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jueves, 12 de febrero de 2026

Capítulo 4—El mensaje del juicio conmueve a Estados Unidos

 

Un agricultor íntegro y de corazón recto, que había sido inducido a dudar de la autoridad divina de las Escrituras, pero que deseaba sinceramente conocer la verdad, fue el hombre especialmente elegido por Dios para dar principio a la proclamación de la segunda venida de Cristo. Como otros muchos reformadores, Guillermo Miller había batallado con la pobreza en su juventud, y así había aprendido grandes lecciones de tesón y abnegación. Los miembros de la familia de la que descendía se habían distinguido por un espíritu independiente y amante de la libertad, por su capacidad de resistencia y ardiente patriotismo; estos rasgos también sobresalían en el carácter de Guillermo. Su padre fue capitán en el ejército de la Revolución [guerra de la independencia norteamericana], y a los sacrificios que hizo durante las luchas y los sufrimientos de esa época tempestuosa pueden deberse las circunstancias penosas de la juventud de Miller.

Poseía una constitución robusta, y ya desde su niñez dio pruebas de una fortaleza intelectual fuera de lo común, la que se fue acentuando con la edad. Su mente era activa y bien desarrollada, y tenía una sed aguda de conocimiento. Aunque no gozó de las ventajas de una instrucción académica, su amor al estudio y el hábito de reflexionar cuidadosamente, junto con su agudo criterio, hicieron de él un hombre de sano juicio y puntos de vista amplios. Su carácter moral era irreprochable y poseía una reputación envidiable, siendo generalmente estimado por su integridad, frugalidad y benevolencia. A fuerza de energía y aplicación no tardó en adquirir bienestar, si bien aún conservó sus hábitos de estudio. Desempeñó con éxito varios cargos civiles y militares, y el camino hacia la riqueza y los honores parecía estarle ampliamente abierto. Su madre era una mujer de piedad verdadera, y en su infancia estuvo sujeto a influencias religiosas. Sin embargo, en su temprana adultez se involucró socialmente con los deístas, cuya influencia era muy fuerte por el hecho de que la mayoría de ellos eran buenos ciudadanos y hombres de disposiciones humanitarias y benévolas. Viviendo como vivían en medio de instituciones cristianas, sus caracteres habían sido modelados hasta cierto punto por el medio ambiente. Debían a la Biblia las cualidades que les granjeaban respeto y confianza; y no obstante, tan hermosas dotes se habían pervertido hasta ejercer influencia contra la Palabra de Dios. Al rozarse con esos hombres Miller llegó a adoptar sus opiniones. Las interpretaciones corrientes de las Escrituras presentaban dificultades que le parecían insuperables; a su vez sus nuevas creencias, al tiempo que le hacían rechazar la Biblia, no le ofrecían nada mejor en su lugar y distaban mucho de satisfacerlo. Sin embargo conservó esas ideas cerca de doce años. Pero a la edad de 34 el Espíritu Santo obró en su corazón y le hizo sentir su condición de pecador. No hallaba en su creencia anterior seguridad alguna de dicha más allá de la tumba. El porvenir se le presentaba sombrío y tétrico... En ese estado permaneció por varios meses. Dice: “De pronto el carácter de un Salvador se grabó intensamente en mi mente. Me pareció que bien podía existir un ser tan bueno y compasivo que expiara nuestras transgresiones, y así nos librara de sufrir la pena del pecado. Sentí inmediatamente cuán amable debía ser ese alguien, y me imaginé que podría echarme en sus brazos y confiar en su misericordia. Pero surgió la pregunta: ¿Cómo se puede probar que tal ser existe? Encontré que, fuera de la Biblia, no podía obtener evidencia alguna de la existencia de semejante Salvador, o siquiera de una existencia futura... “Discerní que la Biblia presentaba precisamente un Salvador como el que yo necesitaba; pero no veía cómo un libro no inspirado pudiera desarrollar principios tan perfectamente adaptados a las necesidades de un mundo caído. Me vi obligado a admitir que las Escrituras debían ser una revelación de Dios. Llegaron a ser mi deleite; y en Jesús encontré un amigo. El Salvador vino a ser para mí el más señalado entre diez mil; y las Escrituras, que antes eran oscuras y contradictorias, se volvieron entonces antorcha para mis pies y luz para mi senda. Mi mente obtuvo calma y satisfacción. Encontré que el Señor Dios era una Roca en medio del océano de la vida. Ahora la Biblia llegó a ser mi estudio principal, y puedo decir en verdad que la escudriñaba con gran deleite. Encontré que nunca se me había dicho ni la mitad de su contenido. Me admiraba de no haber visto antes su belleza y gloria, y me maravillaba de que alguna vez la rechazara. En ella encontré revelado todo lo que mi corazón podía desear, y un remedio para cada enfermedad del alma. Perdí enteramente el gusto por otra lectura, y apliqué mi corazón a adquirir sabiduría de Dios”.—Bliss, Memoirs of Wm. Miller [Memorias de G. Miller], 65-67. Entonces Miller hizo pública profesión de fe en la religión que había despreciado. Pero sus incrédulos compañeros no tardaron en aducir todos esos argumentos que él mismo a menudo había esgrimido contra la autoridad divina de las Escrituras. Él todavía no estaba preparado para contestarles; pero razonó que si la Biblia es una revelación de Dios, debía ser consecuente consigo misma; y que habiendo sido dada para instrucción del hombre, debía estar adaptada a su entendimiento. Resolvió estudiar las Escrituras por su cuenta y averiguar si toda aparente contradicción no podía armonizarse. Procuró poner a un lado toda opinión preconcebida y, prescindiendo de todo comentario, comparó pasaje con pasaje con la ayuda de las referencias marginales y la concordancia. Prosiguió su estudio de una manera regular y metódica: empezando con el Génesis y leyendo versículo por versículo, no seguía adelante hasta que se develaba el significado de los pasajes que estaba estudiando, dejándolo libre de toda perplejidad. Cuando encontraba algo oscuro, era su costumbre compararlo con todos los demás textos que parecían tener alguna referencia con el asunto en cuestión. Le reconocía a cada palabra el sentido que le correspondía según el tema del texto, y si la idea que de él se formaba armonizaba con cada pasaje colateral, desaparecía la dificultad. Así, cada vez que daba con un pasaje difícil de comprender, encontraba una explicación en algún otro lugar de las Escrituras. A medida que estudiaba con oración ferviente por iluminación divina, lo que antes le había parecido oscuro a su entendimiento se le aclaraba. Experimentaba la verdad de las palabras del salmista: “La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples”. Salmos 119:130.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Nuestro sumo sacerdote y abogado

 

“Porque no entró Cristo en el Santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado”. Hebreos 9:24-26. “Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (10:12). Cristo entró una sola vez en el Lugar Santo para obtener por nosotros eterna redención. “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (7:25). Se calificó a sí mismo para ser no solamente Representante del hombre, sino también su Abogado, de modo que toda alma, si así lo desea, pueda decir: “Tengo un Amigo en la Corte, un Sumo Sacerdote que se compadece de mis flaquezas”.—The Review and Herald, 12 de junio de 1900.

