Así
puede suceder ahora. Desechen los cristianos todas las disensiones, y
entréguense a Dios para salvar a los perdidos. Pidan con fe la bendición
prometida, y ella les vendrá. El derramamiento del Espíritu en los días
de los apóstoles fué “la lluvia temprana,” y glorioso fué el resultado.
Pero la lluvia tardía será más abundante. ¿Cuál es la promesa hecha a
los que viven en estos postreros días? “Tornaos a la fortaleza, oh
presos de esperanza: hoy también os anunció que os daré doblado.” “Pedid
a Jehová lluvia en la sazón tardía: Jehová hará relámpagos, y os dará
lluvia abundante, y hierba en el campo a cada uno.” Zacarías 9:12; 10:1.
Cristo
declaró que la influencia divina del Espíritu había de acompañar a sus
discípulos hasta el fin. Pero la promesa no es apreciada como debiera
serlo; por lo tanto, su cumplimiento no se ve como debiera verse. La
promesa del Espíritu es algo en lo cual se piensa poco; y el resultado
es tan sólo lo que podría esperarse: sequía, tinieblas, decadencia y
muerte espirituales. Los asuntos de menor importancia ocupan la atención
y, aunque es ofrecido en su infinita plenitud, falta el poder divino
que es necesario para el crecimiento y la prosperidad de la iglesia y
que traería todas las otras bendiciones en su estela.
La
ausencia del Espíritu es lo que hace tan impotente el ministerio
evangélico. Puede poseerse saber, talento, elocuencia, y todo don
natural o adquirido; pero, sin la presencia del Espíritu de Dios, ningún
corazón se conmoverá, ningún pecador será ganado para Cristo. Por otro
lado, si sus discípulos más pobres y más ignorantes están vinculados con
Cristo, y tienen los dones del Espíritu, tendrán un poder que se hará
sentir sobre los corazones. Dios hará de ellos conductos para el
derramamiento de la influencia más sublime del universo.
¿Por
qué no tener hambre y sed del don del Espíritu, puesto que es el medio
por el cual hemos de recibir poder? ¿Por qué no hablamos de él, oramos
por él, y predicamos acerca de él? El Señor está más dispuesto a darnos
el Espíritu Santo que los padres a dar buenas dádivas a sus hijos. Todo
obrero debiera solicitar a Dios el bautismo del Espíritu. Debieran
reunirse grupos para pedir ayuda especial, sabiduría celestial, a fin de
saber cómo hacer planes y ejecutarlos sabiamente. Debieran los hombres
pedir especialmente a Dios que otorgue a sus misioneros el Espíritu
Santo.
La
presencia del Espíritu con los obreros de Dios dará a la presentación
de la verdad un poder que no podrían darle todos los honores o la gloria
del mundo. El Espíritu provee la fuerza que sostiene en toda emergencia
a las almas que luchan, en medio de la frialdad de sus parientes, el
odio del mundo y la comprensión de sus propias imperfecciones y
equivocaciones.
El
celo por Dios movió a los discípulos a dar testimonio de la verdad con
gran poder. ¿No debiera este celo encender en nuestro corazón la
resolución de contar la historia del amor redentor, de Cristo, y de éste
crucificado? ¿No vendrá hoy el Espíritu de Dios en respuesta a la
oración ferviente y perseverante, para llenar a los hombres de un poder
que los capacite para servir? ¿Por qué es entonces la iglesia tan débil e
inerte?
Es
privilegio de todo cristiano no sólo esperar sino apresurar la venida
de nuestro Señor Jesucristo. Si todos los que profesan su nombre
llevasen frutos para su gloria, ¡cuán
prestamente quedaría sembrada en el mundo la semilla del Evangelio! La
última mies maduraría rápidamente, y Cristo vendría para recoger el
precioso grano.
Mis
hermanos y hermanas, orad por el Espíritu Santo. Dios respalda toda
promesa que ha hecho. Con la Biblia en la mano, decid: “He hecho como tú
dijiste. Presento tu promesa: ‘Pedid, y se os dará; buscad, y
hallaréis; llamad, y se os abrirá.’” Cristo declara: “Todo lo que orando
pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá.” “Todo lo que
pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea
glorificado en el Hijo.” Mateo 7:7; Marcos 11:24; Juan 14:13.
