Una característica notable de las enseñanzas de Cristo es la frecuencia y el fervor con que reprendía el pecado de la avaricia, y señalaba el peligro de las adquisiciones mundanales y del amor desmedido a la ganancia. En las mansiones de los ricos, en el templo y en las calles, amonestaba a aquellos que indagaban por la salvación: “Mirad, y guardaos de toda avaricia.” “No podéis servir a Dios y a las riquezas.” Lucas 12:15; 16:13.
Es esta creciente devoción a la ganancia de dinero y el egoísmo engendrado por el deseo de ganancias, lo que priva a la iglesia del favor de Dios y embota la espiritualidad. Cuando la cabeza y las manos están constantemente ocupadas en hacer planes y trabajar para acumular riquezas, se olvidan las exigencias de Dios y la humanidad. Si Dios nos ha bendecido con prosperidad, no es para que nuestro tiempo y nuestra atención se aparten de él y se dediquen a aquello que él nos prestó. El Dador es mayor que el don. No somos nuestros; hemos sido comprados con precio. ¿Hemos olvidado el precio infinito que se pagó por nuestra redención? ¿Ha muerto la gratitud en nuestro corazón? ¿Acaso la cruz de Cristo no cubre de vergüenza una vida manchada de egoísta comodidad y complacencia propia? ¿Qué habría sucedido si Cristo, cansándose de la ingratitud y los ultrajes que por todas partes recibía, hubiese abandonado su obra? ¿Qué habría sucedido si nunca hubiese llegado al momento en que dijo: “Consumado es”? Juan 19:30. ¿Qué hubiese sucedido si hubiese regresado al cielo, desalentado por la recepción que se le diera? ¿Qué habría sucedido si nunca hubiese pasado en el huerto de Getsemaní por aquella agonía de alma que hizo brotar de sus poros grandes gotas de sangre? Al trabajar por la redención de la especie humana, Cristo sentía la influencia de un amor sin parangón y de su devoción a la voluntad del Padre. Trabajó para beneficio del hombre hasta en la misma hora de su humillación. Pasó su vida en la pobreza y la abnegación por causa del degradado pecador. En un mundo que le pertenecía, no tuvo dónde reclinar la cabeza. Estamos recogiendo los frutos de su infinito sacrificio; y sin embargo, cuando se ha de trabajar, cuando se necesita nuestro dinero para ayudar en la obra del Redentor, en la salvación de las almas, rehuímos el deber y rogamos que se nos excuse. Una innoble pereza, una indiferencia negligente y un perverso egoísmo cierran nuestros sentidos a las exigencias de Dios. ¡Oh! ¿debió Cristo, la Majestad del cielo, el Rey de gloria, llevar la pesada cruz y la corona de espinas, y beber la amarga copa, mientras nosotros nos reclinamos cómodamente, glorificándonos a nosotros mismos y olvidando las almas por cuya redención murió derramando su preciosa sangre? No; demos mientras está en nuestro poder hacerlo. Obremos mientras tenemos fuerza. Trabajemos mientras es de día. Dediquemos nuestro tiempo y nuestros recursos al servicio de Dios, para obtener su aprobación y recibir su recompensa.Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda forma de mal. 1 Tesalonicenses 5: 21-22_ Espacio de análisis de los acontecimientos actuales relacionados con la profecía bíblica
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