los recompensará “conforme a sus obras”. El Anciano de días es Dios el Padre. El salmista dice: “Antes que naciesen los montes, y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios”. Romanos 2:6; Salmos 90:2. Es él, Origen de todo ser y Fuente de toda ley, quien debe presidir en el juicio. Y “millares de millares... y millones de millones” de santos ángeles, como ministros y testigos, están presentes en ese gran tribunal. “Y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido”. Daniel 7:13, 14. La venida de Cristo descrita aquí no es su segunda venida a la Tierra. Él va al Anciano de días en el cielo para recibir el dominio y la gloria, y un reino, que le será dado a la conclusión de su obra como mediador. Es esta venida, y no su segunda venida a la Tierra, la que la profecía predijo que ocurriría al fin de los 2.300 días, en 1844. Acompañado por ángeles celestiales, nuestro gran Sumo Sacerdote entra en el Lugar Santísimo y allí, en la presencia de Dios, da inicio a los últimos actos de su ministerio en beneficio del hombre: cumplir la obra del juicio investigador y hacer expiación por todos aquellos que resulten tener derecho a sus beneficios.

miércoles, 18 de marzo de 2026

El santuario y el sábado


“El templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo”. Apocalipsis 11:19. El arca del pacto de Dios está en el Lugar Santísimo, el segundo departamento del Santuario. En el servicio del tabernáculo terrenal, que servía como “copia y sombra del que está en el cielo”, este departamento sólo se abría en el gran Día de la Expiación para la purificación del Santuario. Por tanto, el anunció de que el templo de Dios fue abierto en el cielo y se vio el arca de su pacto indica que el Lugar Santísimo del Santuario celestial se abrió en 1844, cuando Cristo entró en él para consumar la obra final de expiación. Los que por fe siguieron a su gran Sumo Sacerdote cuando dio inicio a su ministerio en el Lugar Santísimo, contemplaron el arca de su pacto. Habiendo estudiado el tema del Santuario llegaron a entender el cambio en el ministerio del Salvador, y vieron que Jesús entonces estaba oficiando ante el arca de Dios y ofreciendo su sangre en beneficio de los pecadores.

El arca que estaba en el tabernáculo terrenal contenía las dos tablas de piedra, en que estaban grabados los preceptos de la ley de Dios. El arca era un mero receptáculo de las tablas de la ley, y la presencia de estos preceptos divinos le daba su valor y carácter sagrado. Cuando el templo de Dios fue abierto en el cielo, se vio el arca de su pacto. En el Lugar Santísimo, en el Santuario celestial, la ley divina se encuentra sagradamente guardada; es la ley que fue promulgada por el mismo Dios entre los truenos del Sinaí y escrita con su propio dedo sobre las tablas de piedra. La ley de Dios en el Santuario celestial es el gran original, del que los preceptos grabados en las tablas de piedra y registrados por Moisés en el Pentateuco eran una copia exacta. Los que llegaron a entender este punto importante fueron inducidos a ver el carácter sagrado e invariable de la ley divina. Vieron, como nunca antes, la fuerza de las palabras del Salvador: “Mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán”. Mateo 5:18, VM. Como la ley de Dios es una revelación de su voluntad, una trascripción de su carácter, debe permanecer para siempre como “fiel testigo en el cielo”. Ni un mandamiento ha sido anulado; ni un punto y ni una tilde han sido cambiados. Dice el salmista: “Tu palabra, Señor, es eterna, y está firme en los cielos”. “Todos sus preceptos son dignos de confianza, inmutables por los siglos de los siglos”. Salmos 89:37, NVI; 119:89; 111:7, 8, NVI. En el corazón mismo del Decálogo está el cuarto mandamiento, tal cual fue proclamado originalmente: “Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para Yahvéh tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahvéh el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yahvéh el día del sábado y lo hizo sagrado”. Éxodo 20:8-11, BJ. El Espíritu de Dios impresionó los corazones de esos estudiosos de su Palabra. Fueron impelidos por la convicción de que, ignorantemente, habían transgredido ese precepto al pasar por alto el día de descanso del Creador. Empezaron a examinar las razones por las cuales se guardaba el primer día de la semana en lugar del día que Dios había santificado. No pudieron encontrar en las Escrituras prueba alguna de que el cuarto mandamiento hubiese sido abolido o de que el día de reposo hubiese cambiado; la bendición que desde un principio santificaba el séptimo día no había sido nunca revocada. Habían estado buscando honestamente conocer y hacer la voluntad de Dios; ahora, al verse transgresores de la ley divina, sus corazones se llenaron de pena y manifestaron su lealtad a Dios guardando su santo sábado. Muchos e intensos fueron los esfuerzos hechos para derribar su fe. Nadie podía dejar de ver que si el Santuario terrenal era una figura o copia del celestial, la ley depositada en el arca en la Tierra era una transcripción exacta de la ley guardada en el arca del cielo; y que aceptar la verdad relativa al Santuario celestial involucraba reconocer las exigencias de la ley de Dios y la obligación de guardar el sábado del cuarto mandamiento. En esto estribaba el secreto de la oposición violenta y resuelta que se le hizo a la exposición armoniosa de las Escrituras que revelaban el ministerio de Cristo en el Santuario celestial. Los hombres trataron de cerrar la puerta que Dios había abierto y de abrir la que él había cerrado. Pero “el que abre, y ninguno cierra, y cierra, y ninguno abre”, había declarado: “He aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie podrá cerrar”. Apocalipsis 3:7, 8, VM. Cristo había abierto la puerta, o ministerio, del Lugar Santísimo, la luz brillaba desde la puerta abierta del Santuario celestial, y se vio que el cuarto mandamiento estaba incluido en la ley allí guardada; lo que Dios había establecido, nadie podía derribarlo. Los que habían aceptado la luz referente a la mediación de Cristo y a la perpetuidad de la ley de Dios encontraron que éstas eran las verdades presentadas en. Apocalipsis 14. Los mensajes de este capítulo constituyen una triple advertencia, que sirve para preparar a los habitantes de la Tierra para la segunda venida del Señor. La declaración: “Ha llegado la hora de su juicio”, indica la obra final del ministerio de Cristo para la salvación de los hombres. Proclama una verdad que debe seguir siendo proclamada hasta el cese de la intercesión del Salvador y su regreso a la Tierra para llevar a su pueblo consigo. La obra del juicio que comenzó en 1844 debe continuar hasta que sean falladas las causas de todos los hombres, tanto de los vivos como de los muertos; de aquí que deba extenderse hasta el fin del tiempo de gracia concedido a la humanidad. Y para que los hombres estén debidamente preparados para subsistir en el juicio, el mensaje les manda: “Teman a Dios y denle gloria... adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y los manantiales”. El resultado de una aceptación de estos mensajes está indicado en las palabras: “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”. Apocalipsis 14:7 (NVI), 12. Con el fin de estar preparado para el juicio, el hombre tiene que guardar la ley de Dios. Esta ley será el patrón para medir el carácter en el juicio.—Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 486-489. Los que recibieron la luz relativa al Santuario y a la inmutabilidad de la ley de Dios se llenaron de alegría y admiración al ver la belleza y armonía del sistema de verdad que se revelaba a su entendimiento.—Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 506, 507.