El
arco iris que rodea el trono nos asegura que Dios es fiel; que en él no
hay mudanza ni sombra de variación. Hemos pecado contra él y no
merecemos su favor; sin embargo, él mismo pone en nuestros labios la más
admirable de las súplicas: “Por amor de tu nombre no nos deseches, ni
trastornes el trono de tu gloria: acuérdate, no invalides tu pacto con
nosotros.” Jeremías 14:21.
El se ha comprometido a prestar oído a nuestro clamor cuando acudimos a
él y confesamos nuestra indignidad y pecado. El honor de su trono
garantiza el cumplimiento de la palabra que nos dirige.
Cristo
envía a sus mensajeros a toda parte de su dominio para comunicar su
voluntad a sus siervos. El anda en medio de sus iglesias. Desea
santificar, elevar y ennoblecer a quienes le siguen. La influencia de
los que creen en él, será en el mundo un sabor de vida para vida. Cristo
tiene las estrellas en su diestra, y es su propósito dejar brillar por
intermedio de ellas su luz para el mundo. Así desea preparar a su pueblo
para un servicio más elevado en la iglesia celestial. Nos ha confiado
una gran obra. Hagámosla fielmente. Demostremos en nuestra vida lo que
la gracia divina puede hacer por la humanidad.
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Cuando el Espíritu Santo rija la mente de los miembros de nuestras iglesias, se verá en ellas una norma mucho más alta
que la que se ve ahora en el hablar, en el ministerio y en la
espiritualidad. Los miembros de las iglesias serán refrigerados por el
agua de la vida, y los obreros, trabajando bajo una Cabeza, a saber
Cristo, revelarán a su Maestro en espíritu, en palabra y en acción, y se
alentarán unos a otros a progresar en la grandiosa obra final en la
cual están empeñados. Habrá un sano incremento de la unidad y del amor,
que atestiguará al mundo que Dios envió a su Hijo a morir por la
redención de los pecadores. La verdad divina será exaltada; y mientras
resplandezca como lámpara que arde, la comprenderemos cada vez más
claramente.
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Me
fué mostrado que si los hijos de Dios no hacen esfuerzo de su parte,
sino que aguardan a que el refrigerio venga sobre ellos y elimine sus
males y corrija sus errores; si confían en que esto los limpiará de la
inmundicia de la carne y del espíritu, y los hará idóneos para dedicarse
al fuerte clamor del tercer ángel, serán hallados faltos. El refrigerio
o poder de Dios desciende únicamente sobre aquellos que se han
preparado para ello haciendo la obra que Dios les invita a hacer, que
consiste en purificarse de toda inmundicia de la carne y del espíritu y
en perfeccionar su santidad en el temor de Dios.
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Esta
intervención del Espíritu de Dios no nos quita la necesidad de ejercer
nuestras facultades y talentos, sino que nos enseña a usar toda facultad
para gloria de Dios. Cuando están bajo la dirección especial de la
gracia de Dios, las facultades humanas pueden ser usadas con el mejor
propósito que hay en la tierra y se ejercerán en la vida futura,
inmortal.
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¿Por qué ha sido registrada la historia de la obra que hicieron los discípulos mientras trabajaban con santo celo, animados
y vivificados por el Espíritu Santo, si no es para que de estos anales
el pueblo de Dios pueda obtener hoy inspiración para trabajar
fervientemente para él? Lo que el Señor hizo por su pueblo en aquel
tiempo, es aun más esencial que lo haga para su pueblo hoy. Todo lo que
hicieron los apóstoles, lo ha de hacer hoy cada miembro de la iglesia. Y
debemos trabajar con tanto mayor fervor, para que nos acompañe el
Espíritu Santo en tanta mayor medida, por cuanto el aumento de la maldad
requiere que sea más decidido el llamamiento al arrepentimiento.