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viernes, 29 de mayo de 2026

Podando las ramas

 

¡Oh, qué extraordinarios privilegios nos son acordados!

¿No haremos los más fervientes esfuerzos para entrar en esta alianza con Cristo, por medio de la cual solamente se obtienen estas bendiciones? ¿No nos separaremos de nuestros pecados por la justicia y de nuestras iniquidades volviéndonos al Señor? El escepticismo y la incredulidad están muy difundidos. Cristo hizo la pregunta: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe en la tierra?” Debemos albergar una fe viviente y activa. La permanencia de nuestra fe es la condición de nuestra unión. Una unión con Cristo mediante la fe viva es permanente; toda otra unión debe perecer. Cristo primeramente nos escogió, pagando un precio infinito por nuestra redención; y el verdadero creyente elige a Cristo como lo primero, lo último y lo mejor en todo. Pero esta unión nos cuesta algo. Esa es una unión de completa dependencia en la cual debe entrar un ser orgulloso. Todos los que forman esta unión deben sentir su necesidad de la sangre expiatoria de Cristo. Deben pasar por un cambio de corazón. Deben someter su propia voluntad a la voluntad de Dios. Habrá una lucha con obstáculos externos e internos. Debe haber una obra penosa de separación así como una obra de unión o de enlace. El orgullo, el egoísmo, la vanidad, la mundanalidad—el pecado en todas sus formas—deben ser vencidos si queremos entrar en una unión con Cristo. La razón por la cual muchos encuentran la vida cristiana tan deplorablemente dura, la razón por la cual ellos son tan volubles y tan variables, es porque tratan de unirse con Cristo sin separarse primeramente de estos ídolos acariciados. Después que se ha formado la unión con Cristo, puede preservarse sólo por oración ferviente y esfuerzo incansable. Debemos resistir, debemos negarnos, debemos conquistarnos a nosotros mismos. Por la gracia de Cristo, con valor, por la fe, por la vigilancia, podemos ganar la victoria.

jueves, 28 de mayo de 2026

Es algo personal

 

Esta relación espiritual puede ser establecida tan sólo por medio del ejercicio de la fe personal. Esta fe debe expresarse de parte de nosotros en una suprema preferencia, en una perfecta confianza, en una total consagración. Nuestra voluntad debe ser completamente sometida a la voluntad divina, nuestros sentimientos, nuestros deseos, nuestros intereses y nuestro honor deben ser identificados con la prosperidad del reino de Cristo y el honor de su causa, mientras nosotros recibimos constantemente gracia de él, y mientras Cristo acepta nuestra gratitud.

Cuando se establece esta intimidad de nuestra conexión y comunión con él, nuestros pecados son puestos sobre Jesús; su justicia nos es imputada a nosotros. El fue hecho pecado por nosotros para que nosotros seamos hechos justicia de Dios en él. Tenemos acceso a Dios por medio de él; somos aceptos en el Amado... Fue en el momento en que Cristo estaba por dejar a sus discípulos cuando les dio el hermoso emblema de su relación con los creyentes. El había estado presentando delante de ellos la unión estrecha que debían tener con él, por la cual ellos pudieran mantener la vida espiritual cuando su presencia visible les fuera retirada. Para grabar este pensamiento en sus mentes les presentó el símbolo de la vid como el más destacado y apropiado... Todos los seguidores de Cristo tienen un interés tan profundo en esta lección como lo tenían los discípulos que escucharon sus palabras. En la apostasía, el hombre se separa de Dios. La separación es amplia y terrible; pero Cristo ha hecho provisión de nuevo para relacionarnos consigo. El poder del mal está tan identificado con la naturaleza humana que ningún hombre puede vencerlo excepto por su unión con Cristo. Por medio de esta unión recibimos poder moral y espiritual. Si tenemos el espíritu de Cristo llevaremos el fruto de justicia, fruto que honrará y bendecirá a los hombres, y glorificará a Dios. El Padre es el labrador. Con maestría y con misericordia él poda cada rama que lleva fruto. Los que comparten los sufrimientos y el vituperio de Cristo ahora compartirán su gloria en el más allá. “Por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos”. Sus ángeles ministran en favor de ellos. En su segunda aparición será como el Hijo del hombre, identificándose de esta manera con la humanidad aun en su gloria. A los que se han unido con él les dice: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz?... Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros”.

miércoles, 27 de mayo de 2026

La relación con Cristo: ¿Falsa o verdadera?