martes, 17 de marzo de 2026

El trágico resultado de rechazar el mensaje de advertencia de Dios

 

Los hombres no pueden rechazar impunemente las advertencias que Dios les envía en su misericordia. Un mensaje fue enviado del cielo al mundo en los días de Noé, y la salvación de los hombres dependía de la manera en que consideraran ese mensaje. Por el hecho de que ellos habían rechazado la advertencia, el Espíritu de Dios se retiró de la raza pecadora y ellos perecieron en las aguas del diluvio. En tiempos de Abraham la misericordia cesó de rogar a los culpables habitantes de Sodoma, y todos, excepto Lot con su esposa y dos hijas, fueron consumidos por el fuego enviado del cielo. Otro tanto aconteció en días de Cristo. El Hijo de Dios declaró a los judíos incrédulos de esa generación: “Vuestra casa os es dejada desierta”. Mateo 23:38. Al considerar los últimos días, el mismo Poder Infinito declara respecto de los que no aceptan “el amor de la verdad que los hubiera salvado”: “Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira, para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la iniquidad”. 2 Tesalonicenses 2:10-12, BJ. A medida que rechazan las enseñanzas de su Palabra, Dios les retira su Espíritu y los abandona a los engaños que aman.

Pero Cristo aún intercede por el hombre, y se otorgará luz a los que la busquen. Aunque esto no lo entendieron al principio los adventistas, les resultó claro después, a medida que los pasajes bíblicos que definen la verdadera posición de ellos empezaron a hacerse inteligibles. Cuando pasó la fecha fijada para 1844, hubo un período de gran prueba para los que aún sostenían la fe adventista. Su único alivio en lo concerniente a determinar su verdadera situación fue la luz que dirigió su mente hacia el Santuario celestial. Algunos renunciaron a su fe en los primeros cálculos de los períodos proféticos, y atribuyeron a seres humanos o a agentes satánicos la poderosa influencia del Espíritu Santo que había acompañado al movimiento adventista. Otros sostenían firmemente que el Señor los había guiado en su experiencia pasada; y mientras esperaban, velaban y oraban para conocer la voluntad de Dios, vieron que su gran Sumo Sacerdote había empezado a desempeñar otro ministerio y, siguiéndolo por fe, fueron guiados a ver también la obra final de la iglesia. Lograron un entendimiento más claro de los mensajes de los dos primeros ángeles, y fueron preparados para recibir y dar al mundo la solemne advertencia del tercer ángel de Apocalipsis 14.—Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 476-485.

lunes, 16 de marzo de 2026

Se abre otra puerta


Pero una luz más intensa surgió de la investigación de la cuestión del Santuario. Vieron entonces que tenían razón al creer que el fin de los 2.300 días, en 1844, había marcado una crisis importante. Pero si bien era cierto que se había cerrado esa puerta de esperanza y misericordia por la cual los hombres habían encontrado acceso a Dios durante 1.800 años, otra puerta se les abría, y el perdón de los pecados era ofrecido a los hombres por la intercesión de Cristo en el Lugar Santísimo. Una parte de su ministerio había terminado, tan sólo para dar lugar a otra. Aún había una “puerta abierta” al Santuario celestial, donde Cristo estaba oficiando en favor del pecador.

