“Fue abierto el templo de Dios en el cielo, y fue vista en su templo el arca de su pacto”. Apocalipsis 11:19 (VM).
El arca del pacto de Dios está en el lugar santísimo, en el segundo
departamento del santuario. En el servicio del tabernáculo terrenal, que
servía “de mera representación y sombra de las cosas celestiales”, este
departamento solo se abría en el gran día de las expiaciones para la
purificación del santuario. Por consiguiente, la proclamación de que el
templo de Dios fue abierto en el cielo y fue vista el arca de su pacto,
indica que el lugar santísimo del santuario celestial fue abierto en
1844, cuando Cristo entró en él para consumar la obra final de la
expiación. Los que por fe siguieron a su gran Sumo Sacerdote cuando dio
principio a su ministerio en el lugar santísimo, contemplaron el arca de
su pacto. Habiendo estudiado el asunto del santuario, llegaron a
entender el cambio que se había realizado en el ministerio del
Salvador, y vieron que este estaba entonces oficiando como intercesor
ante el arca de Dios, y ofrecía su sangre en favor de los pecadores.
El
arca que estaba en el tabernáculo terrenal contenía las dos tablas de
piedra, en que estaban inscritos los preceptos de la ley de Dios. El
arca era un mero receptáculo de las tablas de la ley, y era esta ley
divina la que le daba su valor y su carácter sagrado a aquella. Cuando
fue abierto el templo de Dios en el cielo, se vio el arca de su pacto.
En el lugar santísimo, en el santuario celestial, es donde se encuentra
inviolablemente encerrada la ley divina, la ley promulgada por el mismo
Dios entre los truenos del Sinaí y escrita con su propio dedo en las
tablas de piedra.
La
ley de Dios que se encuentra en el santuario celestial es el gran
original del que los preceptos grabados en las tablas de piedra y
consignados por Moisés en el Pentateuco eran copia exacta. Los que
llegaron a comprender este punto importante fueron inducidos a reconocer
el carácter sagrado e invariable de la ley divina. Comprendieron mejor
que nunca la fuerza de las palabras del Salvador: “Hasta que pasen el
cielo y la tierra, ni siquiera una jota ni un tilde pasará de la ley”. Mateo 5:18 (VM).
Como la ley de Dios es una revelación de su voluntad, un trasunto de su
carácter, debe permanecer para siempre “com testigo fiel en el cielo”.
Ni un mandamiento ha sido anulado; ni un punto ni un tilde han sido
cambiados. Dice el salmista: “¡Hasta la eternidad, oh Jehová, tu palabra
permanece en el cielo!” “Seguros son todos sus preceptos; establecidos
para siempre jamás”. Salmos 119:89; 111:7, 8 (VM).
En
el corazón mismo del Decálogo se encuentra el cuarto mandamiento, tal
cual fue proclamado originalmente: “Acuérdate del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo
día es de reposo para Jehová, tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú,
ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni el
extranjero que está dentro de tus puertas, porque en seis días hizo
Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos
hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el sábado y
lo santificó”. Éxodo 20:8-11 (RV95).
El
Espíritu de Dios obró en los corazones de esos cristianos que
estudiaban su Palabra, y quedaron convencidos de que, sin saberlo,
habían transgredido este precepto al despreciar el día de descanso del
Creador. Empezaron a examinar las razones por las cuales se guardaba el
primer día de la semana en lugar del día que Dios había
santificado. No pudieron encontrar en las Sagradas Escrituras prueba
alguna de que el cuarto mandamiento hubiese sido abolido o de que el día
de reposo hubiese cambiado; la bendición que desde un principio
santificaba el séptimo día no había sido nunca revocada. Habían
procurado honradamente conocer y hacer la voluntad de Dios; al
reconocerse entonces transgresores de la ley divina, sus corazones se
llenaron de pena, y manifestaron su lealtad hacia Dios guardando su
santo sábado.
Se
hizo cuanto se pudo por conmover su fe. Nadie podía dejar de ver que si
el santuario terrenal era una figura o modelo del celestial, la ley
depositada en el arca en la tierra era exacto trasunto de la ley
encerrada en el arca del cielo; y que aceptar la verdad relativa al
santuario celestial envolvía el reconocimiento de las exigencias de la
ley de Dios y la obligación de guardar el sábado del cuarto mandamiento.
En esto estribaba el secreto de la oposición violenta y resuelta que se
le hizo a la exposición armoniosa de las Escrituras que revelaban el
servicio desempeñado por Cristo en el santuario celestial. Los hombres
trataron de cerrar la puerta que Dios había abierto y de abrir la que él
había cerrado. Pero “el que abre, y ninguno cierra; y cierra, y ninguno
abre”, había declarado: “He aquí, he puesto delante de ti una puerta
abierta, la cual nadie podrá cerrar”. Apocalipsis 3:7, 8 (VM).
Cristo había abierto la puerta, o ministerio, del lugar santísimo, la
luz brillaba desde la puerta abierta del santuario celestial, y se vio
que el cuarto mandamiento estaba incluido en la ley allí encerrada; lo
que Dios había establecido, nadie podía derribarlo.
