viernes, 23 de junio de 2017

La agonía del régimen


LA OPINIÓN DEAntonio Sánchez García@Sangarccs




15 DE JUNIO DE 2017 12:06 AM

“¿Francisco escuchará a los prelados, y comenzará a enviar mensajes duros, públicos o privados, al señor Maduro? Podría ser una oportunidad única para mostrar al mundo que puede ser un formidable crítico de los regímenes e ideologías izquierdistas como lo es de los conservadores y los capitalistas.” La pregunta y la propuesta han sido formuladas por The Economist, la prestigiosa revista londinense, en un comentario de uno de sus más afamados columnistas sobre la reunión de seis arzobispos venezolanos, entre ellos sus dos cardenales y el presidente y máximas autoridades de la Conferencia Episcopal, con Su Santidad Francisco I sostenida el 8 de junio pasado en el Vaticano. 
Es una señal inequívoca de que Venezuela constituye el problema más acucioso de Occidente, que la Iglesia venezolana está en el ojo del huracán y que el papado se ve ante la urgencia de tomar partido no sólo frente al trágico derrotero que pareciera conducirnos hacia el abismo de una guerra civil y su toma de partido entre su Iglesia o el régimen de Nicolás Maduro, sino ante el sino de su política frente a los graves conflictos que afectan a la humanidad. ¿Cabe ante una crisis definitoria y trágica como la que se vive en Venezuela sostener una neutralidad a todo trance, así dicha neutralidad favorezca los designios tiránicos de una de las partes? 
Si desde el comienzo mismo de su principado, Jorge Alejandro Bergoglio no tuvo empacho en condenar al capitalismo y al dinero, según él máximo causante de muerte y pobreza, y confesó no haber votado jamás por la derecha, ahora se ve puesto ante la encrucijada de aclarar si está dispuesto a manifestarse con la misma claridad, rotundidad y firmeza frente al socialismo marxista, cuya presencia al frente de la dictadura venezolana constituye un incontrovertible mentís a las afirmaciones papales: en Venezuela, es precisamente el socialismo marxista el máximo causante de muerte y miseria. Las pruebas son tan contundentes, como lo fueron en el Chile de Salvador Allende y lo son después de sesenta años en Cuba, países que conocieran la riqueza y la prosperidad bajo el imperio de la libertad de empresa, para convertirse en naciones miserables y sufrientes en cuanto cayeron bajo el domino del estatismo marxista. ¿Puede sostenerse lo contrario sin traicionar el imperativo categórico de una recta justicia: decir la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad?
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