Entonces vieron la aplicación de las palabras de Cristo en el Apocalipsis, dirigidas a la iglesia correspondiente al mismo tiempo en que ellos vivían: “Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre: Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar”. Apocalipsis 3:7, 8. Son los que por fe siguen a Jesús en su gran obra de expiación quienes reciben los beneficios de su mediación por ellos, mientras que a los que rechazan la luz que pone a la vista este ministerio no les beneficia. Los judíos que rechazaron la luz concedida en el tiempo de la primera venida de Cristo, y se negaron a creer en él como Salvador del mundo, no pudieron recibir perdón a través de él. Cuando en la ascensión Jesús entró por su propia sangre en el Santuario celestial para derramar sobre sus discípulos las bendiciones de su mediación, los judíos fueron dejados en total oscuridad y siguieron con sus sacrificios y ofrendas inútiles. Había cesado el ministerio de tipos y sombras. La puerta por la cual anteriormente los hombres habían encontrado acceso a Dios ya no estaba abierta. Los judíos se habían negado a buscarlo de la única manera en que podía ser encontrado entonces: a través del sacerdocio en el Santuario celestial. Por consiguiente, no encontraron comunión con Dios. La puerta estaba cerrada para ellos. No tuvieron conocimiento de Cristo como el sacrificio verdadero y el único mediador ante Dios; de ahí que no pudiesen recibir los beneficios de su mediación. La condición de los judíos incrédulos ilustra el estado de los descuidados e incrédulos entre los profesos cristianos, quienes desconocen voluntariamente la obra de nuestro misericordioso Sumo Sacerdote. En el servicio típico, cuando el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo, todo Israel debía reunirse alrededor del Santuario y humillar sus almas de la manera más solemne ante Dios, con el fin de poder recibir el perdón de sus pecados y no ser separados de la congregación. ¡Cuánto más esencial es que en nuestro antitípico Día de la Expiación entendamos la obra de nuestro Sumo Sacerdote y sepamos qué deberes se requieren de nosotros!

domingo, 15 de marzo de 2026

El servicio en los dos compartimientos


En el servicio del Santuario terrenal -que, como ya vimos, es una figura del que se efectúa en el celestial-, cuando el sumo sacerdote entraba el Día de la Expiación en el Lugar Santísimo cesaba el servicio en el primer departamento. Dios mandó: “Nadie debe estar en la Tienda de Reunión cuando Aarón entre a hacer la expiación dentro del santuario, hasta que salga”. Levítico 16:17, BJ. Así que cuando Cristo entró en el Lugar Santísimo para consumar la obra final de expiación, cesó su ministración en el primer departamento. Pero cuando terminó el ministerio en el primer departamento, comenzó el ministerio en el segundo departamento. Cuando en el servicio típico el sumo sacerdote salía del Lugar Santo en el Día de la Expiación, se presentaba ante Dios para ofrecer la sangre de la ofrenda por el pecado en beneficio de todo israelita que se arrepintió verdaderamente de sus pecados. Así también Cristo, habiendo terminado sólo una parte de su obra como intercesor nuestro, entró en otra parte de la obra, y aún sigue ofreciendo su sangre ante el Padre en favor de los pecadores.

Este asunto no lo entendieron los adventistas de 1844. Después que transcurriera la fecha en que se esperaba al Salvador, siguieron creyendo que su venida estaba cercana; sostenían que habían llegado a una crisis importante y que había cesado la obra de Cristo como intercesor del hombre ante Dios. Les parecía que la Biblia enseñaba que el tiempo de gracia para el hombre terminaría un poco antes de la misma venida del Señor en las nubes del cielo. Eso parecía evidente a partir de los textos bíblicos que indican un tiempo cuando los hombres buscarán, golpearán y clamarán a la puerta de la misericordia, sin que ésta se abra. Y se preguntaban si la fecha en que habían esperado la venida de Cristo no señalaba más bien el comienzo de ese período que debía preceder inmediatamente a su venida. Habiendo advertido de la proximidad del juicio, consideraban que habían terminado su labor por el mundo, y perdieron su obligación de trabajar por la salvación de los pecadores, en tanto que las mofas atrevidas y blasfemas de los impíos les parecían una evidencia adicional de que el Espíritu de Dios se había retirado de los que rechazaran su misericordia. Todo esto los confirmaba en la creencia de que el tiempo de gracia había terminado, o, como decían ellos entonces, que “la puerta de la misericordia estaba cerrada”.

sábado, 14 de marzo de 2026

Fundamentos bíblicos

 

La venida de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote al Lugar Santísimo para la purificación del Santuario, de la que se habla en (Daniel 8:14); la venida del Hijo del hombre a donde está el Anciano de días, tal como se la presenta en (Daniel 7:13); y la venida del Señor a su templo, predicha por Malaquías, son descripciones del mismo evento; y eso también está representado por la venida del Novio a las bodas, descrita por Cristo en la parábola de las diez vírgenes según. Mateo 25.

