El
tabernáculo fue construído desarmable, de modo que los israelitas
pudieran llevarlo en su peregrinaje. Por consiguiente, era pequeño, de
sólo 55 pies de largo por 18 de ancho y de alto.
No obstante, era una construcción magnífica. La madera que se empleó en
la construcción y en sus muebles era de acacia, la menos susceptible al
deterioro de todas las que había en el Sinaí. Las paredes consistían en
tablas colocadas verticalmente, fijadas en basas de plata y aseguradas
por columnas y travesaños; y todo estaba cubierto de oro, lo cual hacía
aparecer al edificio como de oro macizo. El techo estaba formado de
cuatro juegos de cortinas; el de más adentro era “de lino torcido, azul,
púrpura y carmesí; y... querubines de obra primorosa” (Éxodo 26:1);
los otros tres eran de pelo de cabras, de cueros de carnero teñidos de
rojo y de cueros de tejones, respectivamente, arreglados de tal manera
que ofrecían completa protección.
La
estructura estaba dividida en dos secciones mediante una bella y rica
cortina, o velo, suspendida de columnas doradas: y una cortina semejante
a la anterior cerraba la entrada de la primera sección. Tanto estos
velos como la cubierta interior que formaba el cielo raso, eran de los
más magníficos colores -azul, púrpura y escarlata- bellamente
combinados, y tenían, recamados con hilos de oro y plata, querubines que
representaban la hueste de los ángeles asociados con la obra del
Santuario celestial, y que son espíritus ministradores del pueblo de
Dios en la Tierra.
La
tienda sagrada estaba colocada en un espacio abierto llamado atrio,
rodeado por cortinas de lino fino que colgaban de columnas de bronce. La
entrada a este recinto se hallaba en el extremo oriental. Estaba
cerrada con cortinas de riquísima tela hermosamente trabajadas, aunque
inferiores a las del Santuario. Como estas cortinas del atrio eran sólo
de la mitad de la altura de las paredes del tabernáculo, el edificio
podía verse perfectamente desde afuera. En el atrio, y cerca de la
entrada, se hallaba el altar de bronce del holocausto. En este altar se
consumían todos los sacrificios que debían ofrecerse por
fuego al Señor, y sobre sus cuernos se rociaba la sangre expiatoria.
Entre el altar y la puerta del tabernáculo estaba la fuente, también de
bronce, hecha con los espejos donados voluntariamente por las mujeres de
Israel. En la fuente los sacerdotes debían lavarse las manos y los pies
cada vez que entraban en el departamento santo, o cuando se acercaban
al altar para ofrecer un holocausto al Señor.
En
el primer departamento, o Lugar Santo, estaban la mesa para el pan de
la proposición, el candelero o la lámpara y el altar del incienso. La
mesa del pan de la proposición estaba al norte. Así como su cornisa
decorada, estaba revestida de oro puro. Sobre esa mesa los sacerdotes
debían poner cada sábado doce panes, arreglados en dos pilas y rociados
con incienso. Por ser santos, los panes que se quitaban debían ser
comidos por los sacerdotes. Al sur estaba el candelero de siete brazos,
con sus siete lámparas. Sus brazos estaban decorados con flores
exquisitamente labradas y parecidas a lirios; el conjunto estaba hecho
de una pieza sólida de oro. Como no había ventanas en el tabernáculo,
las lámparas nunca se extinguían todas al mismo tiempo, sino que ardían
día y noche. Exactamente frente al velo que separaba el Lugar Santo del
Lugar Santísimo, y de la inmediata presencia de Dios, estaba el altar de
oro del incienso. Sobre ese altar el sacerdote debía quemar incienso
todas las mañanas y todas las tardes; sobre sus cuernos se aplicaba la
sangre de la víctima de la expiación, y en el gran Día de la Expiación
era rociado con sangre. El fuego que estaba sobre ese altar fue
encendido por Dios mismo, y se mantenía como sagrado. Día y noche, el
santo incienso difundía su fragancia por los recintos sagrados del
tabernáculo y, fuera, por sus alrededores.