El Santuario que está en el cielo es el mismo centro de la obra de Cristo en favor del hombre. Concierne a toda alma viviente sobre la Tierra. Abre ante la vista el plan de redención, proyectándonos hasta el mismo fin del tiempo, y revelando el resultado triunfal del conflicto entre la justicia y el pecado. Es de la mayor importancia que todos investiguen cuidadosamente estos temas, y así estén capacitados para dar respuesta a todos los que demanden razón de la esperanza que hay en ellos.—Ibíd. 9 de noviembre de 1905.

martes, 10 de febrero de 2026

Los ojos se vuelven hacia el verdadero sacrificio

El ceremonial de los sacrificios que había señalado a Cristo pasó; pero los ojos de los hombres fueron dirigidos al verdadero sacrificio por los pecados del mundo. Cesó el sacerdocio terrenal; pero miramos a Jesús, mediador del nuevo pacto, y “a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel”. “Aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie... Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos... por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención”. Hebreos 12:24; 9:8-12.

“Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”. Hebreos 7:25. Aunque el ministerio había de ser trasladado del templo terrenal al celestial, aunque el Santuario y nuestro gran Sumo Sacerdote fuesen invisibles para los ojos humanos, los discípulos no habrían de sufrir pérdida por ello. No sufrirían interrupción en su comunión, ni disminución de poder por causa de la ausencia del Salvador. Mientras Jesús ministra en el Santuario celestial sigue siendo, por medio de su Espíritu, el Ministro de la iglesia en la Tierra.—Ibíd. 137, 138.

lunes, 9 de febrero de 2026

El servicio del templo pierde su significado



Cristo era el fundamento y la vida del templo. Sus servicios eran típicos del sacrificio del Hijo de Dios. El sacerdocio había sido establecido para representar el carácter y la obra mediadora de Cristo. Todo el plan de adoración sacrificial era una prefiguración de la muerte del Salvador para redimir al mundo. No habría eficacia en esas ofrendas cuando el gran evento al cual señalaran durante siglos fuese consumado.
Puesto que todo el sistema ritual simbolizaba a Cristo, no tenía valor sin él. Cuando los judíos sellaron su rechazo de Cristo entregándolo a la muerte, rechazaron todo lo que daba significado al templo y sus ceremonias. Su carácter sagrado desapareció. Quedó condenado a la destrucción. Desde ese día los sacrificios rituales y las ceremonias relacionadas con ellos dejaron de tener significado. Como la ofrenda de Caín, no expresaban fe en el Salvador. Al dar muerte a Cristo, los judíos destruyeron virtualmente su templo. Cuando Cristo fue crucificado, el velo interior del templo se rasgó en dos de alto a bajo, significando que el gran sacrificio final había sido hecho, y que el sistema de los sacrificios rituales había terminado para siempre. “En tres días lo levantaré”. A la muerte del Salvador las potencias de las tinieblas parecieron prevalecer y se regocijaron de su victoria. Pero del sepulcro abierto de José, Jesús salió vencedor. “Despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz”. Colosenses 2:15. En virtud de su muerte y resurrección, pasó a ser “ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre”. Hebreos 8:2. Los hombres habían construído el tabernáculo, y luego el templo de los judíos; pero el Santuario celestial, del cual el terrenal era una figura, no fue construído por arquitecto humano. “Mirad al hombre cuyo nombre es El Vástago, y él... edificará el Templo de Jehová, y llevará sobre sí la gloria, y se sentará y reinará sobre su trono, siendo Sacerdote sobre su trono”. Zacarías 6:12, 13, VM.

domingo, 8 de febrero de 2026

Se pierde de vista al antitipo


El Señor Jesús era el fundamento de todo el sistema judaico. Su imponente ritual fue ordenado divinamente. El propósito de él era enseñar a la gente que en el tiempo prefijado vendría Uno a quien señalaban esas ceremonias.—Palabras de Vida del Gran Maestro, 17.

Al apartarse de Dios, los judíos perdieron en gran medida la visión de lo que enseñaba el servicio ritual. Ese ritual había sido instituido por Cristo mismo. En todas sus partes era un símbolo de él; y había sido llenado de vitalidad y belleza espiritual. Pero los judíos perdieron la vida espiritual de sus ceremonias y se aferraron a las formas muertas. Confiaban en los sacrificios y los ritos en sí mismos, en vez de confiar en aquel a quien éstos señalaban. Con el fin de suplir lo que habían perdido, los sacerdotes y rabinos multiplicaron los requerimientos de su invención; y cuanto más rígidos se volvían, tanto menos del amor de Dios se manifestaba.—El Deseado de Todas las Gentes, 21.

sábado, 7 de febrero de 2026

Un templo de esplendor inigualado


De una belleza insuperable y esplendor sin rival era el palacio que Salomón y quienes lo ayudaban erigieron para Dios y su culto. Adornado con piedras preciosas, rodeado por atrios espaciosos y recintos magníficos, forrado de cedro esculpido y de oro bruñido, la estructura del templo, con sus cortinas bordadas y muebles preciosos, era un emblema adecuado de la iglesia viva de Dios en la Tierra, que a través de los siglos ha estado formándose de acuerdo con el modelo divino con materiales comparados a “oro, plata, piedras preciosas”, “labradas como las de un palacio”. 1 Corintios 3:12; Salmos 144:12.—La Historia de Profetas y Reyes, 25, 26.

Así fue construído el más espléndido Santuario, de acuerdo con el modelo que se le mostró a Moisés en el monte, y presentado luego por el Señor a David. Además de los querubines que estaban en la cubierta del arca, Salomón hizo otros dos ángeles de mayor tamaño, situados a ambos extremos del arca, que representaban a los ángeles celestiales que guardan la ley de Dios. Es imposible describir la belleza y el esplendor de ese Santuario. Dentro de este lugar, con solemne reverencia, fue transportada el arca por los sacerdotes y se la colocó en su lugar, debajo de las alas de los dos imponentes querubines que estaban de pie en el suelo.

viernes, 6 de febrero de 2026

En todo de acuerdo con el modelo

Mientras el edificio se levantaba silenciosamente sobre el Monte Moriah con “piedras que traían ya acabadas, de tal manera que cuando la edificaban, ni martillos ni hachas se oyeron en la casa, ni ningún otro instrumento de hierro” (1 Reyes 6:7), los hermosos adornos se ejecutaban de acuerdo con los modelos confiados por David a su hijo, “todos los vasos para la casa de Dios”. 2 Crónicas 4:19. Estas cosas incluían el altar del incienso, la mesa para los panes de la proposición, el candelabro y sus lámparas, así como los vasos e instrumentos relacionados con el ministerio de los sacerdotes en el Lugar Santo, todo “de oro, de oro finísimo”. Vers. 21. A los enseres de bronce -el altar de los holocaustos, la gran cuba sostenida por doce bueyes, las fuentes de menor tamaño, los muchos otros vasos-, “los fundió el rey en los llanos del Jordán, en tierra arcillosa, entre Sucot y Seredata”. Vers. 17. Esos enseres fueron provistos en abundancia, para que no faltasen.