En el verano y otoño de 1844 se hizo esta proclama: “¡Ahí viene el Novio!” Se conocieron entonces las dos clases de personas representadas por las vírgenes prudentes y las fatuas: la una esperaba con regocijo la aparición del Señor y se había estado preparando diligentemente para ir a su encuentro; la otra, presa del temor y obrando por impulso, se había dado por satisfecha con una teoría de la verdad pero estaba destituida de la gracia de Dios. En la parábola, cuando vino el Novio, “las que estaban preparadas entraron con él a las bodas”. La venida del Novio, presentada aquí, se verifica antes de la boda. La boda representa la recepción por parte de Cristo de su reino. La ciudad santa, la nueva Jerusalén, que es la capital del reino y lo representa, se llama “la novia, la esposa del Cordero”. El ángel dijo a Juan: “Ven, que te voy a presentar a la novia, la esposa del Cordero”. El profeta agrega: “Me llevó en el Espíritu... y me mostró la ciudad, Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios”. Apocalipsis 21:9, 10, NVI. Entonces, claramente, la Novia representa la ciudad santa y las vírgenes que van al encuentro del novio son un símbolo de la iglesia. En el Apocalipsis se dice que el pueblo de Dios son los invitados a la cena de las bodas. Apocalipsis 19:9. Si son los invitados, no pueden representar también a la novia. Cristo, según lo consigna el profeta Daniel, recibirá del Anciano de días en el cielo “dominio, gloria y reino”; recibirá la nueva Jerusalén, la capital de su reino, “preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido”. Daniel 7:14; Apocalipsis 21:2, NVI. Después de recibir el reino, vendrá en su gloria, como Rey de reyes y Señor de señores, para redimir a los suyos, quienes “se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob” a la mesa en su reino (Mateo 8:11; Lucas 22:30), para participar de la cena de las bodas del Cordero. La proclama “¡Ahí viene el Novio!”, en el verano de 1844, indujo a miles de personas a esperar el inmediato advenimiento del Señor. En el tiempo señalado vino el Novio, no a la Tierra, como el pueblo lo esperaba, sino al Anciano de días en el cielo, a las bodas, [es decir,] a recibir su reino. “Las jóvenes que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas. Y se cerró la puerta”. No iban a asistir en persona a las bodas, ya que éstas se verifican en el cielo mientras que ellas están en la Tierra. Los seguidores de Cristo han de esperar “a que su Señor vuelva de la boda”. Mateo 25:10, NVI; Lucas 12:36, VM. Pero deben entender su obra, y seguirlo por fe mientras entra a la presencia de Dios. Es en este sentido que se dice que ellos entran a las bodas. Según la parábola, las que tenían aceite en sus vasijas junto con sus lámparas fueron quienes entraron a las bodas. Los que, junto con el conocimiento de la verdad de las Escrituras, también tenían el Espíritu y la gracia de Dios -y quienes en la noche de su amarga prueba habían esperado con paciencia y escudriñaban la Biblia en busca de más luz-, fueron los que reconocieron la verdad referente al Santuario en el cielo y el cambio de ministerio del Salvador, y por fe le siguieron en su obra en el Santuario celestial. Y todos los que por el testimonio de las Escrituras aceptan las mismas verdades, y siguen por fe a Cristo mientras se presenta ante Dios para efectuar la última obra de mediación y para recibir su reino a la conclusión de ésta, todos ellos están representados como quienes entran a las bodas. En la parábola de (Mateo 22) se emplea la misma figura de las bodas, y se ve a las claras que el juicio investigador se realiza antes de las bodas. Antes de verificarse estas entra el Rey para ver a los huéspedes y cerciorarse de que todos llevan la vestimenta de bodas, el manto inmaculado del carácter, lavado y emblanquecido en la sangre del Cordero. Mateo 22:11; Apocalipsis 7:14. Al que se le encuentra defectuoso se lo echa fuera, pero todos los que al ser examinados resultan tener la vestidura de bodas son aceptados por Dios y juzgados dignos de participar de su reino y sentarse en su trono. Esta tarea de examinar los caracteres, de determinar quiénes están preparados para el reino de Dios, es la del juicio investigador, la obra final en el Santuario celestial. Cuando haya terminado esa obra de investigación, cuando se haya examinado y fallado los casos de quienes en todos los siglos han profesado ser seguidores de Cristo, entonces, y no antes, habrá terminado el tiempo de gracia y se cerrará la puerta de la misericordia. Así que las palabras: “Las que estaban preparadas entraron con él a las bodas, y se cerró la puerta”, nos conducen a través del ministerio final del Salvador, hasta el momento en que quedará terminada la gran obra en favor de la salvación del hombre.

viernes, 13 de marzo de 2026

Capítulo 8—Nuestro sumo sacerdote en el lugar santísimo


El asunto del Santuario fue la llave que reveló el misterio del chasco de 1844. Exhibió todo un sistema de verdades, relacionado y armonioso, que mostraba que la mano de Dios había dirigido el gran movimiento adventista y, al poner de manifiesto la situación y la obra de su pueblo, le indicaba cuál era su deber de allí en adelante. Así como los discípulos de Jesús, después de la noche terrible de su angustia y chasco, “se regocijaron viendo al Señor”, así se regocijaron los que habían mirado con fe su segunda venida. Habían esperado que aparecería en gloria para recompensar a sus siervos. Como sus esperanzas fuesen chasqueadas, perdieron de vista a Jesús y, como María al lado del sepulcro, exclamaron: “Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto”. Después, en el Lugar Santísimo, contemplaron otra vez a su compasivo Sumo Sacerdote, listo para aparecer como su rey y libertador. La luz del Santuario iluminaba el pasado, el presente y el futuro. Supieron que Dios los había guiado por medio de su providencia infalible. Aunque, como los primeros discípulos, ellos mismos no lograron entender el mensaje que daban, éste había sido correcto en todo sentido. Al proclamarlo habían cumplido el propósito de Dios, y su labor no había sido en vano en el Señor. Reengendrados “a esperanza viva”, se regocijaron con “alegría inefable y gloriosa”. Juan 20:20, 13; 1 Pedro 1:3, 8, BJ.