Existen en la iglesia personas que creen y otras que no creen. Cristo presenta estas dos clases en su parábola de la viña y de sus ramas. El exhorta a sus seguidores: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”.

Existe una amplia diferencia entre una pretendida unión y una verdadera conexión con Cristo por medio de la fe. Una profesión de verdad coloca a los hombres en la iglesia, pero esto no prueba que ellos tengan una conexión vital con la Vid viviente. Se nos da una regla con la cual puede distinguirse el verdadero discípulo de aquel que pretende seguir a Cristo pero no tiene fe en él. La primera clase lleva fruto; la otra, no tiene fruto. La una se ve sujeta con frecuencia a la tijera podadora de Dios para que lleve más fruto; la otra, como rama marchita, ha de ser cortada antes de mucho de la Vid viviente... Las fibras de las ramas son casi idénticas a las de la vid. La comunicación de vida, fuerza y producción de frutos del tronco a las ramas es libre y constante. La raíz envía su nutrición por medio de la rama. Tal es la verdadera relación del creyente con Cristo. El permanece en Jesús y recibe su alimento de él.

 

martes, 26 de mayo de 2026

Nunca esté “satisfecho”


Hay muchos que profesan seguir a Cristo, pero que nunca llegan a ser cristianos maduros. Admiten que el hombre está caído, que sus facultades están debilitadas, que es incapaz de hazañas morales, pero añaden que Cristo ha llevado todas las cargas, todos los sufrimientos, toda la abnegación, y que están dispuestos a dejar que él lo lleve todo. Dicen que no hay nada que puedan hacer sino creer; pero dijo Cristo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”. Mateo 16:24. Jesús guardó los mandamientos de Dios...

Nunca debemos descansar satisfechos de nuestra condición y cesar de progresar diciendo: “Estoy salvado”. Cuando se fomenta esta idea, cesan de existir los motivos para velar, para orar, para realizar fervientes esfuerzos a fin de avanzar hacia logros más elevados. Ninguna lengua santificada pronunciará esas palabras hasta que venga Cristo y entremos por las puertas de la ciudad de Dios. Entonces, con plena razón, podremos dar gloria a Dios y al Cordero por la liberación eterna. Mientras el hombre esté lleno de debilidades—pues por sí mismo no puede salvar su alma—, nunca debería atreverse a decir: “Soy salvo”. No puede jactarse de la victoria el que se reviste de la armadura, pues tiene todavía que pelear la batalla y ganar la victoria. El que soporte hasta el fin, es el que será salvo.

domingo, 24 de mayo de 2026

Ud. puede contar con esto


“El que mediante su propia expiación proveyó para el hombre un caudal infinito de poder moral, no dejará de emplear ese poder en nuestro favor... Todas las fuerzas satánicas no tienen poder para vencer a un alma que con fe sencilla se apoya en Cristo”.

“Se ha dispuesto gracia abundante para que el alma creyente pueda ser preservada del pecado”. “En él tenemos una ofrenda completa, un sacrificio infinito, un poderoso Salvador, que puede salvar hasta lo último a todos los que vienen a Dios por medio de él. Con amor, viene a revelar al Padre, a reconciliar al hombre con Dios, a hacerlo una nueva criatura, renovada de acuerdo con la imagen de Aquel que lo creó”.

sábado, 23 de mayo de 2026

El problema de Pedro


El mal que provocó la caída de Pedro [de negar a Cristo en su juicio]... está ocasionando la ruina de millares. No hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados es el más desesperado, el más incurable.