 

jueves, 5 de febrero de 2026

Capítulo 3—El evangelio en tipos y antitipos*[Nota: “Tipo” = figura, modelo. “Antitipo” = realidad (última). El servicio del Santuario terrenal era un tipo del servicio en el Santuario celestial; aquel prefiguraba la realidad de este.]

 

Salomón ejecutó sabiamente el plan de erigir un templo para el Señor, como David lo había deseado por tanto tiempo. Durante siete años Jerusalén se vio llena de obreros activamente ocupados en nivelar el sitio escogido, construir vastos muros de contención, echar amplios cimientos de “piedras grandes, piedras costosas... y piedras labradas” (1 Reyes 5:17), dar forma a las pesadas maderas traídas de los bosques del Líbano y erigir el magnífico Santuario.

Simultáneamente con la preparación de la madera y las piedras, a la cual muchos millares dedicaban sus energías, constantemente progresaba la elaboración de los muebles para el templo bajo el liderazgo de Hiram de Tiro, “un hombre hábil y entendido... el cual” sabía “trabajar en oro, plata, bronce y hierro, en piedra y en madera, en púrpura y en azul, en lino y en carmesí”. 2 Crónicas 2:13, 14.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Se limpia el registro de los pecados


En el gran día del juicio final los muertos han de ser juzgados “por las cosas que” están “escritas en los libros, según sus obras”. Apocalipsis 20:12. Entonces, en virtud de la sangre expiatoria de Cristo, los pecados de todos los que se hayan arrepentido sinceramente serán borrados de los libros celestiales. En esta forma el Santuario será liberado, o limpiado, de los registros del pecado. En el tipo, esta gran obra de expiación, o el acto de borrar los pecados, estaba representada por los servicios del Día de la Expiación; o sea, la purificación del Santuario terrenal por medio de la eliminación de los pecados que lo habían manchado, en virtud de la sangre de la víctima.

Así como en la expiación final los pecados de los arrepentidos han de borrarse de los registros celestiales, para no ser ya recordados, en el tipo terrenal eran enviados al desierto y separados para siempre de la congregación. Puesto que Satanás es el originador del pecado, el instigador directo de todos los pecados que causaron la muerte del Hijo de Dios, la justicia exige que Satanás sufra el castigo final. La obra de Cristo en favor de la redención del hombre y la purificación del pecado del universo se concluirá quitando el pecado del Santuario celestial y colocándolo sobre Satanás, quien sufrirá el castigo final. Así en el servicio típico, el ciclo anual del ministerio se completaba con la purificación del Santuario y la confesión de los pecados sobre la cabeza del macho cabrío [símbolo de Azazel]. De este modo, en el servicio del tabernáculo, y en el del templo que posteriormente ocupó su lugar, se enseñaba diariamente al pueblo las grandes verdades relativas a la muerte y al ministerio de Cristo, y una vez al año sus pensamientos eran llevados hacia los acontecimientos finales de la gran controversia entre Cristo y Satanás, la purificación final del universo del pecado y los pecadores Historia de los Patriarcas y Profetas, 356-372.

martes, 3 de febrero de 2026

Una figura de las cosas celestiales

 

Como se ha dicho, el Santuario terrenal fue construído por Moisés conforme al modelo que se le mostró en el monte. “Era símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios”. Los dos lugares santos eran “figuras de las cosas celestiales”. Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, es el “ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre”. Hebreos 9:9, 23; 8:2. Cuando en visión se le mostró al apóstol Juan el templo de Dios que está en el cielo, vio que allí “ardían siete lámparas de fuego”. Vio también a un ángel que tenía “un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono”. Apocalipsis 4:5; 8:3. Se le permitió al profeta contemplar el Lugar Santo del Santuario celestial; y vio que allí “ardían siete lámparas de fuego” y “el altar de oro”, representados por el candelero de oro y el altar del incienso o perfume en el Santuario terrenal. Nuevamente “el templo de Dios fue abierto en el cielo”, y vio el Lugar Santísimo detrás del velo interior. Allí contempló “el arca de su pacto” (Apocalipsis 11:19), representada por el arca sagrada construida por Moisés para contener la ley de Dios.

Moisés hizo el Santuario terrenal “conforme al modelo que había visto”. Pablo declara que “el tabernáculo y todos los vasos del ministerio”, después de haber sido hechos, eran símbolos de “las cosas celestiales”. Hechos 7:44; Hebreos 9:21, 23. Y Juan dice que vio el Santuario celestial. Ese Santuario, en el cual Jesús oficia en favor de nosotros, es el gran original, del cual el Santuario construído por Moisés era una copia. Ningún edificio terrenal podría representar la grandeza y la gloria del Templo celestial, la morada del Rey de reyes, donde “millares de millares” le sirven y “millones de millones” están delante de él (Daniel 7:10), de ese templo henchido de la gloria del trono eterno, donde los serafines, sus guardianes resplandecientes, se cubren el rostro en adoración. Sin embargo, las verdades importantes acerca del Santuario celestial y de la gran obra que allí se efectúa en favor de la redención del hombre debían enseñarse mediante el Santuario terrenal y sus servicios. Después de su ascensión, nuestro Salvador iba a principiar su obra como nuestro Sumo Sacerdote. El apóstol Pablo dice: “No entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el mismo cielo para presentarse ahora por nosotros ante Dios”. Hebreos 9:24. Como el ministerio de Cristo iba a consistir en dos grandes divisiones, ocupando cada una un período de tiempo y teniendo un sitio distinto en el Santuario celestial, asimismo la ministración típica consistía en el servicio diario y el anual, y a cada uno de ellos se dedicaba una sección del tabernáculo. Como Cristo, después de su ascensión, compareció ante la presencia de Dios para ofrecer su sangre en beneficio de los creyentes arrepentidos, así, en el servicio diario, el sacerdote rociaba la sangre del sacrificio en el Lugar Santo en favor de los pecadores. Aunque la sangre de Cristo habría de librar al pecador arrepentido de la condenación de la ley, no anularía el pecado; éste quedaría registrado en el Santuario hasta la expiación final; así en el tipo, la sangre de la víctima quitaba el pecado del arrepentido, pero quedaba en el Santuario hasta el Día de la Expiación.

lunes, 2 de febrero de 2026

El día de la expiación


Una vez al año, en el gran Día de la Expiación, el sacerdote entraba en el Lugar Santísimo para limpiar el Santuario. La obra allí desarrollada completaba el ciclo anual de ceremonias.

