Cuando
nuestras casas editoriales hacen una gran cantidad de trabajo
comercial, están expuestas al peligro de tener que imprimir obras de
valor dudoso. En cierta ocasión, mientras mi atención se concentraba en
estas cuestiones, mi guía preguntó a uno de los hombres que llevan
responsabilidad en una de nuestras imprentas: “¿Cuánto os pagan por este
trabajo?” Le fueron presentadas las cifras. Dijo: “Es demasiado poco.
Si realizáis negocios en esta forma, sufriréis pérdidas. Y aun cuando
recibierais una suma mayor, esta clase de escritos no podría publicarse
más que con gran déficit. La influencia que ejercen sobre los obreros es
desmoralizadora. Todos los mensajes que Dios les manda para hacerles
comprender el carácter sagrado de su obra quedarán neutralizados por el
consentimiento que otorgáis a la publicación de tales cosas.”
El
mundo está inundado de libros que más valdría quemar que vender. Los
libros que hablan de las guerras con los indios y cosas semejantes, que
se publican y venden con la única intención de ganar dinero, no deberían
leerse. Estos libros contienen una potencia fascinadora satánica. Los
relatos espeluznantes de crímenes y atrocidades ejercen una influencia
hechizadora sobre la juventud y provocan en ella el deseo de hacerse
célebre por actos de maldad. Aun muchas obras que son más históricas, no
ejercen, sin embargo, mejor influencia. Las enormidades, crueldades y
prácticas licenciosas descritas en
esos libros han sido para muchos como una levadura que los impulsa a
ejecutar actos semejantes. Los libros que describen las prácticas
satánicas de los seres humanos dan publicidad a las malas obras. No es
necesario revivir los horribles detalles de los crímenes y de los
sufrimientos, y ninguno de los que creen en la verdad presente debe
participar en la perpetuación de su recuerdo.
Las
novelas de amor y las historias frívolas y excitantes constituyen otra
clase de libros que son una maldición para todo lector. Puede el autor
insertar una buena moraleja, puede también entremezclar en su obra
sentimientos religiosos. Sin embargo, en la mayoría de los casos, es
Satanás que se disfraza de ángel de luz para engañar y seducir con más
facilidad. El espíritu es afectado en gran medida por las cosas de que
se nutre. Los lectores de las historias frívolas o excitantes se vuelven
incapaces de cumplir los deberes que les incumben. Viven en lo irreal, y
no tienen el menor deseo de escudriñar las Escrituras para nutrirse del
maná celestial. Su mente se debilita y pierde su facultad de considerar
los grandes problemas del deber y del destino.
Se
me ha mostrado que los jóvenes están expuestos a grandes peligros por
las malas lecturas. Satanás induce a los jóvenes y a los adultos a
someterse al ensalmo de historias sin valor. Si se pudiese quemar buena
parte de los libros publicados, ello detendría una plaga que realiza una
obra espantosa mediante el debilitamiento de los espíritus y la
corrupción de los corazones. Nadie es tan firme en los principios de la
justicia que quede a cubierto de la tentación. Todas estas lecturas sin
valor deberían descartarse resueltamente.
El
Señor no nos permite dedicarnos a la impresión o venta de tales
publicaciones, pues son un agente de destrucción para muchas almas. Sé
lo que escribo, pues esta cuestión me ha sido presentada claramente. Que
aquellos que creen en el mensaje de nuestro tiempo no se dediquen a
semejante trabajo con la esperanza de ganar dinero. El Señor pondría su maldición sobre el dinero así obtenido, y esparciría más de lo que se hubiese juntado.
Hay
otra clase de impresos más peligrosos que la lepra, más mortíferos que
las plagas de Egipto, contra los cuales deben precaverse constantemente
nuestras casas editoriales. Al aceptar trabajos de afuera, ellas deben
cuidar de que no se reciban en nuestras instituciones manuscritos que
expongan la ciencia misma de Satanás. No se dé nunca lugar en nuestras
instituciones a obras que expongan las perniciosas teorías del
hipnotismo, espiritismo, romanismo y otros misterios de iniquidad.