La caída de Pedro no fue instantánea, sino gradual. La confianza propia lo indujo a creer que estaba salvado, y dio paso tras paso en el camino descendente hasta que pudo negar a su Maestro. Nunca podemos con seguridad poner la confianza en el yo, ni tampoco, estando, como nos hallamos, fuera del cielo, hemos de sentir que nos encontramos seguros contra la tentación. Nunca debe enseñarse a los que aceptan al Salvador, aunque sean sinceros en su conversión, a decir o sentir que están salvados. Eso es engañoso. Debe enseñarse a todos a acariciar la esperanza y la fe; pero aun cuando nos entregamos a Cristo y sabemos que él nos acepta, no estamos fuera del alcance de la tentación. La Palabra de Dios declara: “Muchos serán limpios, y emblanquecidos y purificados”. Daniel 12:10. Sólo el que soporte la prueba, “recibirá la corona de vida”. Santiago 1:12. Los que aceptan a Cristo y dicen en su primera fe: “Soy salvo” están en peligro de confiar en sí mismos. Pierden de vista su propia debilidad y constante necesidad de la fortaleza divina. No están preparados para resistir los ardides de Satanás, y cuando son tentados, muchos, como Pedro, caen en las profundidades del pecado. Se nos amonesta: “El que piensa estar firme, mire no caiga”. 1 Corintios 10:12. Nuestra única seguridad está en desconfiar constantemente de nosotros mismos y confiar en Cristo.

viernes, 22 de mayo de 2026

Ud. puede contar con esto

 

“El que mediante su propia expiación proveyó para el hombre un caudal infinito de poder moral, no dejará de emplear ese poder en nuestro favor... Todas las fuerzas satánicas no tienen poder para vencer a un alma que con fe sencilla se apoya en Cristo”.

“Se ha dispuesto gracia abundante para que el alma creyente pueda ser preservada del pecado”. “En él tenemos una ofrenda completa, un sacrificio infinito, un poderoso Salvador, que puede salvar hasta lo último a todos los que vienen a Dios por medio de él. Con amor, viene a revelar al Padre, a reconciliar al hombre con Dios, a hacerlo una nueva criatura, renovada de acuerdo con la imagen de Aquel que lo creó”.

jueves, 21 de mayo de 2026

¿Por qué afligirse?

 

La vida en Cristo es una vida de reposo. Tal vez no haya éxtasis de los sentimientos, pero debe haber una confianza continua y apacible. Tu esperanza no se cifra en ti mismo, sino en Cristo. Tu debilidad está unida a su fuerza, tu ignorancia a su sabiduría, tu fragilidad a su eterno poder...

No debemos hacer de nuestro yo el centro de nuestros pensamientos, ni alimentar ansiedad ni temor acerca de si seremos salvos o no. Todo esto desvía el alma de la Fuente de nuestra fortaleza. Encomendemos a Dios la custodia de nuestra alma, y confiemos en él. Hablemos del Señor Jesús y pensemos en él. Piérdase en él nuestra personalidad. Desterremos toda duda; disipemos nuestros temores. Digamos con el apóstol Pablo: “Vivo; mas no ya yo, sino que Cristo vive en mí: y aquella vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó, y se dio a sí mismo por mí”. Gálatas 2:20 (VM). Reposemos en Dios. El puede guardar lo que le hemos confiado. Si nos ponemos en sus manos, nos hará más que vencedores por medio de Aquel que nos amó.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Capítulo 5—Salvados solamente “en Cristo”


“El me salvará ahora”

El pecador que perece puede decir: “Soy un pecador perdido, pero Cristo vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. El dice: ‘No he venido a llamar a justos, sino a pecadores’. Marcos 2:17. Soy pecador y Cristo murió en la cruz del Calvario para salvarme. No necesito permanecer un solo momento más sin ser salvado. El murió y resucitó para mi justificación y me salvará ahora. Acepto el perdón que ha prometido”.