Más
allá del velo interior estaba el Lugar Santísimo, centro del servicio
de expiación e intercesión, el cual constituía el eslabón que unía el
cielo y la Tierra. En este departamento estaba el arca, que era un cofre
de madera de acacia, recubierto de oro por dentro y por fuera, y que
tenía una cornisa de oro encima. Era el repositorio de las tablas de
piedra, en las cuales Dios mismo había grabado los Diez Mandamientos.
Por consiguiente, se lo llamaba arca del testamento de Dios, o arca de
la alianza, puesto que los Diez Mandamientos eran la base de la alianza
hecha entre Dios e Israel.
La cubierta del arca sagrada se llamaba “propiciatorio”. Estaba
hecha de una sola pieza de oro, y encima tenía dos querubines de oro,
uno en cada extremo. Un ala de cada ángel se extendía hacia arriba,
mientras la otra permanecía plegada sobre el cuerpo (ver Ezequiel 1:11),
en señal de reverencia y humildad. La posición de los querubines, con
la cara vuelta el uno hacia el otro y mirando reverentemente hacia abajo
sobre el arca, representaba la reverencia con la cual la hueste
celestial mira la ley de Dios y su interés en el plan de la redención.
Encima del propiciatorio estaba la Shekinah,
o manifestación de la Presencia divina; y desde en medio de los
querubines Dios hacía conocer su voluntad. A veces los mensajes divinos
eran comunicados al sumo sacerdote mediante una voz que salía de la
nube. Otras veces caía una luz sobre el ángel de la derecha, para
indicar aprobación o aceptación, o una sombra o nube descansaba sobre el
ángel de la izquierda, para revelar desaprobación o rechazo.
La
ley de Dios, guardada como reliquia dentro del arca, era la gran regla
de justicia y juicio. Esa ley determinaba la muerte del transgresor;
pero encima de la ley estaba el propiciatorio, donde se revelaba la
presencia de Dios y desde el cual, en virtud de la expiación, se
otorgaba perdón al pecador arrepentido. Así, en la obra de Cristo en
favor de nuestra redención, simbolizada por el servicio del Santuario,
“la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se
besaron”. Salmos 85:10.
No
hay palabras que puedan describir la gloria de la escena que se veía
dentro del Santuario: las paredes doradas reflejando la luz de los
candeleros de oro, los brillantes colores de las cortinas ricamente
bordadas con sus relucientes ángeles, la mesa y el altar del incienso
refulgentes de oro; y más allá del segundo velo el arca sagrada, con sus
querubines místicos, y sobre ella la santa Shekinah,
manifestación visible de la presencia de Jehová; pero todo eso era
apenas un pálido reflejo de las glorias del Templo de Dios en el cielo,
el gran centro de la obra de redención en favor del hombre.
Se
necesitó alrededor de medio año para construir el tabernáculo. Cuando
se terminó, Moisés examinó toda la obra de los constructores,
comparándola con el modelo que se le enseñó en el monte y con las
instrucciones que había recibido de Dios. “Y vio Moisés toda la obra, y
he aquí que la habían hecho como Jehová había mandado; y los bendijo”. Éxodo 39:43.
Con anhelante interés las multitudes de Israel se agolparon para ver la
sagrada estructura. Mientras contemplaban la escena con reverente
satisfacción, la columna de nube descendió sobre el Santuario y lo
envolvió. “Y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo” [40:34]. Hubo una
revelación de la majestad divina, y por un momento ni siquiera Moisés
pudo entrar. Con profunda emoción, el pueblo contempló la señal de que
la obra de sus manos era aceptada. No hubo demostraciones de regocijo en
alta voz. Una solemne reverencia se apoderó de todos. Pero la alegría
de su corazón se manifestó en lágrimas de gozo, y susurraron fervientes
palabras de gratitud porque Dios había condescendido a morar con ellos.
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