En el Día de la Expiación se llevaban dos machos cabríos a la puerta del tabernáculo y se echaba suerte sobre ellos, “una suerte por Jehová, y otra suerte por Azazel”. Levítico 16:8. El macho cabrío sobre el cual caía la primera suerte debía matarse como ofrenda por el pecado del pueblo. Y el sacerdote debía llevar la sangre dentro del velo y rociarla sobre el propiciatorio. “Así purificará el santuario, a causa de las impurezas de los hijos de Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados; de la misma manera hará también al tabernáculo de reunión, el cual reside entre ellos en medio de sus impurezas”. Vers. 16. “Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío por el desierto”. Vers. 21, 22. Sólo después de haberse alejado al macho cabrío de esta manera, se consideraba el pueblo libre de la carga de sus pecados. Todo hombre debía contristar su alma mientras se verificaba la obra de expiación. Todos los negocios se suspendían, y toda la congregación de Israel pasaba el día en solemne humillación delante de Dios, en oración, ayuno y profundo análisis del corazón. Mediante este servicio anual se le enseñaba al pueblo importantes verdades acerca de la expiación. En la ofrenda por el pecado que se ofrecía durante el año se aceptaba un sustituto en lugar del pecador; pero la sangre de la víctima no hacía completa expiación por el pecado. Sólo proveía un medio en virtud del cual el pecado se transfería al Santuario. Al ofrecerse la sangre, el pecador reconocía la autoridad de la ley, confesaba la culpa de su transgresión y expresaba su fe en Aquel que habría de quitar los pecados del mundo; pero no quedaba completamente exonerado de la condenación de la ley. En el Día de la Expiación, el sumo sacerdote, llevando una ofrenda por la congregación, entraba en el Lugar Santísimo con la sangre y la rociaba sobre el propiciatorio, encima de las tablas de la ley. En esa forma los requerimientos de la ley, que exigían la vida del pecador, quedaban satisfechos. Entonces, en su carácter de mediador, el sacerdote tomaba los pecados sobre sí mismo y, saliendo del Santuario, llevaba sobre sí la carga de la culpa de Israel. A la puerta del tabernáculo ponía sus manos sobre la cabeza del macho cabrío [símbolo de Azazel] y confesaba “sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío”. Y cuando el macho cabrío que llevaba estos pecados era conducido al desierto, se consideraba que con él se alejaban para siempre del pueblo. Tal era el servicio verificado como “figura y sombra de las cosas celestiales”. Hebreos 8:5.

domingo, 1 de febrero de 2026

El servicio del santuario*[Nota: “Una vez construído el Santuario, Dios se comunicó con Moisés desde la nube de gloria que descendía sobre el propiciatorio, y le dio instrucciones completas acerca del sistema de sacrificios y ofrendas, y las formas de adoración que debían emplearse en el Santuario”. Historia de los Patriarcas y Profetas, 380.]

 

No sólo el Santuario mismo, sino también el ministerio de los sacerdotes, debía servir “de figura y sombra de las cosas celestiales”. Hebreos 8:5. Por eso era de suma importancia; y el Señor, por medio de Moisés, dio las más definidas y precisas instrucciones acerca de cada uno de los puntos de este culto simbólico. El ministerio del Santuario consistía en dos partes: un servicio diario y otro anual. El servicio diario se efectuaba en el altar del holocausto en el atrio del tabernáculo, y en el Lugar Santo; mientras que el servicio anual se realizaba en el Lugar Santísimo.

Ningún ojo mortal, salvo el del sumo sacerdote, debía mirar el interior del Lugar Santísimo. Sólo una vez al año, y después de la preparación más solemne y cuidadosa, podía entrar allí el sumo sacerdote. Temblando entraba para presentarse ante Dios, y el pueblo en reverente silencio esperaba su regreso, con el corazón elevado en ferviente oración por bendición divina. Ante el propiciatorio, el sumo sacerdote hacía expiación por Israel; y en la nube de gloria, Dios se encontraba con él. Si su permanencia en dicho sitio duraba más del tiempo acostumbrado, el pueblo sentía temor de que, a causa de los pecados de ellos o de él mismo, hubiese sido muerto por la gloria del Señor. El servicio diario consistía en el holocausto matutino y el vespertino, en el ofrecimiento del incienso en el altar de oro y en los sacrificios especiales por los pecados individuales. Además, había sacrificios para los sábados, las lunas nuevas y las fiestas especiales. Cada mañana y cada tarde se ofrecían sobre el altar un cordero de un año, con las oblaciones apropiadas de presentes, para simbolizar la diaria consagración de la nación a Jehová y su constante dependencia de la sangre expiatoria de Cristo. Dios les indicó expresamente que toda ofrenda presentada para el servicio del Santuario debía ser “sin defecto”. Éxodo 12:5. Los sacerdotes debían examinar todos los animales que se traían como sacrificio, y rechazar los defectuosos. Sólo una ofrenda “sin defecto” podía simbolizar la perfecta pureza de Aquel que habría de ofrecerse como “cordero sin mancha y sin contaminación”. 1 Pedro 1:19. El apóstol Pablo señala estos sacrificios como una ilustración de lo que los seguidores de Cristo han de llegar a ser. Dice: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”. Romanos 12:1. Hemos de entregarnos al servicio de Dios, y debiéramos tratar de hacer esa ofrenda tan perfecta como sea posible. Dios no quedará satisfecho sino con lo mejor que podamos ofrecerle. Los que le aman de todo corazón, desearán darle el mejor servicio de su vida, y constantemente tratarán de poner todas las facultades de su ser en perfecta armonía con las leyes que nos habilitan para hacer la voluntad de Dios. Al presentar la ofrenda del incienso, el sacerdote se acercaba más directamente a la presencia de Dios que en ningún otro acto de los servicios diarios. Como el velo interior del Santuario no llegaba hasta el techo del edificio, la gloria de Dios, que se manifestaba sobre el propiciatorio, era parcialmente visible desde el Lugar Santo. Cuando el sacerdote ofrecía incienso ante el Señor, miraba hacia el arca; y mientras ascendía la nube de incienso, la gloria divina descendía sobre el propiciatorio y henchía el Lugar Santísimo, y a menudo llenaba tanto las dos divisiones del Santuario, que el sacerdote se veía obligado a retirarse hasta la puerta del tabernáculo. Así como en ese servicio simbólico el sacerdote miraba por medio de la fe el propiciatorio que no podía ver, así ahora el pueblo de Dios ha de dirigir sus oraciones a Cristo, su gran Sumo Sacerdote, quien, invisible para el ojo humano, está intercediendo en su favor en el Santuario celestial. El incienso, que ascendía con las oraciones de Israel, representaba los méritos y la intercesión de Cristo, su perfecta justicia, la cual por medio de la fe es acreditada a su pueblo, y es lo único que puede hacer el culto de los seres humanos aceptable a Dios. Delante del velo del Lugar Santísimo había un altar de intercesión perpetua; y delante del Lugar Santo, un altar de expiación continua. Había que acercarse a Dios mediante la sangre y el incienso, símbolos que señalaban al gran Mediador, a través de quien los pecadores pueden acercarse a Jehová, y a través de quien únicamente puede otorgarse misericordia y salvación al alma arrepentida y creyente. Mientras de mañana y de tarde los sacerdotes entraban en el Lugar Santo a la hora del incienso, el sacrificio diario estaba listo para ser ofrecido sobre el altar de afuera, en el atrio. Esta era una hora de intenso interés para los adoradores que se congregaban ante el tabernáculo. Antes de allegarse a la presencia de Dios por medio del ministerio del sacerdote, debían hacer un ferviente examen de su corazón y confesión de sus pecados. Se unían en oración silenciosa, con los rostros vueltos hacia el Lugar Santo. Así sus peticiones ascendían con la nube de incienso, mientras la fe aceptaba los méritos del Salvador prometido al que simbolizaba el sacrificio expiatorio. Las horas designadas para el sacrificio matutino y vespertino se consideraban sagradas, y llegaron a observarse como momentos dedicados al culto por toda la nación judía. Y cuando en tiempos posteriores los judíos fueron esparcidos como cautivos en distintos países, aun entonces a la hora indicada dirigían el rostro hacía Jerusalén y ofrecían sus peticiones al Dios de Israel. En esta costumbre, los cristianos tienen un ejemplo para su oración matutina y vespertina. Si bien Dios condena la mera ejecución de ceremonias que carezcan del espíritu de adoración, mira con gran satisfacción a quienes lo aman y se postran mañana y tarde para pedir perdón por los pecados cometidos y las bendiciones necesarias. El pan de la proposición se conservaba siempre ante el Señor como una ofrenda perpetua. De manera que formaba parte del sacrificio diario, y se llamaba “el pan de la proposición”, o el pan de la presencia, porque estaba siempre ante el rostro del Señor Éxodo 25:30. Era un reconocimiento de que el hombre depende de Dios tanto para su alimento temporal como para el espiritual, y de que se lo recibe únicamente en virtud de la mediación de Cristo. En el desierto Dios había alimentado a Israel con el pan del cielo, y el pueblo aun dependía de su generosidad tanto para las bendiciones del alimento temporal como las del espiritual. El maná, así como el pan de la proposición, simbolizaba a Cristo, el Pan viviente, quien está siempre en la presencia de Dios para interceder por nosotros. Él mismo dijo: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo”. Juan 6:48-51. Sobre los panes se ponía incienso. Cuando se cambiaba cada sábado, para reemplazarlo por panes frescos, el incienso se quemaba sobre el altar como un recordatorio delante de Dios. La parte más importante del servicio diario era la que se realizaba en favor de los individuos. El pecador arrepentido traía su ofrenda a la puerta del tabernáculo, y colocando la mano sobre la cabeza de la víctima, confesaba sus pecados; así, en un sentido figurado, los trasladaba de su propia persona a la víctima inocente. Luego mataba al animal con su propia mano, y el sacerdote llevaba la sangre al Lugar Santo y la rociaba ante el velo, detrás del cual estaba el arca que contenía la ley que el pecador había violado. Con esta ceremonia, y en un sentido simbólico, el pecado era trasladado al Santuario por medio de la sangre. En algunos casos no se llevaba la sangre al Lugar Santo; pero el sacerdote debía comer la carne, tal como Moisés ordenó a los hijos de Aarón, diciendo: “La dio él a vosotros para llevar la iniquidad de la congregación”. Levítico 10:17. Las dos ceremonias simbolizaban por igual el traslado del pecado del hombre arrepentido al Santuario. Tal era la obra que se hacía diariamente durante todo el año. Con el traslado de los pecados de Israel al Santuario, los lugares santos quedaban manchados, y se hacía necesaria una obra especial para quitar de allí los pecados. Dios ordenó que se hiciera expiación para cada una de las sagradas divisiones lo mismo que para el altar. Así “lo limpiará, y lo santificará de las inmundicias de los hijos de Israel”. Levítico 16:19.