No puede ser vencido el que se arrepiente de sus pecados y acepta el don de la vida del Hijo de Dios. Aferrándose por fe de la naturaleza divina, llega a ser un hijo de Dios. Ora, cree. Cuando es tentado y probado, demanda el poder que Cristo dio con su muerte, y vence mediante la gracia de Jesús. Esto necesita entender cada pecador. Debe arrepentirse de sus pecados, debe creer en el poder de Cristo, y debe aceptar ese poder que salva y protege del pecado. ¡Cuán agradecidos debiéramos estar por la dádiva del ejemplo de Cristo!

lunes, 18 de mayo de 2026

Un mensaje actual y equilibrado

Sed muy cuidadosos, mis hermanos, en cuanto a la forma de presentar el tema de la fe y las obras ante los oyentes, no sea que las mentes se confundan...

No presente nadie la idea de que el hombre tiene poco o nada que hacer en la gran obra de vencer, pues Dios no hace nada para el hombre sin su cooperación. Tampoco se diga que después de que habéis hecho todo lo que podéis de vuestra parte, Jesús os ayudará. Cristo ha dicho: “Separados de mí nada podéis hacer”. Juan 15:5. Desde el principio hasta el fin, el hombre ha de ser colaborador con Dios. A menos que el Espíritu Santo actúe sobre el corazón humano, tropezaremos y caeremos a cada paso. Los esfuerzos del hombre solo no son nada sino inutilidad, pero la cooperación con Cristo significa victoria... No diga nadie que sus obras no tienen nada que ver con su jerarquía y posición delante de Dios. En el juicio, se pronunciará la sentencia de acuerdo con lo que ha sido hecho o lo que ha sido dejado sin hacer. Mateo 25:34-40. Se requieren esfuerzos y labor de parte del que recibe la gracia de Dios, pues el fruto es el que manifiesta cuál es el carácter del árbol. Aunque las buenas obras del hombre, sin fe en Jesús, no tienen más valor que la ofrenda de Caín, sin embargo, cubiertas con los méritos de Cristo, testifican de la idoneidad del que las hace para heredar la vida eterna. Lo que es considerado como moral en el mundo no alcanza la norma divina y no tiene más mérito delante del cielo que el que tuvo la ofrenda de Caín.

 

domingo, 17 de mayo de 2026

Semejante a dos remos


Si somos fieles en hacer nuestra parte, en cooperar con él, Dios obrará por medio de nosotros para que hagamos su buena voluntad. Pero Dios no puede obrar por nosotros si no hacemos ningún esfuerzo. Si ganamos la vida eterna, debemos trabajar, y trabajar fervorosamente... No nos engañemos por la aseveración a menudo repetida: “Todo lo que tenéis que hacer es creer”. La fe y las obras son dos remos que debemos usar en forma pareja si anhelamos remontar la corriente de la incredulidad. “La fe, si no tiene obras, es muerta”. El cristiano es un hombre de pensamiento y de paciencia. Su fe fija sus raíces firmemente en Cristo. Por la fe y las buenas obras se mantiene espiritualmente fuerte y saludable, y su fuerza espiritual aumenta mientras lucha para hacer las buenas obras de Dios.

sábado, 16 de mayo de 2026

Después que yo haya hecho lo mejor, ¿qué pasará?



Cuando está en el corazón humano el deseo de obedecer a Dios, cuando se realizan esfuerzos con ese propósito, Jesús acepta esta disposición y este esfuerzo como el mejor servicio del hombre, y él compensa la deficiencia con su propio mérito divino. Pero él no aceptará a los que pretenden tener fe en él, y sin embargo son desleales al mandamiento de su Padre.
Oímos mucho hablar de fe, pero debemos oír hablar mucho más acerca de obras. Muchos están engañando sus propias almas, viviendo una religión fácil, acomodaticia, desprovista de cruz. Pero Jesús dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”.

viernes, 15 de mayo de 2026

Equilibrio


La fe y las obras nos mantendrán equilibrados, y nos darán éxito en la obra de perfeccionar un carácter cristiano. Jesús dice: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Hablando del alimento temporal, el apóstol exclamó: “Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma”. La misma regla se aplica a nuestra nutrición espiritual; si alguien quiere tener el pan de la vida eterna, haga esfuerzo para obtenerlo.