Tanto la profecía de (Daniel 8:14)—“Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”—como el mensaje del primer ángel—“Temed a Dios, y dadle gloria; porque la hora de su juicio ha llegado”—señalaban al ministerio de Cristo en el Lugar Santísimo, al juicio investigador, y no a la venida de Cristo para la redención de su pueblo y la destrucción de los impíos. El error no había estado en el cómputo de los períodos proféticos, sino en el evento que debía verificarse al fin de los 2.300 días. Debido a este error los creyentes habían sufrido un chasco; sin embargo se había cumplido todo lo predicho por la profecía y todo lo que alguna garantía bíblica permitía esperar. En el mismo momento en que estaban lamentando la defraudación de sus esperanzas se había realizado el evento que estaba predicho por el mensaje, y que debía cumplirse antes que el Señor pudiese aparecer para recompensar a sus siervos. Cristo había venido, no a la Tierra, como ellos lo esperaban, sino, como estaba simbolizado en el tipo, al Lugar Santísimo del templo de Dios en el cielo. El profeta Daniel lo representa como viniendo en ese tiempo al Anciano de días: “Estaba mirando en visiones de la noche, y he aquí que sobre las nubes del cielo venía Uno parecido a un hijo de hombre; y vino” -no a la Tierra, sino- “al Anciano de días, y lo trajeron delante de él”. Daniel 7:13, VM. Esta venida está predicha también por el profeta Malaquías: “Repentinamente vendrá a su Templo el Señor a quien buscáis; es decir, el Ángel del Pacto, en quien os deleitéis: he aquí que vendrá, dice Jehová de los Ejércitos”. Malaquías 3:1, VM. La venida del Señor a su templo fue repentina, inesperada, para su pueblo. Éste no lo esperaba allí. Ellos esperaban que viniese a la Tierra, “en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio”. 2 Tesalonicenses 1:8, VM. Pero el pueblo no estaba aún preparado para ir al encuentro de su Señor. Todavía le quedaba una obra de preparación que cumplir. Debía serle comunicada una luz que dirigiría su mente hacia el templo de Dios en el cielo; y mientras siguiera por fe a su Sumo Sacerdote en el desempeño de su ministerio en ese lugar, se le revelarían nuevos deberes. Había de darse a la iglesia otro mensaje de advertencia e instrucción. El profeta dice: “¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién podrá mantenerse en pie cuando él aparezca? Porque será como fuego de fundidor o lejía de lavandero. Se sentará como fundidor y purificador de plata; purificará a los levitas y los refinará como se refinan el oro y la plata. Entonces traerán al Señor ofrendas conforme a la justicia”. Malaquías 3:2, 3, NVI. Los que vivan en la Tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el Santuario celestial deberán estar firmes ante la mirada atenta de un Dios santo sin un mediador. Sus vestiduras deberán estar sin mácula; sus caracteres, purificados de todo pecado por la sangre de la aspersión. Por medio de la gracia de Dios y sus propios y diligentes esfuerzos deberán ser vencedores en la lucha contra el mal. Mientras prosigue el juicio investigador en el cielo, mientras los pecados de los creyentes arrepentidos son quitados del Santuario, debe haber una obra especial de purificación, de eliminación del pecado, entre el pueblo de Dios en la Tierra. Esta obra está presentada con mayor claridad en los mensajes de. Apocalipsis 14. Cuando esta obra haya sido consumada, los discípulos de Cristo estarán listos para su venida. “Entonces la ofrenda de Judá y de Jerusalén será grata a Jehová, como en los días de la antigüedad, y como en los años de remotos tiempos”. Entonces la iglesia que nuestro Señor recibirá para sí a su regreso será una “iglesia gloriosa, no teniendo mancha, ni arruga, ni otra cosa semejante”. Entonces ella aparecerá “como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden”. Malaquías 3:4, VM; Efesios 5:27, VM; Cantares 6:10. Además de la venida del Señor a su templo, Malaquías también predice su segundo advenimiento, su venida para la ejecución del juicio, en estas palabras: “Yo me acercaré a vosotros para el juicio, y seré un testigo expeditivo contra los hechiceros y contra los adúlteros, contra los que juran con mentira, contra los que oprimen al jornalero, a la viuda y al huérfano, contra los que hacen agravio al forastero sin ningún temor de mí, dice Yahvéh Sebaot”. Malaquías 3:5, BJ. Judas se refiere a la misma escena cuando dice: “Mirad, el Señor ha venido con sus santas miríadas, para realizar el juicio contra todos y dejar convictos a todos los impíos de todas las obras de impiedad que realizaron y de todas las palabras duras que hablaron contra él los pecadores impíos”. Judas 14, 15, BJ. Esta venida y la del Señor a su templo son eventos distintos que han de realizarse por separado.

jueves, 12 de marzo de 2026

La purificación del santuario celestial



Este ministerio siguió efectuándose durante 18 siglos en el primer departamento del Santuario. La sangre de Cristo, ofrecida en beneficio de los creyentes arrepentidos, les aseguraba el perdón y la aceptación del Padre, pero no obstante sus pecados permanecían inscritos en los libros de registro. Como en el servicio típico había una obra de expiación al fin del año, así también, antes que la obra de Cristo para la redención de los hombres se complete, queda por hacer una obra de expiación para remover el pecado del Santuario. Este es el servicio que comenzó cuando terminaron los 2.300 días. Entonces, así como lo había predicho Daniel el profeta, nuestro Sumo Sacerdote entró en el Lugar Santísimo para cumplir la última parte de su obra solemne: la purificación del Santuario.
Así como en la antigüedad los pecados del pueblo eran puestos por fe sobre la ofrenda por el pecado, y por su sangre se transferían figurativamente al Santuario terrenal, así también, en el nuevo pacto, los pecados de los que se arrepienten son puestos por fe sobre Cristo y transferidos, de hecho, al Santuario celestial. Y así como la purificación típica de lo terrenal se efectuaba por medio de la remoción de los pecados con los cuales había sido contaminado, así también la purificación real de lo celestial debe efectuarse quitando o borrando los pecados registrados en el cielo. Pero antes que esto pueda realizarse deben examinarse los libros de registros para determinar quiénes son los que, por su arrepentimiento del pecado y su fe en Cristo, tienen derecho a los beneficios de la expiación hecha por él. Por tanto, la purificación del Santuario implica una obra de investigación, una obra de juicio. Esta obra debe realizarse antes que venga Cristo para redimir a su pueblo, pues cuando venga su recompensa estará con él para otorgarla a cada ser humano según haya sido su obra. Apocalipsis 22:12. Así que los que andaban en la luz de la palabra profética vieron que en lugar de venir a la Tierra al fin de los 2.300 días, en 1844, Cristo entró entonces en el Lugar Santísimo del Santuario celestial para cumplir la obra final de expiación preparatoria para su venida. Se vio además que, mientras la ofrenda por el pecado señalaba a Cristo como sacrificio, y el sumo sacerdote representaba a Cristo como mediador, el macho cabrío simbolizaba a Satanás, autor del pecado, sobre quien serán colocados finalmente los pecados de los verdaderamente arrepentidos. Cuando el sumo sacerdote, en virtud de la sangre de la ofrenda por el pecado, quitaba los pecados del Santuario, los ponía sobre la cabeza del macho cabrío por Azazel. Cuando Cristo, en virtud de su propia sangre, quite del Santuario celestial los pecados de su pueblo al fin de su ministración, los pondrá sobre Satanás, quien, en la ejecución del juicio, debe cargar con el castigo final. El macho cabrío era enviado lejos a un lugar desierto, para no volver jamás a la congregación de Israel. Así también Satanás será desterrado para siempre de la presencia de Dios y de su pueblo, y será aniquilado en la destrucción final del pecado y los pecadores.—Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 461-475.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Tipos de las realidades celestiales


