Una consagración completa
Estimados
Hnos. K***: En mi última visión, me fueron mostradas algunas cosas
referentes a vuestra familia. El Señor tiene pensamientos de
misericordia para con vosotros, y no os abandonará a menos que le
abandonéis. L*** y M*** son tibios. Deben despertarse y hacer esfuerzos
para su salvación, o no alcanzarán la vida eterna. Deben sentir una
responsabilidad individual y adquirir experiencia propia. Necesitan que
el Espíritu Santo de Dios obre en su corazón, y los induzca a amar y
escoger la sociedad del pueblo de Dios más que cualquier otra, y a
separarse de los que no aman las cosas espirituales. Jesús exige un
sacrificio completo, una consagración absoluta.
L***
y M***, no habéis comprendido que Dios exige vuestros afectos
indivisos. Habéis hecho profesión de santidad, y sin embargo, habéis
descendido al nivel muerto de los que profesan comúnmente tener
religión. Amáis la sociedad de los jóvenes que no tienen consideración
por las verdades sagradas que profesáis. En apariencia os habéis
asemejado a vuestros compañeros, y en realidad os habéis conformado con
un grado de religión que os hiciese agradables a todos, sin merecer la
censura de nadie.
Cristo
lo exige todo. Si él requiriese menos, su sacrificio sería demasiado
caro, demasiado grande para ponernos a ese nivel. Nuestra fe santa clama
por una separación. No debemos conformarnos con el mundo, ni con los
que profesan una fe muerta, sin corazón. “Reformaos por la renovación de
vuestro entendimiento.” Romanos 12:2.
Este es un camino de abnegación. Y cuando pensamos que el camino es
demasiado estrecho, que se exige demasiada abnegación en esta senda
estrecha; cuando decimos: ¡Cuán duro es renunciar a todo!, hagámonos la
pregunta: ¿A cuánto renunció Cristo por mí? Esto ensombrece cualquier
actitud que nosotros llamemos abnegación.
Contemplemos
a Jesús en el huerto, mientras suda grandes gotas de sangre. Un ángel
solitario es enviado del cielo para fortalecer al Hijo de Dios. Seguid a
Cristo camino del tribunal, mientras lo ridiculiza, escarnece e insulta
la muchedumbre enfurecida. Contempladle cubierto con aquel viejo manto
de púrpura regia. Oíd los groseros escarnios. Ved cómo colocan en
aquella noble frente la corona de espinas. Luego le hieren con una caña,
para que las espinas penetren en sus sienes y la sangre corra de esa
frente santa. Oíd a aquella muchedumbre homicida que clama ávidamente
por la sangre del Hijo de Dios. Este es entregado en sus manos, la turba
se aleja con el noble Doliente, pálido, débil y desfalleciente, para
crucificarlo. Lo extienden sobre la cruz de madera, y hunden los clavos
en sus tiernas manos y pies. Contempladle colgado de la cruz durante
aquellas espantosas horas de agonía hasta que los ángeles velan sus
rostros para no ver la horrible escena, y el sol oculta su luz,
rehusando contemplarla. Pensad en estas cosas y preguntaos: “¿Es
demasiado estrecho el camino?” No, no.
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