sábado, 31 de enero de 2026

El urim y el tumim

 

A la derecha y a la izquierda del racional había dos piedras grandes y de mucho brillo. Se llamaban Urim y Tumim. Mediante ellas se revelaba la voluntad de Dios al sumo sacerdote. Cuando se llevaban asuntos ante el Señor para que él los decidiera, si un nimbo iluminaba la piedra de la derecha era señal de aprobación o consentimiento divinos, mientras que sí una nube oscurecía la piedra de la izquierda, era evidencia de negación o desaprobación.

La mitra del sumo sacerdote consistía en un turbante de lino blanco que tenía una plaquita de oro, sostenida por una cinta azul, con la inscripción: “Santidad a Jehová”. Todo lo relacionado con la indumentaria y la conducta de los sacerdotes debía de ser tal naturaleza que impresionara al espectador con un sentido de la santidad de Dios, de lo sagrado de su culto y de la pureza que se exigía de quienes se allegaran a su presencia.

viernes, 30 de enero de 2026

Los sacerdotes y su vestimenta


En virtud de las instrucciones divinas, se apartó a la tribu de Leví para el servicio del Santuario. En tiempos anteriores, cada hombre era sacerdote de su propia casa. En los días de Abraham, por derecho de nacimiento, el sacerdocio recaía en el hijo mayor. Ahora, en vez del primogénito de todo Israel, el Señor aceptó a la tribu de Leví para la obra del Santuario. Mediante este señalado honor, Dios manifestó su aprobación por la fidelidad de los levitas, tanto por haber adherido a su servicio como por haber ejecutado sus juicios cuando Israel apostató al rendir culto al becerro de oro. No obstante, el sacerdocio se restringió a la familia de Aarón. Aarón y sus hijos fueron los únicos a quienes se les permitía ministrar ante el Señor; al resto de la tribu se le encargó el cuidado del tabernáculo y su mobiliario, y para ayudar a los sacerdotes en su ministración, pero no podían ofrecer sacrificios, ni quemar incienso, ni mirar los objetos santos hasta que estuviesen tapados.

Se designó para los sacerdotes un traje especial, acorde con su oficio. “Harás vestiduras sagradas a Aarón tu hermano, para honra y hermosura” (Éxodo 28:2), fue la instrucción divina dada a Moisés. El hábito del sacerdote común era de lino blanco, tejido de una sola pieza. Se extendía casi hasta los pies, y estaba ceñido en la cintura por una faja de lino blanco bordada de azul, púrpura y rojo. Un turbante de lino, o mitra, completaba su vestidura exterior. Ante la zarza ardiente se le ordenó a Moisés que se quitase las sandalias, porque la tierra en que estaba era santa. Tampoco los sacerdotes debían entrar en el Santuario con el calzado puesto. Las partículas de polvo pegadas a él habrían profanado el santo lugar. Debían dejar los zapatos en el atrio antes de entrar en el Santuario, y también tenían que lavarse tanto las manos como los pies antes de servir en el tabernáculo o en el altar del holocausto. En esa forma se enseñaba constantemente que los que quieran acercarse a la presencia de Dios deben apartarse de toda impureza. Las vestiduras del sumo sacerdote eran de material costoso y bellísima confección, como convenía a su elevada jerarquía. Además del traje de lino del sacerdote común, llevaba una túnica azul, también tejida de una sola pieza. El borde del manto estaba ornamentado con campanas de oro y granadas de color azul, púrpura y escarlata. Sobre esto llevaba el efod, prenda más corta de oro, azul, púrpura, escarlata y blanco, rodeada por una faja de los mismos colores, hermosamente elaborada. El efod no tenía mangas, y en sus hombreras bordadas con oro tenía engarzadas dos piedras de ónice, que llevaban los nombres de las doce tribus de Israel. Sobre el efod estaba el racional [o pectoral], la más sagrada de las vestiduras sacerdotales. Era de la misma tela que el efod. De forma cuadrada, medía un palmo [22,5 cm] y colgaba de los hombros mediante un cordón azul prendido en argollas de oro. El ribete estaba formado por una variedad de piedras preciosas, las mismas que forman los doce fundamentos de la ciudad de Dios. Dentro del ribete había doce piedras engarzadas en oro, arregladas en hileras de a cuatro, que, como las de los hombros, tenían grabados los nombres de las tribus. Las instrucciones del Señor fueron: “Y llevará Aarón los nombres de los hijos de Israel en el pectoral del juicio sobre su corazón, cuando entre en el santuario, para memorial delante de Jehová continuamente”. Éxodo 28:29. Así también Cristo, el gran Sumo Sacerdote, al ofrecer su sangre ante el Padre en favor de los pecadores, lleva sobre el corazón el nombre de toda alma arrepentida y creyente. El salmista dice: “Aunque afligido yo y necesitado, Jehová pensará de mí”. Salmos 40:17.