No
se coloque en las manos de nuestros empleados nada que pueda echar una
sola semilla de duda sobre la autoridad o pureza de las Escrituras. En
ningún caso dejéis escritos de incrédulos bajo los ojos de los jóvenes
cuya mentalidad propende con avidez a aceptar lo nuevo. Aunque
reportasen las mayores entradas, las tales obras se publicarían con
inmenso déficit.
Permitir
que cosas semejantes pasen por nuestras instituciones, es colocar en
manos de nuestros empleados y presentar al mundo el fruto prohibido del
árbol del conocimiento. Es invitar a Satanás a entrar con su ciencia
seductora; es insinuar sus principios en las mismas instituciones
establecidas para el adelantamiento de la santa causa de Dios. Publicar
tales obras, sería cargar los cañones del enemigo y colocarlos en sus
manos para que los use contra la verdad.
¿Pensáis
que Jesús obrará en nuestras imprentas por las mentes humanas mediante
sus ángeles? ¿Pensáis que hará de la verdad que sale de nuestras
imprentas una potencia para amonestar al mundo, si se permite a Satanás
que pervierta los espíritus de los obreros en la institución misma?
¿Puede la bendición de Dios descansar sobre los impresos que salen de la
prensa, cuando de estas mismas prensas salen los errores y herejías de
Satanás? “¿Echa alguna fuente por una misma abertura agua dulce y
amarga?” Santiago 3:11.
Los
directores de nuestras instituciones necesitan comprender que al
aceptar sus puestos se hacen responsables del alimento intelectual dado a
los empleados mientras están en la institución. Ellos son responsables
del carácter de los impresos que salen de nuestras prensas. Deberán dar
cuenta de la influencia ejercida por la introducción de cosas que
habrían de mancillar la institución, contaminar el espíritu de los
empleados o engañar al mundo.
Si
se concede a estas cosas un lugar en nuestras instituciones, no tardará
en descubrirse que la potencia sutil de los sentimientos satánicos no
se rechaza con facilidad. Si se permite al tentador que siembre su mala
semilla, ésta germinará y dará fruto. El diablo cosechará así en la
misma institución establecida con el dinero dado por los hijos de Dios
para el adelantamiento de su causa. De ello resultará que, en vez de
enviar al mundo obreros cristianos, se enviará un grupo de incrédulos
instruídos.
En
estos asuntos, la responsabilidad descansa no solamente en los
directores sino también en los empleados. Tengo algo que decir a los
obreros de nuestras imprentas: Si amáis y teméis a Dios, os negaréis a
tener trato con el conocimiento contra el cual Dios previno a Adán.
Niéguense los tipógrafos a componer una sola frase de estas cuestiones.
Niéguense los correctores de pruebas a leerlas, los impresores a
imprimirlas y los encuadernadores a encuadernarlas. Si se os pide que os
dediquéis a cosas de este género, convocad a los empleados del
establecimiento a fin de que comprendan lo que ello significa. Los que
dirigen la institución pueden sostener que no sois responsables, que a
la dirección le toca tomar decisiones. Mas sois responsables por el uso
de vuestro ojos, de vuestras manos, de vuestra mente. Os fueron
confiados por Dios para que los empleéis en su servicio y no en el de
Satanás.
Cuando
en nuestras casas editoriales se imprimen publicaciones que contienen
errores que combaten la obra de Dios, Dios tiene por responsables no
sólo a quienes permiten que Satanás tienda una trampa a las almas, sino también a los que cooperen de una manera u otra en la obra de tentación.
Hermanos
míos, vosotros que ocupáis puestos de responsabilidad, cuidad de no
enganchar a vuestros empleados al carro de la superstición y la herejía.
No permitáis que las instituciones establecidas por Dios para esparcir
la verdad y la vida, vengan a ser una agencia para diseminar el error
que destruye las almas.
Niéguense
nuestras casas editoriales, desde la menor hasta la mayor, a imprimir
una sola línea de estos asuntos perniciosos. Hágase entender a todos
aquellos con quienes debemos tratar que los impresos que contienen la
ciencia de Satanás están excluídos de todas nuestras instituciones.
Estamos en contacto con el mundo no para que sus errores obren en
nosotros como levadura; sino para que, como agentes de Dios, seamos en
el mundo una levadura de verdad.