Vivimos en un período importante e interesante de la historia de esta tierra. Necesitamos más fe de la que hemos tenido hasta ahora; necesitamos un sostén más firme desde arriba. Satanás está trabajando con todo su poder para obtener la victoria sobre nosotros, porque él sabe que tiene solamente poco tiempo en el cual trabajar. Pablo tenía temblor y temor al trabajar por su salvación; ¿y no debiéramos nosotros temer, no sea que no lleguemos a obtener la promesa que se nos ha dejado, demostrando que no somos merecedores de la vida eterna? Debemos velar y orar, y luchar con esfuerzo agonizante para entrar por la puerta estrecha. No hay excusa para el pecado, o para la indolencia. Jesús ha ido delante de nosotros, y él quiere que nosotros sigamos en sus pisadas. El ha sufrido, él se ha sacrificado como ninguno de nosotros lo ha hecho para poner la salvación a nuestro alcance. No necesitamos desanimarnos. Jesús vino a nuestro mundo a traerle poder divino al hombre, para que por su gracia, podamos ser transformados a su semejanza.

jueves, 14 de mayo de 2026

¿Una fe que no hace nada?



El perdón del pecado le está prometido a aquel que se arrepiente y cree; la corona de la vida será la recompensa del que es fiel hasta el fin. Debemos crecer en la gracia progresando por medio de la gracia que ya tenemos. Debemos mantenernos sin mancha de este mundo, si queremos ser hallados sin culpa en el día de Dios. La fe y las obras van mano en mano, actúan de común acuerdo en la obra de vencer. Las obras sin la fe están muertas, y la fe sin obras es muerta. Las obras nunca nos salvarán; es el mérito de Cristo lo que tendrá valor en nuestro favor. Por medio de la fe en él, Cristo hará que todos nuestros esfuerzos imperfectos sean aceptables para Dios. La fe que se requiere que tengamos no es una fe que no hace nada; la fe salvadora es la que obra por amor y purifica el alma. El que levanta manos puras a Dios sin ira y sin dudas, andará inteligentemente en el camino de los mandamientos de Dios.
Si hemos de tener el perdón de nuestros pecados, debemos comprender primeramente qué es el pecado, para que podamos arrepentirnos, y producir frutos dignos de arrepentimiento. Debemos tener un fundamento sólido para nuestra fe; debe estar fundado en la Palabra de Dios, y sus resultados se verán en la obediencia a la voluntad expresada de Dios. Dice el apóstol: “Sin santidad nadie verá al Señor”.

miércoles, 13 de mayo de 2026

¿Cuál es mi parte?


Hemos de hacer todo lo que podemos, todo lo que está de nuestra parte para pelear la buena batalla de la fe. Hemos de luchar, de trabajar, de esforzarnos, de agonizar para entrar por la puerta estrecha. Hemos de poner al Señor siempre delante de nosotros. Con manos limpias, con corazones puros, hemos de buscar el honor de Dios en todos nuestros caminos. Se ha provisto ayuda para nosotros en Aquel que es poderoso para salvar. El espíritu de verdad y de luz nos vivificará y renovará por su actuación misteriosa; pues todo nuestro progreso espiritual viene de Dios, no de nosotros. El verdadero obrero tendrá poder divino que lo ayude, pero el ocioso no será sostenido por el Espíritu de Dios.