jueves, 29 de enero de 2026

El tabernáculo y su construcción

 

El tabernáculo fue construído desarmable, de modo que los israelitas pudieran llevarlo en su peregrinaje. Por consiguiente, era pequeño, de sólo 55 pies de largo por 18 de ancho y de alto.

No obstante, era una construcción magnífica. La madera que se empleó en la construcción y en sus muebles era de acacia, la menos susceptible al deterioro de todas las que había en el Sinaí. Las paredes consistían en tablas colocadas verticalmente, fijadas en basas de plata y aseguradas por columnas y travesaños; y todo estaba cubierto de oro, lo cual hacía aparecer al edificio como de oro macizo. El techo estaba formado de cuatro juegos de cortinas; el de más adentro era “de lino torcido, azul, púrpura y carmesí; y... querubines de obra primorosa” (Éxodo 26:1); los otros tres eran de pelo de cabras, de cueros de carnero teñidos de rojo y de cueros de tejones, respectivamente, arreglados de tal manera que ofrecían completa protección. La estructura estaba dividida en dos secciones mediante una bella y rica cortina, o velo, suspendida de columnas doradas: y una cortina semejante a la anterior cerraba la entrada de la primera sección. Tanto estos velos como la cubierta interior que formaba el cielo raso, eran de los más magníficos colores -azul, púrpura y escarlata- bellamente combinados, y tenían, recamados con hilos de oro y plata, querubines que representaban la hueste de los ángeles asociados con la obra del Santuario celestial, y que son espíritus ministradores del pueblo de Dios en la Tierra. La tienda sagrada estaba colocada en un espacio abierto llamado atrio, rodeado por cortinas de lino fino que colgaban de columnas de bronce. La entrada a este recinto se hallaba en el extremo oriental. Estaba cerrada con cortinas de riquísima tela hermosamente trabajadas, aunque inferiores a las del Santuario. Como estas cortinas del atrio eran sólo de la mitad de la altura de las paredes del tabernáculo, el edificio podía verse perfectamente desde afuera. En el atrio, y cerca de la entrada, se hallaba el altar de bronce del holocausto. En este altar se consumían todos los sacrificios que debían ofrecerse por fuego al Señor, y sobre sus cuernos se rociaba la sangre expiatoria. Entre el altar y la puerta del tabernáculo estaba la fuente, también de bronce, hecha con los espejos donados voluntariamente por las mujeres de Israel. En la fuente los sacerdotes debían lavarse las manos y los pies cada vez que entraban en el departamento santo, o cuando se acercaban al altar para ofrecer un holocausto al Señor. En el primer departamento, o Lugar Santo, estaban la mesa para el pan de la proposición, el candelero o la lámpara y el altar del incienso. La mesa del pan de la proposición estaba al norte. Así como su cornisa decorada, estaba revestida de oro puro. Sobre esa mesa los sacerdotes debían poner cada sábado doce panes, arreglados en dos pilas y rociados con incienso. Por ser santos, los panes que se quitaban debían ser comidos por los sacerdotes. Al sur estaba el candelero de siete brazos, con sus siete lámparas. Sus brazos estaban decorados con flores exquisitamente labradas y parecidas a lirios; el conjunto estaba hecho de una pieza sólida de oro. Como no había ventanas en el tabernáculo, las lámparas nunca se extinguían todas al mismo tiempo, sino que ardían día y noche. Exactamente frente al velo que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo, y de la inmediata presencia de Dios, estaba el altar de oro del incienso. Sobre ese altar el sacerdote debía quemar incienso todas las mañanas y todas las tardes; sobre sus cuernos se aplicaba la sangre de la víctima de la expiación, y en el gran Día de la Expiación era rociado con sangre. El fuego que estaba sobre ese altar fue encendido por Dios mismo, y se mantenía como sagrado. Día y noche, el santo incienso difundía su fragancia por los recintos sagrados del tabernáculo y, fuera, por sus alrededores. Más allá del velo interior estaba el Lugar Santísimo, centro del servicio de expiación e intercesión, el cual constituía el eslabón que unía el cielo y la Tierra. En este departamento estaba el arca, que era un cofre de madera de acacia, recubierto de oro por dentro y por fuera, y que tenía una cornisa de oro encima. Era el repositorio de las tablas de piedra, en las cuales Dios mismo había grabado los Diez Mandamientos. Por consiguiente, se lo llamaba arca del testamento de Dios, o arca de la alianza, puesto que los Diez Mandamientos eran la base de la alianza hecha entre Dios e Israel. La cubierta del arca sagrada se llamaba “propiciatorio”. Estaba hecha de una sola pieza de oro, y encima tenía dos querubines de oro, uno en cada extremo. Un ala de cada ángel se extendía hacia arriba, mientras la otra permanecía plegada sobre el cuerpo (ver Ezequiel 1:11), en señal de reverencia y humildad. La posición de los querubines, con la cara vuelta el uno hacia el otro y mirando reverentemente hacia abajo sobre el arca, representaba la reverencia con la cual la hueste celestial mira la ley de Dios y su interés en el plan de la redención. Encima del propiciatorio estaba la Shekinah, o manifestación de la Presencia divina; y desde en medio de los querubines Dios hacía conocer su voluntad. A veces los mensajes divinos eran comunicados al sumo sacerdote mediante una voz que salía de la nube. Otras veces caía una luz sobre el ángel de la derecha, para indicar aprobación o aceptación, o una sombra o nube descansaba sobre el ángel de la izquierda, para revelar desaprobación o rechazo. La ley de Dios, guardada como reliquia dentro del arca, era la gran regla de justicia y juicio. Esa ley determinaba la muerte del transgresor; pero encima de la ley estaba el propiciatorio, donde se revelaba la presencia de Dios y desde el cual, en virtud de la expiación, se otorgaba perdón al pecador arrepentido. Así, en la obra de Cristo en favor de nuestra redención, simbolizada por el servicio del Santuario, “la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron”. Salmos 85:10. No hay palabras que puedan describir la gloria de la escena que se veía dentro del Santuario: las paredes doradas reflejando la luz de los candeleros de oro, los brillantes colores de las cortinas ricamente bordadas con sus relucientes ángeles, la mesa y el altar del incienso refulgentes de oro; y más allá del segundo velo el arca sagrada, con sus querubines místicos, y sobre ella la santa Shekinah, manifestación visible de la presencia de Jehová; pero todo eso era apenas un pálido reflejo de las glorias del Templo de Dios en el cielo, el gran centro de la obra de redención en favor del hombre. Se necesitó alrededor de medio año para construir el tabernáculo. Cuando se terminó, Moisés examinó toda la obra de los constructores, comparándola con el modelo que se le enseñó en el monte y con las instrucciones que había recibido de Dios. “Y vio Moisés toda la obra, y he aquí que la habían hecho como Jehová había mandado; y los bendijo”. Éxodo 39:43. Con anhelante interés las multitudes de Israel se agolparon para ver la sagrada estructura. Mientras contemplaban la escena con reverente satisfacción, la columna de nube descendió sobre el Santuario y lo envolvió. “Y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo” [40:34]. Hubo una revelación de la majestad divina, y por un momento ni siquiera Moisés pudo entrar. Con profunda emoción, el pueblo contempló la señal de que la obra de sus manos era aceptada. No hubo demostraciones de regocijo en alta voz. Una solemne reverencia se apoderó de todos. Pero la alegría de su corazón se manifestó en lágrimas de gozo, y susurraron fervientes palabras de gratitud porque Dios había condescendido a morar con ellos.