Tal era el servicio realizado en la “copia y sombra del que está en el cielo”. Y lo que se hacía típicamente en la ministración del Santuario terrenal se hace en realidad en la ministración del Santuario celestial. Después de su ascensión, nuestro Salvador empezó su obra como nuestro Sumo Sacerdote. Pablo dice: “No entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios”. Hebreos 9:24.

La ministración del sacerdote durante el año en el primer departamento del Santuario, “dentro del velo” que formaba la puerta y separaba el Lugar Santo del atrio exterior, representa la obra de ministración que inició Cristo al ascender. La obra del sacerdote en el servicio diario consistía en presentar ante Dios la sangre de la ofrenda por el pecado y también el incienso que subía con las oraciones de Israel. Así es como Cristo ofrece su sangre ante el Padre en beneficio de los pecadores, y así es como presenta ante él, además, junto con el precioso perfume de su propia justicia, las oraciones de los creyentes arrepentidos. Tal era la obra desempeñada en el primer departamento del Santuario en el cielo. Hasta allí la fe de los discípulos de Cristo lo siguieron cuando ascendió de la vista de ellos. Pablo nos dice que allí se centraba sus esperanzas, y que nosotros “tenemos como firme y segura ancla del alma una esperanza que penetra hasta detrás de la cortina del Santuario, hasta donde Jesús, el precursor, entró por nosotros, llegando a ser sumo sacerdote para siempre”. “Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna”. Hebreos 6:19, 20, NVI; 9:12, BJ.

martes, 10 de marzo de 2026

El santuario de Daniel 8:14


Las Escrituras responden con claridad a la pregunta: ¿Qué es el Santuario? La palabra “santuario”, tal cual la usa la Biblia, se refiere, en primer lugar, al tabernáculo que construyó Moisés, como una copia de las cosas celestiales; y, en segundo lugar, al “verdadero tabernáculo” en el cielo, hacia el cual señalaba el Santuario terrenal. Muerto Cristo, terminó el ritual típico. El “verdadero tabernáculo” en el cielo es el Santuario del nuevo pacto. Y como la profecía de (Daniel 8:14) se cumple en esta dispensación, el Santuario al cual se refiere debe ser el Santuario del nuevo pacto. Cuando terminaron los 2.300 días, en 1844, hacía muchos siglos que no había Santuario en la Tierra. De manera que la profecía: “Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario”, se refiere indudablemente al Santuario que está en el cielo.

Pero aún queda la pregunta más importante por contestar: ¿Qué es la purificación del Santuario? En el Antiguo Testamento se hace mención de un servicio tal con referencia al Santuario terrenal. ¿Pero puede haber algo que purificar en el cielo? En (Hebreos 9) se enseña claramente la purificación de ambos santuarios, el terrenal y el celestial. “Casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. Así que era necesario que las copias de las realidades celestiales fueran purificadas con esos sacrificios, pero que las realidades mismas lo fueran con sacrificios superiores que aquéllos” (Hebreos 9:22 [RVR], Hebreos 9:23 [NVI]), a saber, la preciosa sangre de Cristo.

lunes, 9 de marzo de 2026

El ministerio de Cristo en el santuario celestial


En el templo celestial, la morada de Dios, su trono está asentado en justicia y juicio. En el Lugar Santísimo está su ley, la gran regla de justicia por la cual es probada toda la humanidad. El arca, que guarda las tablas de la ley, está cubierta con el propiciatorio, ante el cual Cristo ofrece su sangre en beneficio del pecador. Así se representa la unión de la justicia y la misericordia en el plan de la redención humana. Sólo la sabiduría infinita podía idear dicha unión y sólo el poder infinito podía realizarla; es una unión que llena todo el cielo de admiración y adoración. Los querubines del Santuario terrenal, que miraban reverentemente hacia el propiciatorio, representaban el interés con el cual las huestes celestiales contemplan la obra de la redención. Es el misterio de la misericordia que los ángeles desean contemplar: que Dios puede ser justo al mismo tiempo que justifica al pecador arrepentido y restaura su relación con la raza caída; que Cristo pudo humillarse para sacar a innumerables multitudes del abismo de la perdición y vestirlas con las vestiduras inmaculadas de su propia justicia, con el fin de unirlas con ángeles que no cayeron jamás y así habiten para siempre en la presencia de Dios.