Los
que habían aceptado la luz referente a la mediación de Cristo y a la
perpetuidad de la ley de Dios, encontraron que estas eran las verdades
presentadas en el capítulo 14 del Apocalipsis. Los mensajes de este
capítulo constituyen una triple amonestación (véase el Apéndice),
que debe servir para preparar a los habitantes de la tierra para la
segunda venida del Señor. La declaración: “Ha llegado la hora de su
juicio”, indica la obra final de la actuación de Cristo para la
salvación de los hombres. Proclama una verdad que debe seguir siendo
proclamada hasta el fin de la intercesión del Salvador y su regreso a la
tierra para llevar a su pueblo consigo. La obra del juicio que empezó
en 1844 debe proseguirse hasta que sean falladas las causas de todos los
hombres, tanto de los vivos como de los muertos; de aquí que deba
extenderse hasta el fin del tiempo de gracia concedido a la humanidad. Y
para que los hombres
estén debidamente preparados para subsistir en el juicio, el mensaje les
manda: “¡Temed a Dios y dadle gloria”, “y adorad al que hizo el cielo y
la tierra, y el mar y las fuentes de agua!” El resultado de la
aceptación de estos mensajes está indicado en las palabras: “En esto
está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de
Dios, y la fe de Jesús”. Para subsistir ante el juicio tiene el hombre
que guardar la ley de Dios. Esta ley será la piedra de toque en el
juicio. El apóstol Pablo declara: “Cuantos han pecado bajo la ley, por
la ley serán juzgados; [...] en el día en que juzgará Dios las obras más
ocultas de los hombres [...] por medio de Jesucristo”. Y dice que “los
que cumplen la ley serán justificados’. Romanos 2:12-16 (VM). La fe es esencial para guardar la ley de Dios; pues “sin fe es imposible agradarle”. Y “todo lo que no es de fe, es pecado”. Hebreos 11:6 (VM); Romanos 14:23.
El
primer ángel exhorta a los hombres a que teman al Señor y le den honra y
a que le adoren como Creador del cielo y de la tierra. Para poder
hacerlo, deben obedecer su ley. El sabio dice: “Teme a Dios, y guarda
sus mandamientos; porque esto es la suma del deber humano”. Eclesiastés 12:13 (VM).
Sin obediencia a sus mandamientos, ninguna adoración puede agradar a
Dios. “Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos”. “El que
aparte sus oídos para no escuchar la ley, verá que su oración misma es
cosa abominable”. 1 Juan 5:3; Proverbios 28:9 (VM).
El
deber de adorar a Dios estriba en la circunstancia de que él es el
Creador, y que a él es a quien todos los demás seres deben su
existencia. Y cada vez que la Biblia presenta el derecho de Jehová a
nuestra reverencia y adoración con preferencia a los dioses de los
paganos, menciona las pruebas de su poder creador. “Todos los dioses de
los pueblos son ídolos; mas Jehová hizo los cielos”. Salmos 96:5.
“¿A quién pues me compararéis, para que yo sea como él? dice el Santo.
¡Levantad hacia arriba vuestros ojos, y ved! ¿Quién creó aquellos
cuerpos celestes?” “Así dice Jehová, Creador de los cielos (él solo es
Dios), el que formó la tierra y la hizo; [...] ¡Yo soy Jehová, y no hay
otro Dios!” Isaías 40:25, 26; 45:18 (VM).
Dice el salmista: “Reconoced que Jehová él es Dios: él nos hizo, y no
nosotros a nosotros mismos”. “¡Venid, postrémonos, y encorvémonos;
arrodillémonos ante Jehová nuestro Hacedor!” Salmos 100:3; 95:6 (VM).
Y los santos que adoran a Dios en el cielo dan como razón del homenaje
que le deben: “¡Digno eres tú, Señor nuestro y Dios nuestro, de recibir
la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas!” Apocalipsis 4:11 (VM).
En
el capítulo 14 del Apocalipsis se exhorta a los hombres a que adoren al
Creador, y la profecía expone a la vista una clase de personas que,
como resultado del triple mensaje, guardan los mandamientos de Dios. Uno
de estos mandamientos señala directamente a Dios como Creador. El
cuarto precepto declara: “Acuérdate del sábado para santificarlo. [...]
El séptimo día es de reposo para Jehová, tu Dios; [...] porque en seis
días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que
en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el
sábado y lo santificó”. Éxodo 20:10, 11 (RV95). Respecto al sábado, el Señor dice además, que será una “señal [...] para que sepáis que yo soy Jehová vuestro Dios”. Ezequiel 20:20 (RV95). Y la razón aducida es: “Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó, y reposó”. Éxodo 31:17.
“La
importancia del sábado, como institución conmemorativa de la creación,
consiste en que recuerda siempre la verdadera razón por la cual se debe
adorar a Dios”, porque él es el Creador, y nosotros somos sus criaturas.
“Por consiguiente, el sábado forma parte del fundamento mismo del culto
divino, pues enseña esta gran verdad del modo más contundente, como no
lo hace ninguna otra institución. El verdadero motivo del culto divino,
no tan solo del que se tributa en el séptimo día, sino de toda
adoración, reside en la distinción existente entre el Creador y sus
criaturas. Este hecho capital no perderá nunca su importancia ni debe
caer nunca en el olvido” (J. N. Andrews, History of the Sabbath,
cap. 27). Por eso, es decir, para que esta verdad no se borrara nunca
de la mente de los hombres, instituyó Dios el sábado en el Edén y
mientras el ser él nuestro Creador siga siendo motivo para que le
adoremos, el sábado seguirá siendo señal conmemorativa de ello. Si el
sábado se hubiese observado universalmente, los pensamientos e
inclinaciones de los hombres se habrían dirigido hacia el Creador como
objeto de reverencia y adoración, y nunca habría habido un idólatra, un
ateo, o un incrédulo. La observancia del sábado es señal de lealtad al
verdadero Dios, “que hizo el cielo y la tierra, y el mar y las fuentes
de agua”. Resulta pues que el mensaje que manda a los hombres adorar a
Dios y guardar sus mandamientos, los ha de invitar especialmente a
observar el cuarto mandamiento.
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