miércoles, 28 de enero de 2026

Capítulo 2—El santuario celestial en miniatura

 

Mientras Moisés estaba en el monte, Dios le ordenó. “Harán un santuario para mí, y yo habitaré en medio de ellos” (Éxodo 25:8); y le dio instrucciones completas para la construcción del tabernáculo. A causa de su apostasía, los israelitas habían perdido el derecho a la bendición de la Presencia divina, y por el momento hicieron imposible la construcción del Santuario de Dios entre ellos. Pero después que les fuera devuelto el favor del cielo, el gran líder procedió a ejecutar la orden divina.

Hombres escogidos fueron especialmente dotados por Dios con habilidad y sabiduría para la construcción del edificio sagrado. Dios mismo dio a Moisés el plano de esa estructura, con instrucciones detalladas acerca de su tamaño y forma, los materiales que debían emplearse y todos los objetos y muebles que debía contener. Los dos lugares santos hechos a mano habían de ser “figura del verdadero”, “figuras de las cosas celestiales” (Hebreos 9:24, 23); una representación en miniatura del templo celestial donde Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, después de ofrecer su vida como sacrificio, habría de ministrar en favor de los pecadores. Dios presentó ante Moisés en el monte una visión del Santuario celestial, y le ordenó que hiciera todas las cosas de acuerdo con el modelo que se le había mostrado. Todas estas instrucciones fueron escritas cuidadosamente por Moisés, quien las comunicó a los líderes del pueblo. Para la construcción del Santuario fue necesario hacer grandes y costosos preparativos; se requería una gran cantidad de los materiales más preciosos y caros; no obstante, el Señor sólo aceptó ofrendas voluntarias. “Di a los hijos de Israel que tomen para mí ofrenda; de todo varón que la diere de su voluntad, de corazón, tomaréis mi ofrenda” (Éxodo 25:2); tal fue la orden divina que Moisés repitió a la congregación. La devoción a Dios y un espíritu de sacrificio fueron los primeros requisitos para construir la morada del Altísimo. Todo el pueblo respondió unánimemente. “Y vino todo varón a quien su corazón estimuló, y todo aquel a quien su espíritu le dio voluntad, con ofrenda a Jehová para la obra del tabernáculo de reunión, y para toda su obra, y para las sagradas vestiduras. Vinieron así hombres como mujeres, todos los voluntarios de corazón, y trajeron cadenas y zarcillos, anillos y brazaletes y toda clase de joyas de oro; y todos presentaban ofrenda de oro a Jehová. “Todo hombre que tenía azul, púrpura, carmesí, lino fino, pelo de cabras, pieles de carneros teñidas de rojo, o pieles de tejones, lo traía. Todo el que ofrecía ofrenda de plata o de bronce traía a Jehová la ofrenda; y todo el que tenía madera de acacia la traía para toda la obra del servicio. “Además todas las mujeres sabias de corazón hilaban con sus manos, y traían lo que habían hilado: azul, púrpura, carmesí o lino fino. Y todas las mujeres cuyo corazón las impulsó en sabiduría hilaron pelo de cabra. “Los príncipes trajeron piedras de ónice, y las piedras de los engastes para el efod y el pectoral, y las especias aromáticas y el aceite, para el alumbrado, y para el aceite de la unción, y para el incienso aromático”. Éxodo 35:21-28. Mientras se llevaba a cabo la construcción del Santuario, el pueblo -ancianos, jóvenes, adultos, mujeres o niños- continuó trayendo sus ofrendas hasta que los encargados de la obra vieron que ya tenían lo suficiente, y aun más de lo que podrían usar. Y Moisés hizo proclamar por todo el campamento: “Ningún hombre ni mujer haga más para la ofrenda del santuario. Así se le impidió al pueblo ofrecer más”. Éxodo 36:6. Como advertencia para las futuras generaciones se registraron las murmuraciones de los israelitas y cómo Dios castigó sus pecados. Y son un ejemplo digno de imitar su devoción, celo y liberalidad. Todo el que ama el culto de Dios y aprecia la bendición de su santa presencia mostrará el mismo espíritu de sacrificio en la preparación de una casa donde él pueda reunirse con ellos. Deseará traer al Señor una ofrenda de lo mejor que posea. La casa que se construya para Dios no debe quedar endeudada, pues con ello Dios sería deshonrado. Debiera darse voluntariamente una cantidad suficiente para llevar a cabo la obra, para que los que la construyen puedan decir... “No traigan más ofrendas”.