La obra de Cristo como mediador del hombre se presenta en esa hermosa profecía de Zacarías relativa a Aquel “cuyo nombre es El Vástago”. El profeta dice: “Sí, edificará el Templo de Jehová, y llevará sobre sí la gloria; y se sentará y reinará sobre su [el del Padre] trono, siendo Sacerdote sobre su trono; y el consejo de la paz estará entre los dos”. Zacarías 6:12, 13, VM. “Edificará el Templo de Jehová”. Cristo, por medio de su sacrificio y mediación, es tanto el fundamento como el constructor de la iglesia de Dios. El apóstol Pablo lo señala como “la piedra angular. En él todo el edificio, bien armado, se va levantando para llegar a ser un templo santo en el Señor. En él también ustedes son edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu”. Efesios 2:20-22, NVI. “Llevará sobre sí la gloria”. A Cristo pertenece la gloria de la redención de la raza caída. Por toda la eternidad, el canto de los redimidos será: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre... a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos”. Apocalipsis 1:5, 6. “Se sentará y reinará sobre su trono, siendo Sacerdote sobre su trono”. No todavía sobre “su trono de gloria”; el reino de gloria no le ha sido anunciado aún. Solo cuando su obra mediadora haya terminado, “el Señor Dios le dará el trono de David su padre”, un reino del que “no tendrá fin”. Mateo 25:31; Lucas 1:32, 33. Como sacerdote, Cristo está sentado ahora con el Padre en su trono. Apocalipsis 3:21. En el trono, en compañía del Dios eterno que existe por sí mismo, está el Ser que “cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores”, quien fue “tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado”, para poder “socorrer a los que son tentados”. “Si alguno pecare, abogado tenemos para con el Padre, a saber, a Jesucristo el justo”. Isaías 53:4; Hebreos 4:15; 2:18, NVI; 1 Juan 2:1, VM. Su intercesión es la de un cuerpo traspasado y quebrantado y de una vida inmaculada. Las manos heridas, el costado abierto, los pies desgarrados, abogan en favor del hombre caído, cuya redención fue comprada a tan infinito precio. “Y el consejo de la paz estará entre los dos”. El amor del Padre, no menos que el del Hijo, es la fuente de salvación para la raza perdida. Jesús dijo a sus discípulos antes de irse: “No os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama”. Juan 16:26, 27. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”. 2 Corintios 5:19. Y en el ministerio del Santuario celestial, “el consejo de la paz estará entre los dos”. “Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Juan 3:16, NVI.

domingo, 8 de marzo de 2026

Las glorias del santuario terrenal y del templo celestial


El Santuario celestial, en el cual Jesús ministra en favor de nosotros, es el gran original, del cual el Santuario construído por Moisés era una copia...

El esplendor incomparable del tabernáculo terrenal reflejaba a la vista humana la gloria de ese templo celestial donde Cristo nuestro precursor ministra a favor de nosotros ante el trono de Dios. La morada del Rey de reyes, donde miles y miles ministran delante de él, y millones de millones están en su presencia (Daniel 7:10); ese templo, lleno con la gloria del trono eterno, donde los serafines, sus radiantes guardianes, cubren sus rostros en adoración, sólo podía encontrar en la más grandiosa construcción que jamás edificaran manos humanas un pálido reflejo de su inmensidad y gloria. Con todo, el Santuario terrenal y sus servicios enseñaban importantes verdades relativas al Santuario celestial y a la gran obra que allí se llevaba a cabo para la redención del hombre. Los lugares santos del Santuario celestial están representados por los dos departamentos del Santuario terrenal. Cuando en una visión le fue dado al apóstol Juan que viese el templo de Dios en el cielo, contempló allí “siete lámparas de fuego ardiendo delante del trono”. Vio un ángel que tenía “en su mano un incensario de oro; y le fue dado mucho incienso, para que lo añadiese a las oraciones de todos los santos, encima del altar de oro que estaba delante del trono”. Se le permitió al profeta contemplar el primer departamento del Santuario en el cielo; y vio allí las “siete lámparas de fuego” y el “altar de oro” representados por el candelabro de oro y el altar de incienso en el Santuario terrenal. De nuevo “fue abierto el templo de Dios” (Apocalipsis 4:5; 8:3, VM; 11:19, VM), y miró hacia adentro del velo interior, el Lugar Santísimo. Allí vio “el arca de su pacto”, representada por el cofre sagrado construído por Moisés para contener la ley de Dios. Así fue como los que estaban estudiando el tema encontraron pruebas irrefutables de la existencia de un Santuario en el cielo. Moisés hizo el Santuario terrenal según un modelo que se le mostró. Pablo enseña que ese modelo era el verdadero Santuario que está en el cielo. Y Juan testifica que lo vio en el cielo.

sábado, 7 de marzo de 2026

El santuario del nuevo pacto en el cielo


Al volver al libro de Hebreos, los que buscaban la verdad encontraron que existía un segundo Santuario, o sea el del nuevo pacto, al cual se alude en las palabras ya citadas de Pablo: “En verdad el primer pacto también tenía reglamentos del culto, y su santuario que lo era de este mundo” (VM). El uso de la palabra también implica que Pablo ha hecho antes mención de este Santuario. Yendo al principio del capítulo anterior se lee: “Este es el punto capital de cuanto venimos diciendo, que tenemos un Sumo Sacerdote tal, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, al servicio del santuario y de la Tienda verdadera, erigida por el Señor, no por un hombre”. Hebreos 9:1; 8:1, 2, BJ.