En un sentido dependemos de nuestra propia energía; hemos de luchar fervorosamente para ser celosos y para arrepentirnos, para limpiar nuestras manos y purificar nuestros corazones de toda contaminación; hemos de alcanzar la norma más alta, creyendo que Dios nos ayudará en nuestros esfuerzos. Debemos buscar si queremos encontrar, y buscar con fe; debemos llamar, para que la puerta nos sea abierta. La Biblia enseña que todo lo que se relaciona con nuestra salvación depende de nuestra propia conducta. Si perecemos, la responsabilidad descansará totalmente sobre nosotros. Si la provisión ya está hecha, y si aceptamos los términos de Dios, podemos echar mano de la vida eterna. Debemos ir a Cristo con fe, debemos ser diligentes para hacer firme nuestra vocación y elección.

martes, 12 de mayo de 2026

Capítulo 4—El equilibrio entre la fe y las obras

 

Un testimonio vivo

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”. Hay muchos en el mundo cristiano que pretenden que todo lo que es necesario para la salvación es tener fe; las obras no significan nada; la fe es lo único esencial. Pero la Palabra de Dios nos dice que la fe sin las obras es muerta.

Muchos rehúsan obedecer los mandamientos de Dios, y sin embargo destacan mucho la fe. Pero la fe debe tener un fundamento. Las promesas de Dios están dadas todas bajo condiciones. Si hacemos su voluntad, si andamos en la verdad, entonces podemos pedir lo que queremos, y nos será hecho. Mientras hacemos fervientes esfuerzos para ser obedientes, Dios oirá nuestras peticiones; pero él no nos bendecirá en la desobediencia. Si elegimos desobedecer sus mandamientos, podemos clamar: “Fe, fe, sólo hay que tener fe”, y la respuesta la recibiremos de la segura Palabra de Dios: “La fe sin obras es muerta”. Semejante fe será como metal que resuena y címbalo que retiñe. A fin de tener los beneficios de la gracia de Dios, debemos hacer nuestra parte; debemos trabajar con fidelidad, y producir frutos dignos de arrepentimiento. Somos obreros juntamente con Dios. No hemos de sentarnos en la indolencia, esperando alguna ocasión grandiosa para realizar una gran obra por el Maestro. No habéis de descuidar el deber que encontráis directamente en vuestro sendero; pero habéis de aprovechar las oportunidades que se abren delante de vosotros. Habéis de proseguir haciendo lo mejor que podáis en los trabajos más pequeños de la vida, asumiendo de todo corazón y con toda fidelidad la obra que la providencia de Dios os ha asignado. Por pequeña que sea, debéis hacerla con todo el cuidado con que haríais una obra mayor. Vuestra fidelidad será aprobada en los registros del cielo. No necesitáis esperar que vuestro camino sea suavizado delante de vosotros. Empezad a trabajar para utilizar los talentos que se os han confiado. No tenéis nada que hacer con lo que el mundo pensará acerca de vosotros. Que vuestras palabras, vuestro espíritu, vuestras acciones, sean un testimonio vivo de Jesús, y el Señor cuidará de que el testimonio dado para su gloria, presentado en una vida bien ordenada y en una conversación piadosa, pueda profundizarse e intensificarse con poder. Sus resultados pueden nunca ser conocidos en la tierra, pero serán manifestados delante de Dios y de los ángeles.

lunes, 11 de mayo de 2026

Más allá de las prohibiciones


Vivimos en un siglo de gran impiedad. Las multitudes están esclavizadas por costumbres pecaminosas y malos hábitos, y son difíciles de romper los grillos que las atan. Como un diluvio, la iniquidad está inundando la tierra. Ocurren diariamente crímenes casi demasiado horrorosos para ser mencionados. Y, sin embargo, hombres que profesan ser atalayas en las murallas de Sion quieren enseñar que la ley era sólo para los judíos y que caducó con los gloriosos privilegios que comenzaron en la era evangélica. ¿No hay acaso una relación entre el desenfreno y el crimen imperantes, y el hecho de que los ministros y sus fieles sostienen y enseñan que la ley no está más en vigencia?