lunes, 26 de enero de 2026

El hombre ofrece su primer sacrificio



Para Adán, el ofrecimiento del primer sacrificio fue una ceremonia muy dolorosa. Tuvo que alzar la mano para quitar una vida que sólo Dios podía dar. Por primera vez iba a presenciar la muerte, y sabía que si hubiese sido obediente a Dios no la habrían conocido el hombre o las bestias. Mientras mataba a la inocente víctima tembló al pensar que su pecado haría derramar la sangre del inmaculado Cordero de Dios. Esta escena le dio un sentido más profundo y vívido de la enormidad de su transgresión, que nada sino la muerte del querido Hijo de Dios podía expiar. Y se maravilló de la infinita bondad que daba semejante rescate para salvar a los culpables. Una estrella de esperanza iluminó el oscuro y terrible futuro, y lo libró de una completa desesperación.—Historia de los Patriarcas y Profetas, 54.
A Adán se le encomendó que enseñara a sus descendientes a temer al Señor y, por su ejemplo y humilde obediencia, les enseñase a tener en alta estima las ofrendas que tipificaban al Salvador que habría de venir. Adán atesoró cuidadosamente lo que Dios le había revelado, y lo transmitió verbalmente a sus hijos y a los hijos de sus hijos.—The Spirit of Prophecy 1:59. A la puerta del Paraíso, guardada por querubines, se manifestaba la gloria de Dios, y allí iban los primeros adoradores. Allí levantaron sus altares y presentaron sus ofrendas.—Historia de los Patriarcas y Profetas, 70. En los sacrificios ofrecidos en cada altar se veía al Redentor. Con la nube de incienso se elevaba de cada corazón contrito la oración de que Dios aceptara sus ofrendas como una muestra de fe en el Salvador venidero.—The Review and Herald, 2 de marzo de 1886. El sistema de sacrificios confiado a Adán... fue pervertido por sus descendientes. La superstición, la idolatría, la crueldad y el libertinaje corrompieron el sencillo y significativo servicio que Dios había establecido. A través de su larga relación con los idólatras, el pueblo de Israel había mezclado muchas costumbres paganas con su culto; por consiguiente, en el Sinaí el Señor les dio instrucciones definidas tocante al servicio sacrificial.—Historia de los Patriarcas y Profetas, 380.

domingo, 25 de enero de 2026

El carácter sagrado de la ley de Dios

El sacrificio exigido por su transgresión reveló a Adán y a Eva el carácter sagrado de la ley de Dios; y vieron, como nunca antes, la culpa del pecado y sus horrorosos resultados.—Ibíd. 52.

La ley de Dios existía antes que el hombre fuera creado. Los ángeles eran gobernados por ella. Satanás cayó porque transgredió los principios del gobierno de Dios. Después que Adán y Eva fueron creados, Dios les hizo conocer su ley. Esta no estaba escrita entonces, pero les fue repetida por Jehová... Después del pecado y la caída de Adán, nada fue eliminado de la ley de Dios. Los principios de los Diez Mandamientos existían antes de la caída, y eran de una naturaleza que se ajustaban a la condición de un orden de seres santos.—The Spirit of Prophecy 1:261. Esos principios fueron formulados al hombre más explícitamente después de la caída, y enunciados para satisfacer las necesidades de seres inteligentes caídos. Esto fue necesario a causa de que la mente del hombre había sido cegada por la transgresión.—The Signs of the Times, 15 de abril de 1875. Entonces se estableció un sistema que requería el sacrificio de animales, con el fin de mantener delante del hombre caído lo que la serpiente había hecho que Eva no creyera: que la paga de la desobediencia es la muerte. La transgresión de la ley de Dios hizo necesario que Cristo muriese como sacrificio, para así proporcionar al hombre una vía de escape de su castigo y al mismo tiempo preservar el honor de la ley de Dios. El sistema de sacrificios debía enseñar humildad al hombre, en vista de su condición caída, y conducirlo al arrepentimiento y a confiar sólo en Dios, por medio del Redentor prometido, para obtener el perdón por las pasadas transgresiones de su ley.—The Spirit of Prophecy 1:261, 262. El sistema de sacrificios fue trazado por Cristo mismo, y dado a Adán para que tipificara al Salvador que habría de venir.—The Signs of the Times, 15 de julio de 1880.

sábado, 24 de enero de 2026

Capítulo 1—Cristo en el sistema de sacrificios

 

El pecado de nuestros primeros padres trajo sobre el mundo la culpa y la angustia, y si no se hubiesen manifestado la misericordia y la bondad de Dios, la raza humana se habría sumido en irremediable desesperación.—Historia de los Patriarcas y Profetas, 45.

La caída del hombre llenó todo el cielo de tristeza. El mundo que Dios había hecho estaba mancillado con la maldición del pecado, y habitado por seres condenados a la miseria y la muerte. Parecía no existir escapatoria para quienes habían quebrantado la ley... Pero el amor divino había concebido un plan mediante el cual el hombre podría ser redimido. La quebrantada ley de Dios exigía la vida del pecador. En todo el universo sólo existía uno que podía satisfacer sus exigencias en beneficio del hombre. Puesto que la ley divina es tan sagrada como Dios mismo, sólo uno igual a Dios podría expiar su transgresión.—Ibíd. 48. La primera indicación que el hombre tuvo acerca de su redención la oyó en la sentencia pronunciada contra Satanás en el jardín. El Señor declaró: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Génesis 3:15. Esta sentencia, pronunciada en presencia de nuestros primeros padres, fue una promesa para ellos. Mientras predecía la guerra entre el hombre y Satanás, declaraba que el poder del gran adversario finalmente sería destruido... Aunque habrían de sufrir por efecto del poder de su poderoso adversario, podían esperar una victoria final.—Ibíd. 51. Los ángeles celestiales explicaron más completamente a nuestros primeros padres el plan que había sido concebido para su redención. Se les aseguró a Adán y a su compañera que a pesar de su gran pecado, no se los abandonaría al control de Satanás. El Hijo de Dios había ofrecido expiar, con su propia vida, la transgresión de ellos. Se les otorgaría un tiempo de gracia y, mediante el arrepentimiento y la fe en Cristo, nuevamente podían llegar a ser hijos de Dios.

viernes, 23 de enero de 2026

Con los ojos fijos en el santuario

 

En ningún momento debemos perder de vista la importante obra que se está haciendo en favor de nosotros en el Santuario celestial. Se nos amonesta:

“Como pueblo, debemos ser estudiantes fervientes de la profecía; no debemos descansar hasta que entendamos claramente el tema del Santuario, el cual está expuesto en las visiones de Daniel y de Juan. Este asunto arroja gran luz sobre nuestra posición y nuestra obra actual, y nos da una prueba irrefutable de que Dios nos ha dirigido en nuestra experiencia pasada. Explica nuestro chasco de 1844, mostrándonos que el Santuario que debía ser purificado no era la Tierra, como habíamos supuesto, sino que Cristo entró entonces en el Lugar Santísimo del Santuario celestial y allí está realizando la obra final de su oficio sacerdotal, en cumplimiento de las palabras del ángel comunicadas al profeta Daniel: ‘Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado’. “Nuestra fe con referencia al mensaje de los ángeles primero, segundo y tercero era correcta. Los grandes hitos por los cuales hemos pasado son inamovibles. Aun cuando las huestes del infierno intenten derribarlos de sus fundamentos, y triunfar en el pensamiento de que han tenido éxito, no alcanzarán su objetivo. Esos pilares de verdad permanecen firmes como las montañas eternas, sin ser conmovidos por todos los esfuerzos de los hombres combinados con los de Satanás y su hueste. Podemos aprender mucho, y debemos estar constantemente escudriñando las Escrituras para ver si estas cosas son así. El pueblo de Dios ha de tener ahora sus ojos fijos en el Santuario celestial, donde se está realizando el servicio final de nuestro gran Sumo Sacerdote en la obra del juicio, donde él está intercediendo por su pueblo”.—El Evangelismo, 166.

Joyas de los Testimonios 3

  Como fieles padres de familia, dad alimento en sazón a los miembros de la casa de Dios. Presentad la verdad a la gente. Obrad como quienes...