Aquí tenemos revelado el Santuario del nuevo pacto. El Santuario del primer pacto fue armado por el hombre, construído por Moisés; éste segundo está armado por el Señor, no por el hombre. En aquel Santuario los sacerdotes terrenales desempeñaban el servicio; en éste es Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, quien ministra a la diestra de Dios. Un Santuario estaba en la Tierra, el otro está en el cielo. Además, el tabernáculo construído por Moisés fue hecho según un modelo. El Señor le indicó: “Conforme a todo lo que yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo haréis”. Y además le encargó: “Mira y hazlos conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte”. Éxodo 25:9, 40. Y Pablo dice que el primer tabernáculo “era figura de aquel tiempo presente, en el cual se ofrecían presentes y sacrificios”; que sus santos lugares eran “copias de las realidades celestiales”; que los sacerdotes que presentaban las ofrendas según la ley ministraban en el que era “copia y sombra del que está en el cielo”, y que “Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro”. Hebreos 9:9 [RVA]; 23; 8:5; 9:24, NVI.

viernes, 6 de marzo de 2026

El santuario del pacto antiguo


En sus investigaciones aprendieron que en las Escrituras no hay evidencia alguna en apoyo de la creencia general de que la Tierra es el Santuario; pero en la Biblia encontraron una explicación completa del tema del Santuario, su naturaleza, su ubicación y sus servicios; pues el testimonio de los escritores sagrados era tan claro y amplio que colocaba ese asunto más allá de toda duda. El apóstol Pablo dice en su Epístola a los Hebreos: “El primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal. Porque el tabernáculo estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición. Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada Lugar Santísimo, el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto; y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio”. Hebreos 9:1-5.

El Santuario al cual se refiere aquí Pablo era el tabernáculo construído por Moisés a una orden de Dios como morada terrenal del Altísimo. “Me harán un santuario, para que yo habite en medio de ellos” (Éxodo 25:8, VM), había sido la orden dada a Moisés mientras estaba en el monte con Dios. Los israelitas estaban peregrinando por el desierto, y el tabernáculo se construyó de manera que pudiese ser llevado de un lugar a otro; no obstante era una estructura de gran magnificencia... Después que los israelitas se hubieron establecido en Canaán, el tabernáculo fue reemplazado por el templo de Salomón, el cual, aunque era un edificio fijo y de mayores dimensiones, conservaba las mismas proporciones y similar moblaje. El Santuario subsistió así -excepto durante el plazo en que permaneció en ruinas en tiempos de Daniel- hasta su destrucción por parte de los romanos en el año 70 d.C. Tal fue el único Santuario que haya existido en la Tierra y del cual la Biblia nos dé alguna información. Pablo dijo de él que era el Santuario del primer pacto. Pero, ¿no tiene Santuario el pacto nuevo?

jueves, 5 de marzo de 2026

Exactitud de los períodos proféticos


Aceptar esta conclusión equivalía a renunciar a los cómputos anteriores de los períodos proféticos. Se había comprobado que los 2.300 días comenzaron cuando entró en vigor el decreto de Artajerjes ordenando la restauración y edificación de Jerusalén, en el otoño del 457 a.C. Tomando esto como punto de partida, había perfecta armonía en la aplicación de todos los eventos predichos en la explicación de ese período en. Daniel 9:25-27. Sesenta y nueve semanas, los primeros 483 años de los 2.300 años, debían llegar hasta el Mesías, el Ungido; y el bautismo de Cristo y su unción por el Espíritu Santo, en el 27 d.C., cumplieron exactamente la predicción. En medio de la septuagésima semana debía morir el Mesías. Tres años y medio después de su bautismo, Cristo fue crucificado en la primavera del 31 d.C. Las 70 semanas, o 490 años, les pertenecían especialmente a los judíos. Al fin de ese período la nación selló su rechazo de Cristo con la persecución de sus discípulos, y los apóstoles se volvieron hacia los gentiles en el 34 d.C. Entonces, al haber terminado los primeros 490 años de los 2.300, aún quedaban 1.810 años. Contando desde el 34 d.C., 1.810 años llegan hasta 1844. El ángel había dicho: “Entonces será purificado el santuario”. Todas las especificaciones precedentes de la profecía se habían cumplido incuestionablemente en el tiempo señalado.

En ese cálculo, todo era claro y armonioso, menos la circunstancia de que en 1844 no se veía evento alguno que correspondiese a la purificación del Santuario. Negar que los días terminaban en esa fecha equivalía a confundir todo el asunto y a abandonar posiciones que habían sido establecidas por medio de los cumplimientos inequívocos de las profecías. Pero Dios había dirigido a su pueblo en el gran movimiento adventista; su poder y su gloria habían acompañado la obra, y él no permitiría que ésta terminase en la oscuridad y el chasco, para que se la cubriese de oprobio como si fuese una mera excitación falsa y fanática. No iba a dejar su Palabra envuelta en dudas e incertidumbres. Aunque muchos abandonaron sus primeros cálculos de los períodos proféticos, y negaron la exactitud del movimiento basado en ellos, otros no estaban dispuestos a negar puntos de fe y de experiencia que estaban sostenidos por las Escrituras y por el testimonio del Espíritu de Dios. Creían haber adoptado sanos principios de interpretación en sus estudios de las profecías, y que era su deber atenerse firmemente a las verdades ya adquiridas y seguir en el mismo camino de la investigación bíblica. Orando con fervor, volvieron a considerar su situación y estudiaron las Escrituras para descubrir su error. Como no encontraran ninguno en sus cálculos de los períodos proféticos, fueron inducidos a examinar más de cerca el tema del Santuario.