El poder condenador de la ley de Dios se extiende no sólo a lo que hacemos, sino a lo que no hacemos. No hemos de justificarnos dejando de hacer lo que Dios requiere. No sólo hemos de cesar de hacer el mal, sino que debemos aprender a hacer el bien. Dios nos ha dado facultades que deben ejercerse en buenas obras, y si no se emplean esas facultades, ciertamente seremos considerados como siervos malos y negligentes. Quizá no hayamos cometido atroces pecados; tales faltas quizá no estén registradas contra nosotros en el libro de Dios; pero el hecho de que nuestros actos no sean registrados como puros, buenos, elevados y nobles—lo que indica que no hemos cultivado los talentos que se nos confiaron—, nos coloca bajo condenación. La ley de Dios existía antes de que el hombre fuera creado. Fue adaptada a las condiciones de seres santos: aun los ángeles eran gobernados por ella. No se cambiaron los principios de justicia después de la caída. Nada fue quitado de la ley. No podía mejorarse ninguno de sus santos preceptos. Y así como ha existido desde el comienzo, de la misma manera continuará existiendo por los siglos perpetuos de la eternidad. Dice el salmista: “Hace ya mucho que he entendido tus testimonios, que para siempre los has establecido”. Salmos 119:152.

domingo, 10 de mayo de 2026

El obedecer trae felicidad


La ley de Dios es sencilla y se entiende fácilmente. Hay hombres que se jactan orgullosamente de que sólo creen lo que pueden entender, olvidándose de que hay misterios en la vida humana y en la manifestación del poder de Dios, en las obras de la naturaleza: misterios que la filosofía más profunda, la investigación más extensa, son incapaces de explicar. Pero no hay misterios en la ley de Dios. Todos pueden comprender las grandes verdades que implica. El intelecto más débil puede captar esas reglas; el más ignorante puede regular su vida y formar su carácter de acuerdo con la norma divina. Si los hijos de los hombres obedecieran esta ley al máximo de su capacidad, ganarían fortaleza para su mente y poder de discernimiento para comprender todavía más el propósito y los planes de Dios. Y este progreso sería continuo, no sólo durante la vida presente, sino durante los siglos eternos, pues no importa cuán lejos avancemos en el conocimiento de la sabiduría y del poder de Dios, siempre queda un infinito más allá.
La ley divina nos demanda amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Sin el ejercicio de este amor, la más elevada profesión de fe es mera hipocresía... Es esencial la obediencia a la ley, no sólo para nuestra salvación, sino para nuestra felicidad y para la felicidad de aquellos con quienes nos relacionamos. “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo” (Salmos 119:165), dice la Palabra inspirada. Sin embargo, el hombre finito presentará a la gente esta ley santa, justa y buena, esta ley de libertad que el Creador mismo ha adaptado para las necesidades del hombre, como un yugo de opresión, un yugo que nadie puede llevar. Pero es el pecador el que considera la ley como un yugo penoso; es el transgresor el que no puede ver belleza en sus preceptos. Pues la mente carnal “no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” Romanos 8:7.

