jueves, 20 de abril de 2017

LAS MASAS DE LA POBLACIÓN METROPOLITANA

COLECCIÓN:
Espíritu de Profecía
LIBRO:
EL EVANGELISMO
CAPÍTULO:
Capítulo 2 LAS MASAS DE LA POBLACIÓN METROPOLITANA
BÚSQUEDA:
las ciudades



Capítulo 2 LAS MASAS DE LA POBLACIÓN METROPOLITANA


A LA SOMBRA DE LA CONDENACIÓN INMINENTE

Las tinieblas espirituales que cubren la tierra actualmente, se ven agravadas en los densos centros de población. Es en las ciudades de las naciones donde el obrero evangélico encuentra la mayor impenitencia y la mayor necesidad...

Los crímenes y la iniquidad que campean en las ciudades populosas han alcanzado un nivel abrumador. La perversidad de los impíos casi escapa a toda comprensión. Muchas ciudades se están convirtiendo en otras tantas Sodomas ante la vista del cielo. El aumento de la maldad es tan grande que las masa se aproximan rápidamente a un punto en su experiencia personal más allá del cual resultará sumamente difícil alcanzar a los individuos con el conocimiento salvador del mensaje del tercer ángel. El enemigo de las almas trabaja con toda pericia para obtener un pleno dominio de la mente. Y lo que los siervos de Dios realicen para amonestar y preparar a esa gente para el día del juicio deben hacerlo prestamente.

Las condiciones a que hacen frente los obreros cristianos en las grandes ciudades, constituyen una solemne exhortación a un esfuerzo incansable en favor de los millones que viven a la sombra de la condenación inminente. Los hombres pronto se verán obligados a efectuar grandes decisiones, y deben tener oportunidad de oír y de comprender la verdad bíblica, a fin de que puedan decidirse inteligentemente por el camino recto. Dios pide ahora a sus mensajeros, en términos definidos, que amonesten a las ciudades mientras la misericordia todavía perdura y mientras las multitudes son aún susceptibles a la influencia convertidora de la verdad bíblica (Review and Herald, 7 de abril, 1910).

Satanás trabaja laboriosamente en nuestra ciudades populosas. El resultado de su trabajo se advierte en la confusión reinante, en las luchas y las discordias entre las fuerzas trabajadoras y el capital, y en la hipocresía que ha entrado en las iglesias. Con el fin de lograr su propósito de que los hombres no tengan tiempo para meditar, Satanás los mantiene ocupados en la búsqueda de la alegría y el placer, y dedicados a beber y comer. Los llena de ambición por llevar a cabo empresas que exalten su propia personalidad. El mundo se está aproximando paso a paso a la condición que existía en los días de Noé. Se perpetran todos los crímenes imaginables. Los instrumentos satánicos desempeñan su parte en la estimulación de la concupiscencia de la carne, los deseos de los ojos, la manifestación de egoísmo, la extralimitación en el poder, la crueldad y la fuerza empleadas para unir a los hombres en confederaciones y sindicatos, disponiéndolos en atados para el terrible fuego de los últimos días. Los hombres llaman "vida" a esta sucesión de crímenes y locuras...

El mundo, que actúa como si no hubiera Dios, absorto en propósitos egoístas, experimentará pronto una súbita destrucción, y no escapará. Muchos continúan en una complacencia descuidada del yo hasta que llegan a estar tan disgustados con la vida que terminan con su existencia. Bailando y parrandeando, bebiendo y fumando, complaciendo sus pasiones animales, marchan como bueyes al matadero. Satanás está trabajando con todo su arte y encantos para mantener a los hombres marchando a ciegas, hasta que el Señor se levante de su lugar para castigar a los habitantes de la tierra por sus iniquidades, cuando la tierra devolverá su sangre y no cubrirá más sus muertos. El mundo entero parece empeñado en la marcha de la muerte (Manuscrito 139, 1903).

En las ciudades viven hombres y mujeres que cada vez se enredan más en sus asuntos comerciales. Trabajan desesperadamente en la construcción de edificios cuyas torres se elevan hacia el cielo. Tienen sus mentes llenas de planes y proyectos ambiciosos (Manuscrito 154, 1902).

Se me pide que declare el mensaje de que las ciudades llenas de transgresión y pecaminosas en extremo, serán destruidas por terremotos, incendios e inundaciones. Todo el mundo será advertido de que existe un Dios que hará notoria su autoridad como Dios. Sus agentes invisibles causarán destrucción, devastación y muerte. Todas las riquezas acumuladas serán como la nada...

Acontecerán calamidades, calamidades de lo más pavorosas, de lo más inesperadas; y estas destrucciones se seguirán la una a la otra. Si se presta atención a las amonestaciones que Dios ha dado, y si las iglesias se arrepienten y regresan a la lealtad, entonces otras ciudades serán perdonadas por un tiempo. Pero si los hombres que han sido engañados continúan en el mismo camino en el cual han estado andando, sin prestar atención a la ley de Dios y presentando falsedades ante el pueblo, Dios les permite sufrir calamidades, para que sus sentidos sean despertados...

El Señor no desechará repentinamente a los transgresores o destruirá a naciones enteras; sino que castigará a ciudades y lugares donde los hombres se han prestado para ser poseídos por los agentes satánicos. Las ciudades de las naciones serán tratadas con estrictez, y sin embargo, no serán visitadas con la extrema indignación de Dios, porque algunas almas renunciarán a los engaños del enemigo, y se arrepentirán y convertirán, mientras que las masas estarán atesorando ira para el día de la ira (Manuscrito 35, 1906).

Estando en la Loma Linda, California, el 16 de abril de 1906, pasó delante de mí una de las más asombrosas escenas. En una visión de la noche yo estaba sobre una altura desde donde veía las casas sacudirse como el viento sacude los juncos. Los edificios, grandes y pequeños, se derrumbaban. Los sitios de recreo, los teatros, hoteles, y palacios suntuosos eran conmovidos y derribados. Muchas vidas eran destruidas y los lamentos de los heridos y aterrorizados llenaban el espacio.

Los ángeles destructores, enviados por Dios, estaban obrando. Un simple toque, y los edificios construidos tan sólidamente que los hombres los tenían por resguardados de todo peligro quedaban reducidos a un montón de escombros. Ninguna seguridad había en parte alguna. Personalmente, no me sentía en peligro, pero no puedo describir las escenas terribles que se desarrollaron ante mi vista. Era como si la paciencia de Dios se hubiese agotado y hubiese llegado el día del juicio.

Entonces el ángel que estaba a mi lado me dijo que muy pocas personas se dan cuenta de la maldad que reina en el mundo hoy, especialmente en las ciudades grandes. Declaró que el Señor ha fijado un tiempo cuando su ira castigará a los transgresores por su persistente menoscabo de su ley.

Aunque terrible, la escena que pasó ante mis ojos no me hizo tanta impresión como las instrucciones que recibí en esa ocasión. El ángel que estaba a mi lado declaró que la soberanía de Dios, el carácter sagrado de su ley, deben ser manifestados a los que rehusan obstinadamente obedecer al Rey de reyes. Los que prefieran quedar infieles habrán de ser heridos por los juicios misericordiosos, a fin de que, si posible fuere, lleguen a percatarse de la culpabilidad de su conducta (Joyas de los Testimonios, tomo 3, págs. 329, 330. Año 1909).