sábado, 9 de mayo de 2026

Capítulo 3—Dios también tiene reglas


Nuestra única responsabilidad

Como Supremo Legislador del universo, Dios ha ordenado leyes no sólo para el gobierno de todos los seres vivientes, sino de todas las operaciones de la naturaleza. Todo, ya sea grande o pequeño, animado o inanimado, está bajo leyes fijas que no pueden ser desdeñadas. No hay excepciones a esta regla, pues nada de lo hecho por la mano divina ha sido olvidado por la mente divina. Sin embargo, al paso que todo lo que hay en la naturaleza es gobernado por la ley natural, sólo el hombre, como ser inteligente, capaz de entender sus requerimientos, es responsable ante la ley moral. Sólo al hombre, corona de la creación divina, Dios ha dado una conciencia que comprende las demandas sagradas de la ley divina, y un corazón capaz de amarla como santa, justa y buena. Del hombre se requiere pronta y perfecta obediencia. Sin embargo, Dios no lo obliga a obedecer: queda como ser moral libre.
Son pocos los que comprenden el tema de la responsabilidad personal del hombre. Sin embargo, es un asunto de máxima importancia. Todos podemos obedecer y vivir, o podemos transgredir la ley de Dios, desafiar su autoridad y recibir el castigo consiguiente. De modo que a cada alma le incumbe decididamente la pregunta: ¿Obedeceré la voz del cielo, las diez palabras pronunciadas en el Sinaí, o iré con la multitud que pisotea esta ígnea ley? Para los que aman a Dios, será la máxima delicia observar los mandamientos divinos y hacer aquellas cosas que son agradables a la vista de Dios. Pero el corazón natural odia la ley de Dios y lucha contra sus santas demandas. Los hombres cierran su alma a la luz divina, rehusando caminar en ella cuando brilla sobre ellos. Sacrifican la pureza del corazón, el favor de Dios y su esperanza del cielo a cambio de la complacencia egoísta o las ganancias mundanales. Dice el salmista: “La ley de Jehová es perfecta”. Salmos 19:7. ¡Cuán maravillosa es la ley de Jehová en su sencillez, su extensión y perfección! Es tan breve, que podemos fácilmente aprender de memoria cada precepto, y sin embargo tan abarcante como para expresar toda la voluntad de Dios y tener conocimiento no sólo de las acciones externas, sino de los pensamientos e intenciones, los deseos y emociones del corazón. Las leyes humanas no pueden hacer esto. Sólo pueden tratar con las acciones externas. Un hombre puede ser transgresor y, sin embargo, puede ocultar sus faltas de los ojos humanos. Puede ser criminal, ladrón, asesino o adúltero, pero mientras no sea descubierto, la ley no puede condenarlo como culpable. La ley de Dios toma en cuenta los celos, la envidia, el odio, la malignidad, la venganza, la concupiscencia y la ambición que agitan el alma, pero que no han hallado expresión en acciones externas porque ha faltado la oportunidad aunque no la voluntad. Y se demandará cuenta de esas emociones pecaminosas en el día cuando “Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala”. Eclesiastés 12:14.

viernes, 8 de mayo de 2026

En sus pasos


Donde está la fe, aparecen las buenas obras. Los enfermos son visitados, se cuida de los pobres, no se descuida a los huérfanos ni a las viudas, se viste a los desnudos, se alimenta a los desheredados. Cristo anduvo haciendo bienes, y cuando los hombres se unen con él, aman a los hijos de Dios, y la humildad y la verdad guían sus pasos. La expresión del rostro revela su experiencia y los hombres advierten que han estado con Jesús y que han aprendido de él. Cristo y el creyente se hacen uno, y la belleza del carácter de Cristo se revela en los que están vitalmente relacionados con la Fuente de poder y de amor. Cristo es el gran depositario de la rectitud que justifica y de la gracia santificante.

Todos pueden acudir a él y recibir su plenitud. El dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. Mateo 11:28. Luego, ¿por qué no desechar toda incredulidad y escuchar las palabras de Jesús? Necesitáis descanso, anheláis paz. Por lo tanto, decid desde el corazón: “Señor Jesús, vengo, porque tú me has hecho esta invitación”. Creed en él con fe firme, y seréis salvos. ¿Habéis estado mirando a Jesús, que es el autor y consumador de vuestra fe? ¿Habéis estado contemplando a Aquel que está lleno de verdad y de gracia? ¿Habéis aceptado la paz que sólo Cristo puede dar? Si no lo habéis hecho, entonces rendíos a él y mediante su gracia procurad tener un carácter que sea noble y elevado. Id en pos de un espíritu constante, resuelto y alegre. Alimentaos de Cristo, que es el pan de vida, y manifestaréis su gracia de carácter y de espíritu.

Podando las ramas

  ¡Oh, qué extraordinarios privilegios nos son acordados! ¿No haremos los más ...